Fuego sin pólvora
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No estaba muerto del todo, aunque Kenneth se empeñara en mirarlo como se mira a una tapia derribada.
El cuerpo del dragón no se descomponía al modo de las reses viejas; se endurecía como la cal viva cuando le falta agua. La escarcha le sellaba ya los párpados y una costra salina, blanca y opaca, trepaba desde los nudillos de las alas hacia el cuello. Debajo, apenas un temblor. Un pulso tan remoto que solo se notaba si apoyabas la palma desnuda contra el hueco entre la tercera y la cuarta costilla, donde la piel olía a azufre apagado y a orilla de marismas secas.
—Coge la olla de cobre —dijo Maren, frotándose los antebrazos para obligar a la sangre a circular.
—Tiene la quilla helada, muchacha. Traerán las hachas de la corte antes de que acabe la semana.
—He dicho la olla. Y el cuchillo de desollar, el que tiene la muesca en la empuñadura de ciervo. Si te quedas ahí de pie vas a terminar igual de tieso que él, y tú abultas el doble para arrastrarte hasta la fosa.
Mentira.
Kenneth era ancho de espaldas y pesado de andares, pero no abultaba tanto. Soltó un bufido que formó un nubarrón denso frente a su barba de cuatro días y, sin replicar por primera vez en toda la tarde, se agachó para aferrar el asa de la caldera. El metal congelado chirrió contra las losas del patio con un chasquido agudo que resonó por todo el adarve.
La cocina de la atalaya no ofrecía mucho más calor que el foso. El tiro de la chimenea tragaba mal y la leña verde de abedul siseaba en el hogar, escupiendo chispas diminutas que saltaban sobre las piedras de sillería sin templar el aire a más de dos palmos de la lumbre. Maren volcó un saco de arpillera sobre la mesa de carnicero. Cuatro cebollas pardas, duras como piedras de río, rodaron por la madera encerada hasta chocar contra un cuenco de peltre.
—Pélalas —le ordenó, plantándole el cuchillo mellado en la mano.
Kenneth miró el mango desgastado, luego la verdura petrificada, y después a ella.
—Soy el custodio de esta plaza.
—Y ahora mismo eres el pinche. Si no les quitas la piel seca, el caldo amarga. Córtales la raíz en cruz para que suelten el jugo aunque estén acorchadas.
—Están como granito.
—Pues aprieta con el pulgar. Tienes callos en las manos para parar una pica; no te me quejes por un poco de piel de cebolla.
Kenneth soltó una maldición entre dientes, apoyó la cadera contra el banco y hendió el hierro en la primera pieza con torpeza de soldado. La hoja resbaló y saltó una lasca de escarcha que fue a parar a la pechera de su sayón. Maren no le hizo caso; estaba ocupada raspando con el dorso de la uña el fondo de una terrina de barro donde quedaba un pegote de manteca vieja.
Hundió la grasa rancia en la sartén honda de hierro negro. El chisporroteo tardó en llegar, perezoso, acompañado de un vaho denso que olía a cerdo curado con demasiado salitre y a humo viejo. Con un pellizco de sal gorda molida a puño —los granos le arañaron los nudillos agrietados antes de caer—, arrojó al fondo tres ramas de romero silvestre que había arrancado de la solana. El aroma cambió de golpe: el verde áspero de la hierba, tostándose en la grasa viva, llenó el aire de una calidez súbita, casi insolente entre tanta piedra helada.
—Se te está quemando la esquina —dijo Kenneth con voz seca.
—No se quema. Se dora. Hay una diferencia, aunque en la corte os enseñaran a comerlo todo cocido en agua limpia.
—No soy de la corte. Y mi madre ponía las verduras enteras a la lumbre.
—Así debían de saberle.
Kenneth no contestó, pero la esquina izquierda de su boca se curvó apenas un milímetro bajo el bigote tiznado. Sus dedos, entumecidos y gruesos, peleaban con la última cebolla. Le salían los gajos irregulares, unos aplastados y otros demasiado gruesos, pero caían uno tras otro sobre la tabla de picar con un ritmo constante.
—Tu abuelo hacía mejor este trabajo —murmuró él, sin levantar la vista del filo.
—Mi abuelo tenía seis sartenes de cobre batido y tres aprendices que le encendían el carbón a las cuatro de la madrugada. Yo te tengo a ti y a un fuego que parece que pide perdón por respirar.
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podría llover aguanieve dentro de la cocina.
—No tientes a las nubes, custodio.
El limón era pequeño, de piel rugosa y manchada por el viaje, pero cuando Maren sacó una tira larga con la puntilla de hoja fina, el perfume aceitoso y ácido saltó al aire como una pequeña bofetada. Lo arrojó a la sartén en el instante exacto en que la cebolla perdía su blancura de hielo y se volvía translúcida, flotando en el fondo oscuro.
