Ceniza en las Fauces·Episodio 06

La costura que cede

~6 min · 1249 palabras

El estrépito de la compuerta superior al cerrarse tuvo el timbre seco de una sartén de hierro que cae sobre baldosas. Arriba, las pisadas de Bruna Varga se alejaron sin prisa, amortiguadas por el fieltro empapado de sus botas de ordenanza, mientras los registros de purga comenzaban a silbar con una queja bronca, expulsando un aire tibio que olía a alquitrán recién enfriado y a repollo cocido en hornillos de latón. El foso era estrecho, un tajo de hormigón prensado donde apenas cabían dos hombres de costado. Nico permanecía de espaldas a la pared, con los talones hundidos en una ciénaga de barro y virutas de fundición, frotándose con el índice una mancha blancuzca de grasa animal que se negaba a salir de la bocamanga de su chaqueta de pana raída.

—Se me pegó en la tolva —dijo el muchacho, sin mirar a Mateo—. No sale ni con saliva.

—Déjala estar —respondió Mateo. Tenía la boca llena de tierra y la lengua pastosa.

—Es que huele a rancio. Como a manteca de buey vieja.

—Da igual a qué huela.

Nico se encogió de hombros, cambió el peso del cuerpo hacia la pierna izquierda para aliviar la presión de una bota que le apretaba los juanetes y suspiró contra el paño húmedo de su bufanda.

A cuatro manzanas de allí, los martillos de vapor de la tercera factoría golpeaban el lecho de la roca con una cadencia sorda y obstinada, haciendo vibrar los bloques prefabricados de pizarra gris que formaban el cajón del colector. Aquel temblor continuo no era una metáfora ni un presagio de desastre; era, con toda exactitud, la vibración doméstica que cualquier habitante de los barrios bajos aprendía a tolerar antes de que le salieran los dientes de leche, un zumbido que hacía bailar los posos de achicoria en las tazas de peltre y aflojaba los tornillos de las camas de pino. Mateo apoyó la nuca contra la aspereza del muro. Bajo el cuero cabelludo, los cables tensores de su injerto le producían un escozor agrio, un cosquilleo de agujas frías que bajaba por los trapecios hasta perderse en el anclaje de la clavícula izquierda —donde un herrero sin licencia había dejado tres pernos ligeramente trasroscados, de modo que cada sacudida de la tierra se traducía en una punzada similar a la de un clavo oxidado hundiéndose en el tuétano—.

Nico sacó del bolsillo una cajita metálica de pastillas de regaliz, aplastada por los cantos y sin tapa, y miró el fondo vacío antes de volver a guardarla.

Si salían de aquella zanja antes de que los fogoneros abrieran los grifos de la lechada de cal, pensaba Mateo, aún quedaría tiempo para buscar un poco de manteca limpia y limpiar los conductos de drenaje de la pantorrilla; si lograban subir por la escala de servicio antes de que—

Un chirrido de hierro contra hierro interrumpió el cálculo.

No venía de arriba, sino de la arqueta lateral, donde una rejilla de ventilación cedía bajo el apalancamiento metódico de dos herramientas pesadas. El agua estancada de la cuneta, que reflejaba un matiz violeta y grasiento bajo el resplandor opaco de unas soldaduras de arco que alguien encendía tras una lona alquitranada en el muelle superior, tembló en ondas concéntricas. Dos siluetas se descolgaron al foso sin emitir una sola palabra de advertencia. Eran ejecutores de la cuadrilla de Bruna, de esos que la administración empleaba para los saneamientos rápidos: hombres anchos, enfundados en capotes de caucho endurecido por la salmuera, cada uno armado con una barra de ferralla corrugada de dos pulgadas, doblada en un extremo para servir de garfio y afilada en el otro a golpe de muela.

Mateo se incorporó. El lodo no ofrecía apoyo.

El primer ejecutor avanzó con la pesadez de una mula ciega, arrastrando la punta de la barra por la canaleta de desagüe en un silbido de metal que levantaba chispas anaranjadas contra el balasto. Mateo no esperó la acometida: se proyectó hacia adelante en un paso rasante y le metió el hombro contra el esternón. El impacto olía a sudor rancio, a lana mojada y al aliento agrio de quien ha comido cebollas crudas a media mañana. El verdugo se tambaleó, pero el segundo ya descargaba la ferralla desde el flanco derecho, buscando las costillas de Mateo con un golpe horizontal que silbó en el aire como una vara de mimbre verde.

Mateo lo esquivó doblando las rodillas en seco, giró el torso sobre el eje de la cadera derecha y descargó el talón de la mano contra la tráquea del atacante.

El cartílago cedió con un crujido apagado, como una nuez que se parte dentro de una bolsa de lona. El hombre soltó un soplido húmedo y retrocedió dos pasos, chapoteando torpemente, pero el primero ya había recuperado el equilibrio y lanzaba un garfio ascendente directo a la garganta de Nico, que seguía acorralado contra la chapa de zinc.

Mateo se interpuso. Plantó el pie izquierdo para girar y trabar el brazo del verdugo.

Y el cuerpo remendado eligió ese momento para romperse.

Dentro del fémur, justo en el punto ciego donde la aleación de cinc y cobre debía abrazar el hueso para retener los haces tendinosos, sonó un estallido sordo y metálico. No fue un dolor inmediato, sino una sacudida fría, instantánea, parecida a la sensación de pisar un charco helado con la bota rota; luego, una fracción de segundo después, el perno partido giró sobre su propia rosca rota y desgarró el periostio desde dentro. Un chorro de líquido sinovial, tibio y con ese hedor agrio a vinagre fermentado que Mateo conocía demasiado bien, comenzó a filtrarse entre las fibras musculares abiertas, anegando el muslo bajo los pantalones de dril.

La pierna se negó a sostenerlo.

Cayó sobre la rodilla derecha. El impacto contra el hormigón rugoso le arrancó una bocanada de aire ceniciento. El ejecutor que aún respiraba levantó la barra de ferralla con ambas manos, dispuesto a descargar el remate contra la coronilla de Mateo, pero desde la pasarela superior resonó una descarga de perdigones de plomo que rebotó contra las chapas en un repiqueteo ensordecedor. Los hombres de Bruna no disparaban para salvar a sus peones; disparaban para barrer el conducto antes de vaciar las cubas.

Nico gritó algo desde el fondo del túnel, una sílaba rota que no llegó a formar un nombre.

Mateo intentó apoyar las palmas en el fango para levantarse, pero la carne rota de su pierna izquierda ya no respondía a los nervios: el tendón suelto se enrollaba en espiral sobre sí mismo bajo la piel y tiraba de la rótula hacia arriba en un espasmo convulsivo que le nubló la vista de motas negras. Un sudor frío, con sabor a hierro viejo, le bajó por las cejas y le cegó los ojos. El mundo perdió sus perfiles de fábrica y se redujo a un zumbido agudo, idéntico al chirrido de los frenos de zapata de una tolva de carbón al entrar vacía en los andenes.

La oscuridad no llegó como una sombra; cayó como un trapo empapado en fango que alguien le arrojó a la cara.

Al derrumbarse hacia adelante con la frente contra el limo podrido de la cuneta, lo último que vio Mateo fue la figura delgada de Nico recortada contra el resplandor anaranjado de las soldaduras, sosteniendo una piedra informe entre las dos manos mientras las botas ferradas de los refuerzos bajaban por la escala de gato, peldaño a peldaño, a menos de cinco metros de distancia.

Fin del Episodio 6 · de 12

La costura que cede

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