Ceniza en las Fauces·Episodio 07

Fideos bajo la lona empapada

~8 min · 1639 palabras

Nico no soltó la piedra hasta que la puerta de chapa encajó contra el batiente carcomido. El golpe no fue heroico ni limpio: sonó a lata vieja aplastada contra el fango, un chasquido sordo que se perdió bajo el retumbar de los martillos de vapor que seguían latiendo a cuatro manzanas de allí, batiendo las planchas de las calderas con la regularidad ciega de un corazón subterráneo. Arrastró a Mateo por las axilas sobre los tablones podridos de la caseta de guardagujas, dejando una estela viscosa donde el agua de la cuneta se mezclaba con el alquitrán recién enfriado y con esa baba grisácea, espesa como grasa de eje, que supuraba sin tregua del costado izquierdo de Mateo.

El cuarto olía a herrumbre, a orina seca de operarios olvidados y a la grasa vegetal rancia que alguien había dejado quemar en un hornillo de latón abandonado sobre una caja de munición vacía. Afuera, la lona alquitranada que cubría el ventanuco roto azotaba el marco con un aletazo pesado y húmedo y apenas dejaba pasar un resplandor anaranjado y sucio: el destello de los arcos de soldadura que los piquetes de Bruna Varga seguían clavando en los terraplenes de la vía muerta.

Mateo estaba tendido boca arriba, con la nuca apoyada contra un saco de balasto que soltaba polvo de basalto con cada sacudida de sus pulmones.

Hacía un frío espeso.

Nico no se detuvo a comprobar si los guardias de la escala de gato habían perdido el rastro en el colector. Se arrodilló junto a él, respirando por la boca para no atragantarse con el hedor agrio que encharcaba la camisa de arpillera de Mateo, y sacó del bolsillo de la guerrera una botella de vidrio verdoso sin etiqueta, obturada con un corcho envuelto en trapo. La descorchó con los dientes. El vaho que escapó del gollete olía a aguarrás puro, a resina de pino destilada con azufre —el olor que en los viejos talleres ferroviarios se asociaba al barniz de los coches de primera clase, aunque allí solo sirviera para quemar la podredumbre antes de que devorase el nervio—. Con la punta de una navaja mocha, Nico cortó los hilos de cáñamo negro que mantenían unida la carne de Mateo al tejido fibroso que latía, descompasado, bajo su clavícula.

La piel no cedió con nobleza. Crujió como cuero viejo doblado al fuego de una fragua.

Mateo arqueó la espalda sin emitir voz. El grito se le estranguló detrás de los dientes apretados. El tejido injertado —esa masa grisácea de tendones extraños que nunca debieron compartir calor con la sangre humana— se acortó de golpe en un espasmo seco y tiró del omóplato hacia la garganta como si una soga invisible tirase del hueso desde el fondo de un pozo. Nico le sujetó el hombro con la palma abierta, aplastándolo contra el hormigón rugoso del suelo, y vació un chorro de aguarrás directamente sobre la herida. El líquido hirvió en una espuma pálida al morder la carne expuesta. La vibración áspera de los cables tensores de la vía retumbaba a través de los pernos mal atornillados del piso y subía por las vértebras de Mateo hasta instalarse tras sus ojos como un fogonazo de magnesio.

—Quédate quieto —dijo Nico entre dientes. La voz no le temblaba, pero tenía la manga de la camisa empapada de sudor frío, pegada a las costillas—. Si la carne ajena se encoge dos dedos más, te va a arrancar la cabeza de la clavícula. Muerde esto.

Le metió entre las mandíbulas un pedazo de correa de transmisión embreada. Mateo la mordió. Sabía a brea seca, a hollín de hulla y al hierro de su propia sangre.

Nico limpió la herida con un trapo que antes había sido un pañuelo de cuello. Trabajaba con la prisa metódica de quien remienda un fuelle reventado antes de que la presión haga estallar la caldera entera: raspó la costra verdosa, drenó con los pulgares lo que quedaba dentro y volvió a pasar la hilaza de cáñamo con una aguja de ensacar curva, cuya punta estaba negra de haberla templado en la llama de una vela. Cada puntada era un tirón que sacudía el cuerpo de Mateo contra las tablas sueltas. Al cuarto nudo, el músculo injertado aflojó su tensión con un chasquido húmedo y se aplacó como un animal agotado que se echa en el fango.

—Listo —murmuró Nico, y se limpió las manos en los muslos del pantalón de pana, dejando dos franjas oscuras que parecían manchas de tinta china sobre pergamino basto.

Mateo escupió la correa. Se quedó mirando el techo de vigas podridas, donde el agua de lluvia goteaba con un ritmo lento y desquiciante sobre una lata de conserva vacía.

—Dime que no perdiste la lata —dijo Mateo. La voz no parecía suya; era un raspón de lija contra piedra húmeda.

—No la perdí.

