Ceniza en las Fauces·Episodio 09

El precio del cartílago

~8 min · 1589 palabras

Mateo despegó la carne de la chapa de zinc con un tirón lento y dejó sobre el filo herrumbroso una hebra de pellejo que no sangró de inmediato: supuró un licor claro antes de abrirse en una línea bermellón que le bajó por la mandíbula como si alguien le hubiera trazado una cuenta con un carboncillo mal afilado. El corte escocía poco; lo que ardía de verdad era la cadera derecha, donde la inserción del tendón forastero se negaba a calentar, agarrotada bajo la piel con la porfía de una raíz de brezo seca en un muro de caliza. El aire de la fosa olía a alquitrán recién enfriado y a esa manteca de colza quemada que los caldereros consumían en hornillos de latón para calentar sus pucheros de cebada, un humo grasiento que bajaba pegándose a la lengua y se mezclaba con el vaho agrio de la sangre derramada en el pavimento. En lo alto de la fosa de fundición, tras la barandilla de servicio donde las lonas empapadas ocultaban a medias los destellos anaranjados de las soldaduras de arco, la figura de Bruna Varga seguía recortada contra el gris pizarra de los bloques prefabricados —si es que aquella silueta tiesa envuelta en un capote de hule no era un maniquí de estopa dejado allí por los capataces para mantener a raya a los peones, como juraban a veces los viejos del turno de noche—.

A cuatro manzanas de allí repicaban los martillos de vapor, un golpe sordo y rítmico que viajaba por los cimientos de hormigón y hacía vibrar los cables tensores contra la nuca de Mateo como si tuviera un puñado de agujas de coser sacudiéndose bajo el cuero cabelludo. En las cunetas, el agua estancada temblaba con irisaciones violetas de queroseno cada vez que una tolva de mineral frenaba en los andenes superiores con un chirrido de zapatas que erizaba el vello de los brazos. Alguien tosió arriba, en el entarimado.

—Se te va a enfriar el caldo de nabos, Varga —dijo un hombre desde el andamio, con esa voz pastosa de quien lleva doce horas mascando tabaco negro—. Ya no echa humo el plato.

—Que se enfríe —respondió ella, sin apartar los ojos del lodo del fondo—. Si la grasa cuaja, se come con cuchara de palo y llena la tripa lo mismo. Vigila la purga del condensador y no gastes saliva.

Mateo se pasó el revés de la manga por la boca y notó la costra seca del labio partido contra la sarga áspera. Metió la mano en el bolsillo interior de la pelliza por pura inercia y sus dedos rozaron la moneda de diez céntimos con el canto limado, lisa y tibia como un guijarro que ha pasado años en el fondo de una acequia; le gustaba tocarla cuando el dolor de los injertos apretaba demasiado, para comprobar si el roce constante de la tela había terminado por borrar el perfil del cuño. Por un instante absurdamente largo se preguntó si en las mesas corridas del comedor de peones quedaría todavía pan duro de la remesa del martes, de ese que partían a puñetazos porque nadie encontraba nunca el cuchillo de trinchar. Tenía que acordarse de cambiar la paja podrida del jergón antes de que la humedad del suelo—

El hierro crujió contra el cascajo.

Eran tres. Bajaban por la rampa de descarga sin prisa, dibujando un semicírculo sobre el limo industrial con ese andar pesado de los carros de acarreo que bajan cargados hasta los topes. La del centro llevaba el lomo acorazado con chapas de tolva remachadas con pernos mal atornillados —uno de ellos flojo, vibrando en su alojamiento como un diente podrido— y resollaba con un silbido cavernoso que dejaba hilachas de baba amarilla sobre las piedras. Las otras dos cubrían los flancos, tanteando las losas con patas hendidas que tenían la textura de maderos sumergidos en cieno; sus tendones chasqueaban en silencio, con un sonido húmedo y elástico que recordaba al despiece de las reses viejas en los mataderos del puerto. Sabían que el hombre cojeaba. Sabían que en ese pozo cerrado por paredones de hormigón que rezumaban salitre, la carne no tenía adonde ir.

El muro a la espalda, rezumando cal fría.

