Ceniza en las Fauces·Episodio 08

La fundición de los pernos

~7 min · 1360 palabras

El plato de latón golpeó la madera sin pulir de la mesa con un chasquido seco. Nico apartó la mano despacio y dejó una medialuna renegrida de carbonilla sobre el borde desportillado del metal.

—La manteca está agria —dijo el muchacho, mirando el engrudo grisáceo sin tocar el tenedor de estaño—. Sabe a herrumbre cocida.

—Entonces no comas.

—Tengo hambre.

—Mastica despacio y no pienses en qué grasa usaron.

Nico no replicó. Hundió dos dedos en la pasta fría, se los llevó a la boca y chupó con un chasquido breve, mecánico, con los ojos fijos en el hueco oscuro de la alacena desfondada. Mateo sintió en la base del cuello la tirantez de siempre, ese tirón frío que le bajaba desde la clavícula izquierda hasta las costillas flotantes. Se frotó la muñeca contra la casaca para calmar la picazón del emplasto de amoníaco. Intentó recordar el timbre exacto de la risa de su hermana cuando cruzaban el canal hacia los muelles de carbón, pero el esfuerzo solo le produjo una arcada seca y una punzada detrás de los ojos: en el sitio de esa memoria no había nada, solo un vacío sordo que le dejaba la boca pastosa.

El tirón de la clavícula volvió, más fuerte, y Mateo dejó de intentarlo.

Se calzó los guantes de lona endurecida. El cuero de las cinchas del zurrón crujió al doblarse. Se ajustó la correa con los dientes, tiró con fuerza hasta que el agujero calzó en la hebilla mellada y no volvió a mirar al chico.

—Si viene el cobrador de las válvulas, no abras —dijo Mateo.

—No va a venir nadie —respondió Nico sin levantar la vista del plato—. Aquí ya no queda nada que se pueda tasar.

—Mejor.

◇

El rastro de los tres camiones de Bruna se leía fácil en el fango. La mezcla espesa de alquitrán a medio cuajar y aceite de linaza quemado en los calentadores de latón chorreaba por las juntas de los cárteres y dibujaba dos líneas paralelas que serpenteaban entre los durmientes podridos del ramal carbonero. Mateo caminaba pegado a la sombra de los bloques de hormigón, donde el agua de las cunetas retenía destellos violetas bajo una pátina densa de mineral decantado.

Cuatro manzanas más al este, los martillos de vapor golpeaban con un retumbo monótono que subía por los talones antes de llegar a los oídos: un temblor ciego que sacudía las raíces de los dientes a cada golpe, regular y pesado. A los lados de las vías muertas dormían los despojos de las cuadrillas que abandonaron el sector en la gran huelga del otoño: dos llaves de tuercas con las bocas comidas por el ácido, una bota de caña rota atada con soga de esparto, un cajón de pino podrido del que solo sobrevivían los clavos torcidos y una lata aplastada de grasa para cojinetes.

Mateo avanzó en silencio. El viento del bajo olía a pescado descompuesto y a caliche mojado. Llegó al foso de desagüe de las laminadoras viejas, donde las losas de hormigón estaban partidas en cuñas enormes que se hundían hacia la zanja. Había huellas recientes de neumáticos pesados sobre la greda: las zapatas de hierro de los frenos habían mordido el suelo hasta dejar surcos donde todavía borboteaba una espuma verdosa. Mateo se agachó, tocó el borde de la rodada con la punta del dedo enguantado y se lo acercó a la cara. No era solo queroseno sucio. Olía a matadero y a sebo rancio.

El hangar de laminado número cuatro se recortaba contra el cielo como el costillar de una ballena varada en la ceniza.

Los pernos que sostenían las chapas del voladizo estaban flojos; con cada ráfaga vibraban en sus agujeros ensanchados por el óxido con un cascabeleo metálico. Mateo apoyó la espalda contra el muro de pizarra prefabricada. El frío del cemento traspasaba el sayal raído y le mordía los omóplatos, pero no se movió. Esperó. Contó setenta respiraciones lentas, sintiendo el crujido del cartílago de su hombro izquierdo cada vez que llenaba los pulmones de ese vapor sulfuroso que quemaba la garganta.

