Cómo alimentar al último dragón·Episodio 01

Grasa fría y sal gorda

~9 min · 1863 palabras

El papel doblado en cuatro le mordía el tobillo izquierdo con cada paso. Era una orden de desahucio oficial, sellada con cera roja del gremio de arrendadores de Oakhaven, pero allí dentro, embutida entre la lana cruda del calcetín y el cuero reseco de su bota de viaje, solo servía para recordarle a Maren que carecía de un lugar adonde volver si esto salía mal.

El carro dio un último bandazo al cruzar el umbral del portón de la atalaya. Una de las ruedas traseras, reforzada con alambre de fardo que ya empezaba a ceder, chilló con la misma agonía que una comadreja atrapada en un cepo. Maren tiró de las riendas de cáñamo y la vieja mula se detuvo encantada de la vida, soltando un resoplido vaporoso que se mezcló de inmediato con el gris plomizo del cielo.

No hubo clarines ni bienvenida.

Solo el viento colándose por las saeteras altas de la torre, silbando con ese sonido hueco de los lugares donde la gente lleva demasiado tiempo sin reírse.

Y luego estaba él.

Un hombre alto, embutido en un capote de paño pardo que había visto mejores décadas, la esperaba en mitad del patio de armas con las piernas abiertas y una mano enguantada descansando sobre la empuñadura de una espada corta. No la desenvainaba, pero el pulgar acariciaba el gavilán con una costumbre oxidada. Tenía la mandíbula cuadrada, tres días de barba rala y los ojos entrecerrados de quien pasa demasiadas horas mirando horizontes vacíos.

—Llegas tarde —dijo el custodio.

—La cuesta del desfiladero no la allanaron para mi carro, señor... —Maren se detuvo, frotándose los nudillos enrojecidos a través de los mitones deshilachados.

—Kenneth. A secas. Y no soy señor de nada, salvedad hecha de estas piedras meadas por la escarcha.

Maren asintió con una inclinación de cabeza apenas perceptible y rodeó el carromato para comprobar el amarre de las calderas de cobre. Venían envueltas en mantas viejas, tintineando como campanas mudas cada vez que la madera crujía. Al fondo del patio, al resguardo de un arco de sillería devorado por el salitre, una masa enorme y cenicienta se removió con la pesadez de una montaña cansada.

Basile.

El dragón no rugió. Apenas alzó un párpado lechoso, estriado por escamas del color de la plata sucia, y exhaló una bocanada de vaho. No olía a azufre ni a rescoldo vivo; olía a salmuera estancada, a zinc mojado y a charco de marea baja. Una humedad fría que se pegó a la piel de Maren como una película aceitosa.

—Está apagado —murmuró ella, más para sí que para el hombre.

—Tiene las entrañas como un pozo ciego —replicó Kenneth, sin apartar la mano del pomo—. El mayordomo del valle prometió un boticario de la capital o un maestro de fuegos. En su lugar me manda a una muchacha con tres ollas abolladas y una mula que cojea del remo derecho.

—La mula no cojea, solo tiene mal genio. Y yo no soy boticaria.

—Ya lo veo.

—Soy cocinera de caldera.

Kenneth soltó un bufido breve, seco como una astilla al partirse.

—No hay fuego que prenda con leña empapada, muchacha, y aquí todo huele a funeral desde hace diez inviernos.

Maren respiró hondo, ajustándose la correa del delantal de lona encerada sobre el abrigo. La humedad le calaba los huesos, pero el orgullo —esa mala hierba que nunca se secaba del todo en su familia— la mantuvo firme sobre las losas resbaladizas.

—Déjeme encender los fogones antes de firmar mi esquela, señor Kenneth.

◇

La cocina de la atalaya era un antro de piedra abovedada con olor a manteca rancia y humo viejo. Una mesa de roble carcomida ocupaba el centro, y en el hogar abierto apenas agonizaban tres troncos de abedul verde que escupían chispas con rabia pero se negaban a soltar calor.

Maren descargó la caja de hierro con sus avíos y la dejó caer sobre la mesa con un golpe seco que levantó una nube de harina fosilizada.

—Ese tiro no chupa nada —dijo Kenneth desde el vano de la puerta. Se había apoyado en el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándola trabajar con un escepticismo que parecía ser su postura natural en la vida.

—Chupará en cuanto el aire caliente empuje al frío —respondió ella, arrodillándose ante la chimenea sin mirarlo—. Tráigame la leña seca que tenga bajo techado. Si tiene de haya, mejor. Y un cubo de agua que no esté turbia.

—Aquí el agua sale del aljibe con sabor a herradura.

—La herviré dos veces.

Maren sacó de su fardo un saquito de sal gorda y una tabla de cortar de arce con el borde quemado por un tizón. Sus manos, agrietadas por el viento del camino y manchadas del hollín de los pucheros, trabajaban con una memoria limpia y mecánica: primero la manteca clara de buey en el fondo de la sartén de tres patas; luego el romero seco, frotado entre las palmas hasta que el polvo aromático y tostado comenzó a despertar sobre el hierro tibio.

El crepitar del romero llenó la estancia. Era un olor doméstico, a domingo de fiesta y panes en el horno de la aldea, que desentonaba de forma casi insolente con la penumbra militar de la atalaya.

Kenneth se descruzó de brazos. Dio dos pasos lentos hacia la mesa.

—Esa hierba no va a devolverle el fuelle a un lagarto de cuatrocientas arrobas.

—El romero despierta el apetito —dijo ella, picando una raíz pálida con golpes rítmicos del cuchillo cebollero—. Luego va el hinojo silvestre para abrir boca, y después el caldo gordo con cáscara de limón frita. Los dragones de salitre no comen carne muerta cuando tienen el hogar apagado; se les pudre dentro y los envenena. Hay que cebar la llama desde dentro, como quien enciende una estufa ahogada.