Nico gateó hasta la esquina donde descansaba su fardo. De entre dos trapos aceitosos sacó un hornillo de latón de tres patas, ennegrecido por años de combustiones miserables, y una cacerola abollada con los restos de fideos de harina de soya que habían robado la noche anterior en los almacenes del dique cuatro. El hornillo tosió una llama azulada y baja que apestaba a alcohol de quemar. Nico echó un poco de agua turbia de una cantimplora y removió la pasta fría con una astilla de pino.

—Tienen salitre —comentó Nico, mirando la llama como si temiera que se apagara con solo nombrarla—. El saco en el almacén estaba roto por abajo y tocó el suelo de la dársena. Saben a muerto.

—Da igual.

—Si no los quieres me los como yo solo. Pero vas a necesitar algo en la tripa cuando tengamos que cruzar la playa de maniobras antes del toque de sirena de las cuatro.

—Dámelos.

Nico le acercó la cacerola caliente. Mateo intentó incorporarse, pero el brazo izquierdo no respondía: colgaba muerto, con los dedos rígidos y curvados como garfios de carnicería, la piel tan fría que parecía haber pasado tres inviernos enterrada en nieve. Con la mano derecha —la que todavía le pertenecía por entero, la que conservaba la vieja cicatriz blanca en el nudillo del índice— tomó la astilla y se metió un bocado de fideos pastosos en la boca. Estaban tibios por fuera y helados por dentro. Sabían a grasa de motor quemada y a la cal apagada con que desinfectaban las cunetas.

Comió despacio, masticando sin hambre, mirando una moneda de cobre antigua que Nico había dejado sobre la caja de munición: una pieza lisa, sin relieve, gastada por el roce de dedos de hombres que debieron de morir antes de que encendieran por primera vez las calderas centrales.

—Esa moneda era de tu hermano —dijo Nico de pronto, soplándose los dedos entumecidos para devolverles la sangre—, ¿o me la diste tú en el muelle de carbón?

Mateo detuvo la astilla a medio camino entre la cacerola y los labios.

Había un hueco en su cabeza. No era un dolor punzante, sino un espacio en blanco, una hoja arrancada de un libro mayor con un tirón descuidado que deja solo hilachas de papel pegadas al lomo. Intentó recordar el rostro del hombre que le había dado esa moneda —las patillas canosas, el olor a tabaco barato y colza, la manera en que cojeaba del pie derecho al bajar la rampa de los silos—, pero solo encontró una sensación informe de pánico que no era suya: el estertor de una garganta aplastada bajo una bota ferrada, el fulgor violeta del aceite ardiendo sobre un charco y el chirrido de los frenos de zapata de una tolva de mineral que resbalaba por una pendiente sin retorno.

—No me acuerdo —susurró.

—Cómo que no te acuerdas. Nos la dio para pagar el paso de la barcaza en el canal bajo.

—No sé de qué barcaza hablas, Nico.

Nico dejó de remover los fideos. La astilla se quedó quieta entre sus dedos tiznados de carbón. El silencio que cayó sobre la caseta pesaba más que el estruendo de los martillos de vapor, que allá afuera seguían machacando el hierro con un ritmo sordo y sacudían la lona empapada que no dejaba de gotear sobre los tablones.

—Era tu hermano, Mateo. El mayor. El que se quedó en los hornos de coquización el año del derrumbe.

Mateo parpadeó. La pupila de su ojo izquierdo, dilatada por la fiebre del injerto, reflejaba el anaranjado turbio del ventanuco sin contraerse.

—Yo nunca tuve un hermano.

Nico lo miró. No había reproche en sus facciones enjutas, solo una fatiga inmensa que parecía doblarle las vértebras hacia el polvo del suelo, como si todo el peso de las tolvas y los terraplenes que habían dejado atrás le cayera de pronto sobre los hombros estrechos.

—La contraseña —dijo Nico, y su tono había perdido toda la aspereza de costumbre para volverse plano, ceremonial, como el de un empleado que lee una lista de bajas en una ventanilla—. La que fijamos antes de entrar a la galería de drenaje por si nos separaban los piquetes de Varga. Dila.

Mateo bajó la cacerola al suelo. Un poco de caldo grisáceo se derramó sobre el limo entre los tablones y formó un círculo grasiento que reflejó por un instante la luz violeta de un relámpago lejano.

Nico esperó. Había esperado así otras veces, en la galería de drenaje, contando los pasos de los piquetes sobre su cabeza; nunca le había costado tanto respirar.

Mateo no dijo nada. Abrió la boca, pero de su garganta solo salió un jadeo seco. Miró la cara de Nico —la nariz torcida por un golpe de pala, la carbonilla bajo las uñas, los ojos irritados por el humo del aguarrás— y vio únicamente a un extraño que sostenía un plato de fideos fríos en una habitación que se caía a pedazos.

Fin del Episodio 7 · de 12

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