Iba a sacar la piedra de afilar del zurrón para pasarla por el filo del escoplo cuando—

Un zumbido eléctrico cortó la niebla.

Detrás de las lonas embreadas que cubrían la galería de descarga brillaba el resplandor anaranjado, lívido y oscilante de un soplete de arco. Alguien estaba soldando barrotes en la nave baja.

◇

Bajó por la rampa de escoria pisando sobre las acumulaciones de carbonilla para apagar el crujido de las botas. La chapa de zinc del portón lateral tenía un remache arrancado a la altura de la cintura; por esa hendidura, Mateo asomó un solo ojo hacia la penumbra de la nave.

El aire allí dentro no circulaba. Era una masa tibia, viscosa, cargada de una peste amarga que le cerró la garganta: sangre derramada sobre el pavimento caliente, mezclada con el vaho de respiraciones animales y el tufo metálico de los hornillos portátiles donde hervían apósitos empapados en salmuera. No había jaulas para el exterminio. No había fosas comunes con cal viva ni montones de caparazones triturados para alimentar los hornos de fundición, como decían los pasquines de la guardia nocturna pegados en los puentes.

En el centro del taller, bajo la luz mortecina de tres lámparas de carburo colgadas de las cerchas, se extendían doce bancos de despiece fabricados con perfiles de acero laminado. Sobre ellos no yacían bestias.

Eran muchachos. Huérfanos menudos de los barracones del muelle, chiquillos de piel cetrina que no llegaban a los doce inviernos, atados a las tablas con correajes de arnés de artillería. Mateo los reconoció por las marcas de viruela y las cabezas rapadas: la camada perdida de las galerías de vapor que la intendencia había dado de baja en los padrones el mes anterior sin enviar un solo piquete a buscarlos.

Bruna Varga caminaba entre las mesas con las mangas de la camisa de franela arremangadas hasta los codos. Tenía los antebrazos cubiertos de costras secas y manchas amarillentas de tintura de yodo que no se quitaban ni frotando con arena. Sostenía en la mano diestra una aguja de ensacar de tres filos, enhebrada con cáñamo embreado, y con la siniestra levantaba el colgajo de una masa muscular estriada, azulada y membranosa —un haz de tendones extraído todavía tibio del lomo de una quimera que yacía desangrada sobre una carretilla de volteo—.

Dos peones de cuadra sostenían a un niño boca abajo sobre la chapa aceitada. El chiquillo no gritaba. Tenía la boca abierta contra una mordaza de corcho y los ojos fijos en una grieta del suelo con la serenidad estúpida de las ovejas antes del tajo. Bruna hundió la aguja en la carne de su escápula con un chasquido apagado, como cuando se atraviesa la suela de un zapato viejo con una lezna desafilada. Tiró del cáñamo. El músculo injertado se contrajo con una vibración eléctrica que hizo restallar los huesos del pequeño como leña seca, y la espalda del muchacho se hinchó hasta adoptar la convexidad ancha y pesada de una bestia de tiro.

—Ajusten el perno dorsal antes de que el tejido se enfríe —dijo Bruna, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo ensangrentado. Su voz sonaba plana, sin furia, con la cadencia aburrida de un capataz que anota fanegas de cebada en un libro de cuentas—. Si la fibra se engarrota antes de roscar, habrá que desguazarlo y empezar con otro. Dense prisa.

El niño no lloró. Cuando los peones soltaron las cinchas de cuero, se puso en pie sobre las losas manchadas de grasa. Su brazo izquierdo colgaba dos palmos más abajo de la rodilla, engrosado por una masa de tendones grises que pulsaban bajo la piel infantil como una soga viva. Con esa mano deforme, sin que nadie le diera una orden, el muchacho se inclinó y levantó un lingote de hierro fundido de cincuenta libras como si fuera un pedazo de pan duro.

Mateo apoyó la frente contra el filo cortante de la chapa de zinc y el hierro le abrió una línea tibia en la sien, pero ni siquiera parpadeó.

Fin del Episodio 8 · de 12

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