Mateo retrocedió medio paso y el talón le tropezó contra el muñón quebrado de la bestia que había caído media hora antes bajo el pescante de carga. La osamenta reventada dejaba al descubierto el fémur partido a lo largo, un canal cavernoso donde la médula pulsaba todavía, espesa y grisácea como grasa de eje sin purificar, y soltaba un calor fétido que le revolvía el estómago a cinco pasos de distancia. El tendón de su propia corva izquierda le dio entonces un latigazo seco; la carne forastera empezaba a acortarse, tirando del hueso con la violencia de una maroma empapada que se encoge al hielo, y Mateo supo que si no la alimentaba o la bañaba en salmuera antes de diez segundos, la articulación saltaría hacia afuera como una bisagra rota. Conocía el inventario de las pérdidas que acarreaba cada trago de esa ponzoña: la tonada de cuna que cantaba su hermana en el portalón, el dibujo exacto de las baldosas del patio de su infancia, el peso de la primera herramienta que sostuvo en la mano...

Se arrodilló sobre el barro aceitoso sin pensarlo. Hundió los dedos en la cavidad del hueso astillado; la masa viscosa se le pegó a las uñas con la consistencia de una pez caliente y le heló la punta de los dedos con un frío que sabía a hierro y a cieno. Se metió el puñado en la boca de golpe y tragó antes de que la náusea consiguiera cerrarle la garganta. La médula sabía a herrumbre podrida, a bilis y a nieve agria. Le bajó por la garganta como un pedazo de plomo derretido y al principio no ocurrió nada, salvo un temblor menudo en los párpados que le llenó la boca de saliva amarga.

Luego, los huesos cantaron.

La quimera del centro se arrojó hacia adelante con la boca abierta en tijera. Mateo no la esquivó: recibió el choque de la chapa y el músculo con el antebrazo desnudo. El impacto sonó como dos yunques chocando en una fragua a oscuras, pero su esqueleto no cedió un palmo. Los tendones de sus hombros se dilataron con un chasquido sordo que reventó las costuras de la camisa; el dolor fue tan inmenso que se volvió blanco, una fuerza ciega que le ensanchó el pecho hasta vaciarle el aire de los pulmones. Con la mano derecha —cuyos nudillos habían engrosado bajo una costra cárnea y purpúrea— agarró la placa frontal del monstruo; con la izquierda, atenazó la mandíbula inferior donde el metal mordía la carne viva. Torció los brazos. La cabeza de la bestia cedió con el sonido de una viga de roble partiéndose bajo el peso de un tejado. Antes de que el cuerpo tocara el barro, Mateo ya giraba sobre la cadera enferma; su talón bajó como una maza de fundición sobre el lomo de la segunda, le quebró el espinazo y le hundió las costillas acorazadas en las tripas. La tercera frenó en seco, arañando el hormigón con las pezuñas traseras mientras buscaba retroceder —si es que un saco de pellejo cosido a la fuerza puede albergar la cobardía de los animales nacidos de vientre—, pero él se abalanzó sobre su testuz, le clavó los dedos en las junturas del cuello y le arrancó el paquete muscular de un solo tirón que le empapó la cara de fluido hirviente.

◇

Junto a la arqueta del aliviadero, una lata vacía de conservas rodaba empujada por el hilo de agua grasienta que bajaba de la pared de contención. El agua caía con un golpeteo sordo y perezoso, monótono como la lluvia sobre una techumbre de cinc desvencijada. En la pasarela superior, el fogonero soplaba sobre su cuchara de palo antes de meterse en la boca un pedazo de nabo tibio, masticando despacio con los molares del lado izquierdo mientras miraba cómo el vapor de las purgas se disolvía entre las vigas maestras del techo.

Mateo seguía en pie en medio de la fosa, con los brazos caídos a los costados y los nudillos goteando una sangre espesa que no terminaba de coagular en el frío del suelo. La marea de fuego que le había recorrido las vértebras empezaba a retirarse y dejaba en su lugar un hormigueo yermo, un silencio hueco que le pesaba detrás de la frente como un puñado de arena húmeda. Intentó afirmarse en algo que no fuera el barro. Buscó el rostro del muchacho flaco que solía esperarlo con la linterna de carburo junto a las vías muertas; el muchacho que tenía una cicatriz en forma de media luna sobre la ceja izquierda y la costumbre de soplarse los dedos quemados por el estaño antes de hablar. La imagen estaba ahí, limpia, con su camisa deshilachada en los codos y el brillo de los ojos pardos en la penumbra del sótano. Pero cuando Mateo abrió la boca para pronunciar su nombre, la lengua tropezó contra un vacío absoluto. Buscó las sílabas. Movió los labios buscando el primer sonido, la consonante dura, el aire que solía salir con facilidad cuando lo llamaba para compartir un mendrugo de centeno. No había nada.

El nombre se le había borrado de la cabeza como si un formón oxidado hubiera raspado el letrero de un cajón hasta no dejar más que astillas secas y una llaga limpia.

Fin del Episodio 9 · de 12

El precio del cartílago

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