Kenneth se había apartado un paso. Se limpiaba las manos manchadas de zumo lechoso en el muslo del pantalón, observando la cacerola con una gravedad que no cuadraba con un guiso de restos.
—El emisario volverá el viernes —dijo él, bajando el tono, mientras el viento aullaba furioso en las saeteras de la torre alta—. Traerá seis carretas y diez hombres con hachas de carnicería. No les importa la piel del animal; solo quieren el carbón fósil de la molleja para las fraguas de la capital. Creen que rinde mejor si se despieza antes de que la sangre cuaje del todo.
Maren removió el caldo con una cuchara de fresno desgastada por los años. La grasa dorada y la cáscara de limón giraban en un remolino espeso que despedía un calor terco, denso, cargado de romero y pimienta machacada.
—Que vengan —respondió ella, mirando cómo la superficie rompía en un hervor diminuto—. La alegría no es un milagro que cae del cielo plomizo; es un caldo espeso que se defiende con terquedad contra el viento.
Kenneth la miró fijo. Había una sombra de fatiga en sus ojos, pero la línea rígida de sus hombros parecía haber cedido un par de dedos.
—Estás loca, Maren.
—Y tú tienes hambre. Ayúdame a llevar esto fuera antes de que se enfríe la grasa.
Salieron al patio cubriéndose con las mantas de viaje. El dragón apenas era ya un promontorio blanco sobre los guijarros; la nieve se acumulaba en los huecos de sus crestas dorsales formando carámbanos rígidos que colgaban hacia el suelo. Ni siquiera parpadeó cuando Maren plantó las botas en la escarcha a medio palmo de sus belfos.
—Basile —llamó ella suavemente, golpeando el borde de la cazuela con el mango de la cuchara—. Basile, viejo testarudo. Abre.
Nada.
El aire se detuvo un instante entre los lienzos de muralla.
Kenneth dio un paso al frente. No usó la voz de mando que gastaba con la guardia; se inclinó, apoyó las dos manos manchadas de cebolla y hollín sobre las placas nasales de la bestia y empujó hacia arriba con un gruñido sordo, forzando la mandíbula inferior contra el peso de la escarcha que la soldaba a la piedra.
—Vamos —rugió el custodio entre dientes—. No te mueras ahora, maldito bicho. No me dejes a solas con esta mujer.
El chasquido del hielo quebrándose sonó como un cristal roto.
Maren no vaciló: volcó la cazuela de hierro entera dentro de la cavidad grisácea y yerma de la garganta. El caldo caliente se deslizó hacia el fondo con un siseo prolongado, como agua vertida sobre una plancha de herrería.
Por tres latidos solo se escuchó la ventisca azotando la madera de las empalizadas.
Luego, un espasmo seco sacudió la base del cuello del animal.
El estómago de Basile retumbó, no con el crujido hueco de la piedra muerta, sino con un chasquido limpio, semejante al de una rama seca que rompe a arder en mitad de una noche de otoño. La cazuela de hierro desapareció buche adentro, deglutida de un solo trago espasmódico. Dos agujas de fuego azul, delgadas y puras como la llama de una vela de cera virgen, brotaron de golpe de sus fosas nasales, soplando una ráfaga de vapor caliente que olió a romero frito y a limón dulce.
El carámbano central que le aprisionaba el lomo se partió en dos con un estruendo nítido y resbaló en gruesos goterones de agua tibia que humearon sobre el salitre del suelo.
Kenneth cayó de rodillas sobre la nieve derretida, empapándose las calzas, pero cuando levantó la cabeza no tenía la boca apretada en su mueca de amargura de siempre. Tenía las mejillas manchadas de grasa, la frente negra de carbón y soltó una risa ronca, torpe, rota por la falta de uso, que le retumbó en el pecho como un trueno encerrado.
—Sigue vivo —dijo él, casi sin creérselo, mirando cómo el párpado membranoso del dragón se despegaba despacio, revelando una pupila dorada y viva.
—Te dije que solo estaba triste.
Kenneth metió la mano bajo el forro de su casaca de cuero curtido. Con dedos todavía torpes por la mezcla de nieve y grasa, sacó un pliego doblado en dos, grueso, sellado en los bordes con un medallón de lacre escarlata donde no figuraba la firma del marqués ni fecha de caducidad alguna.
Le tendió el pergamino a Maren sin levantarse del suelo, con una mirada en la que la distancia de los últimos días se había evaporado como el hielo bajo el aliento de la bestia.
—El arriendo de la torre —dijo él, todavía con el eco de esa risa insólita vibrándole en la garganta—. Sin fecha de vencimiento, cocinera. A ver cómo te las arreglas para darme de cenar mañana.
Fin del Episodio 4 · de 4
Fuego sin pólvora
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