—Hablas como si hubieras criado una docena.

—Mi abuelo cuidaba los dracos de tiro del correo real en las marismas —dijo Maren, arrojando la cáscara amarilla al aceite humeante. Chisporroteó con un silbido alegre—. Y si no se les calienta la grasa del pecho antes de la primera nevada, se quedan duros como mojones de granito.

Kenneth la observó en silencio durante un largo minuto. Sus ojos recorrieron las manos de ella, firmes sobre el mango de madera, y luego se desviaron hacia la bota izquierda, donde la esquina del papel de desahucio asomaba apenas dos milímetros por encima de la caña.

—¿Tienes frío en los pies?

Maren se detuvo con el cucharón a medio camino de la olla.

—¿Qué?

—Te apoyas en el talón derecho desde que bajaste del carro.

—La bota me roza un poco, nada más.

—Hay grasa de carnero en el entresuelo —dijo él, volviendo a su tono áspero—. Sirve para las correas y para los callos.

—Me las apaño con lo mío, gracias.

Un pensamiento fugaz la asaltó: si supiera que lo único que me queda en el mundo cabe en ese carro y que si Basile no come hoy, mañana tendré que mendigar en el camino de la costa... Sacudió la cabeza para alejar el desaliento. La manteca ya doraba los trozos de carne magra de cerdo salado, y el caldo oscuro, espeso y perfumado de laurel y pimienta de Jamaica, empezaba a borbotear con un sonido denso y consolador.

—Pruébalo —dijo ella de pronto, extendiendo una cuchara de estaño.

Kenneth la miró como si le estuviera ofreciendo una víbora viva.

—No tengo hambre.

—No le pregunto si tiene hambre. Le pregunto si está bastante salado para el paladar de un bicho de marisma.

El hombre vaciló, pero dio un paso al frente. Tomó la cuchara con dedos largos y marcados por cicatrices blancas de cuerdas y filos, sopló apenas y se la llevó a los labios. Maren vio cómo su nuez de Adán subía y bajaba con lentitud. Por una fracción de segundo, la máscara de hastío del custodio se resquebrajó.

—Sabe a... —empezó él, frunciendo el ceño.

—A casa caliente —completó ella.

—Sabe a comida de taberna cara. Aquí no estamos para lujos, muchacha.

—Dígaselo a Basile.

◇

El atardecer caía sobre la atalaya con el peso muerto de una losa de plomo.

El patio estaba cubierto por una fina costra de escarcha que hacía crujir las suelas de Maren mientras transportaba, con los brazos tensos y la espalda doblada, la gran batea de piedra que servía de comedero para la bestia. El estofado humeaba dentro de un caldero mediano que Kenneth cargaba a su lado sin aparente esfuerzo, aunque la rigidez de sus hombros delataba la expectación.

Basile no se había movido. Tenía la cabeza apoyada sobre las garras delanteras, enterradas en una paja húmeda y gris que hedía a moho. Al sentir sus pasos, una de sus crestas óseas se alzó con pereza.

—Cuidado con el aliento —advirtió Kenneth en voz baja, deteniéndose a dos varas del arco—. No quema, pero te entumece la carne como si metieras el brazo en un pozo de hielo.

Maren asentó la batea en el suelo de piedra. Se inclinó, tomó el caldero de las manos del custodio y respiró el vapor del guiso para darse calor en la cara antes de actuar. Las tiras de cáscara de limón relucían como ascuas doradas sobre el caldo oscuro, desprendiendo ese aroma penetrante a romero, manteca y pimienta.

—Vamos, abuelo —susurró Maren con voz suave, la misma que usaba su abuelo en las noches de tormenta—. Huele esto. No es carroña fría.

Vertió la primera cucharada generosa en la batea.

El silbido fue instantáneo y perverso.

En cuanto el líquido ardiente tocó la superficie de la piedra salitrosa, un chasquido sordo recorrió el comedero. Maren vio, conteniendo el aliento, cómo el vapor dorado desaparecía tragado por un vaho grisáceo y rancio. El caldo no se enfrió: se desnaturalizó. En cuestión de tres latidos, la grasa brillante se cortó en grumos apelmazados, tornándose de una pasta cenicienta pegada al fondo de fango.

El olor a limón y romero murió ahogado bajo una hediondez a pescado descompuesto y cal muerta.

Basile abrió los ojos de par en par. La pupila vertical del dragón se contrajo hasta convertirse en un hilo negro de absoluto desprecio. Con un bufido cargado de aguanieve que apagó las últimas chispas de esperanza de la muchacha, la criatura apartó el hocico de la batea, hundiendo la cabeza más hondo bajo su ala correosa.

El silencio que siguió fue atroz.

Un sonido metálico, limpio y seco, cortó el aire estancado del patio.

Maren alzó la vista despacio. Kenneth había dado un paso al frente. No blandía la espada, pero su mano derecha sostenía la empuñadura y la hoja de acero había salido cuatro dedos fuera de la vaina de cuero, mostrando un filo mellado bajo la luz moribunda del invierno.

La mirada del hombre ya no tenía escepticismo; era de una frialdad desprovista de toda paciencia.

—Te advertí lo que pasaba con la leña empapada —dijo Kenneth, y su voz no tembló lo más mínimo—. El dragón no come bazofia de charlatana, y los farsantes no duermen bajo este techo. Recoge tus calderas o te saco al camino antes de que anochezca del todo.

Fin del Episodio 1 · de 4

Grasa fría y sal gorda

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