Ceniza en las Fauces·Episodio 05

El chirrido de las tolvas

~7 min · 1498 palabras

El papel sabía a borra de tinta agria y a cal apagada. Mateo lo mantuvo bajo la lengua, plano contra las encías inferiores, mientras la saliva se le espesaba con ese regusto ferroso que dejan los trazos trazados con prisas sobre vitela pobre. Con la punta del pulgar se apretó la comisura del labio para asegurarse de que el bulto no asomaba entre los dientes. A cuatro manzanas de distancia, amortiguado por la masa ciega de los bloques de hormigón prensado, el golpe sordo de los martillos de vapor caía con la regularidad de un pulso enfermo, haciendo temblar los pernos mal atornillados en la chapa que les servía de cobijo.

Nico estaba sentado sobre una caja de grasa mineral vacía, raspando con la punta de una teja rota la costra negra de un hornillo de latón. Hacía diez minutos que no hablaban. El muchacho tenía una mancha de hollín seca en la aleta de la nariz y se rascaba la muñeca izquierda con una insistencia distraída, casi rítmica, arrancándose pequeñas escamas de piel muerta.

—El aceite de nabo se quemó —dijo Nico sin mirarlo.

—Déjalo estar.

—Va a saber a trapo viejo.

—Come y calla.

El chico soltó la teja con un chasquido menudo. No insistió. En el fondo de la cazuela de chapa quedaba apenas una película de grasa vegetal amarillenta que despedía un humo denso, tibio, con un hedor que recordaba a las cocinas comunales después del toque de queda, cuando las calderas se enfrían y los restos de sopa se cuajan contra el zinc. Aquella quietud era la única tregua que el subsuelo concedía a los hombres sin registro: un intervalo hueco entre dos descargas de mineral donde ninguno de los dos hacía otra cosa que esperar a que el polvo bajara por la garganta.

Mateo movió el hombro izquierdo. El tendón injertado, tirante como una cuerda de tripa secada al relente, protestó con una punzada blanca que le subió hasta la base del cráneo. Buscó con los dedos el tarro de salmuera amarga en el bolsillo de su capote; estaba vacío, con los bordes de corcho deshechos por la humedad cáustica del fondo de las zanjas. La articulación pedía frío, o una aguja clavada en el cartílago para aliviar la presión de un líquido sinovial que no era del todo humano y que olía, cuando rezumaba entre las gasas, a establo empapado en vinagre. El dolor no era una advertencia: era una cuenta que vencía al anochecer.

—Mi tío decía que las tolvas no descansan por mantenimiento —murmuró Nico, contemplando el charco aceitoso que se formaba junto a sus botas desmochadas, donde el reflejo del cielo de pizarra se teñía de violetas y amarillos turbios—. Decía que las paran cuando los de arriba quieren contar las cabezas que sobran en las zanjas.

Mateo se acomodó la bufanda de estopa alrededor del cuello, sintiendo contra la piel el roce áspero de los cables tensores que sostenían la pasarela superior.

—Tu tío hablaba demasiado para tener un solo jornal.

—Tenía dos. Uno en la molienda y otro limpiando el tiro de las chimeneas.

—Igual de muerto está.

Nico se encogió de hombros, tirando de una costura deshilachada de su manga como si aquello fuera la única tarea urgente del mundo. Las paredes de hormigón prefabricado, cubiertas por una baba de limo industrial que no terminaba de secarse jamás, devolvían el eco lejano de una campana de maniobras. Era un tañido plano, sin bronce ni gloria, como una cuchara de estaño golpeando una viga de hierro.

—Si vuelves a meter la chapa ahí te vas a comer el hollín suelto —dijo Mateo, pasándose la lengua sobre las aristas secas del papel doblado.

El muchacho lo miró de reojo, entornando los párpados.

—Iba a decirte que—

El zumbido de las calderas se apagó de golpe.

No fue un cambio en el viento ni un descenso de la temperatura, sino la suspensión súbita de ese bajo continuo que gobernaba los andenes. Los martillos de vapor no cayeron. A lo lejos, el silbido de una purga hidráulica se cortó con la violencia de una soga que se rompe en el torno de una grúa.

◇

Un chirrido de zapatas de hierro contra el carril astilló la penumbra del transbordo. Fue un aullido largo, agudo, como si una docena de sierras de carnicero atacaran una plancha de plomo al unísono. Las tolvas de mineral, convoyes ciegos cargados con cincuenta toneladas de escoria negra cada uno, frenaron en seco a la entrada del sector siete. El balasto tembló bajo las suelas de las botas.

Mateo se puso en pie antes de que el eco muriera. El hombro le dio un latigazo sordo, un tirón que le desvió el eje del torso hacia la izquierda como si una mano invisible le estuviera arrancando la clavícula desde dentro. Nico soltó la cazuela; la chapa golpeó el suelo y la poca grasa fría que quedaba en el fondo rodó sobre el fango, convertida al instante en un terrón negro.

—Vienen por las esclusas —susurró el chico.

Cruzaron el callejón de servicio. El barro era espeso, saturado de alquitrán que se enfriaba con rapidez bajo la llovizna cenicienta que empezaba a calar los techos de lona. A sesenta pasos, recortados contra los destellos anaranjados de unas soldaduras de arco que trabajaban tras unas mantas empapadas, aparecieron los capataces. No traían linternas de carburo; traían barras de desincrustar calderas y picos cortos con el mango encordado con alambre.

Avanzaban en línea. No gritaban.

El primero de ellos, un hombre macilento con el mandil de cuero cuajado de remaches cobrizos, descargó una vara de hierro contra una pila de durmientes viejos para espantar a los que dormían en el hueco de las vigas. De la sombra salieron bultos: carroñeros cubiertos de sacos de arpillera, tullidos de los turnos de noche que no alcanzaron el permiso de salida, dos muchachos que cargaban un fardo de cable de cobre pelado. El inventario de la miseria rodó por el suelo en un desorden mudo: tres cucharas de peltre aplastadas, una bota sin cordón, un casquillo de latón usado como salero y medio pedazo de pan duro que alguien había envuelto en un trapo sucio.

Un golpe seco rompió una tibia. El sonido fue exactamente igual al de una rama verde partiéndose bajo la rueda de un carro cargado de leña.

Nadie rezó.

Los vagabundos retrocedieron hacia el fondo ciego del andén número tres, donde el muro de hormigón se alzaba doce codos sin salientes ni asideros. Los capataces cerraron las alas del rastrillo con la paciencia de matarifes que cobran por cabeza despiezada. No hubo furia en sus brazos: solo el balanceo metódico de las herramientas pesadas que bajaban y subían, aplastando costillas contra los cantos rodados del balasto. El pavimento se manchó con una pasta oscura donde el polvo de antracita absorbía los humores calientes de los caídos antes de que alcanzaran a gritar.

—¡Por la rampa de descarga! —silbó Mateo, empujando a Nico hacia el túnel de los contrapesos.

Pero la rampa estaba muerta. Una chapa de tres pulgadas había caído sobre las guías hidráulicas, atrancada con pasadores de tres chavetas.

Arriba, sobre la pasarela de rejilla metálica que cruzaba el vano entre las dos tolvas principales, sonó el chasquido metálico de unos tacones reforzados con chapa de hierro. El vapor de escape de la válvula de alivio se disipó en jirones sucios, revelando una silueta larga envuelta en un gabán de paño negro con cuello de nutria descolorida. Bruna Varga sostenía un cronómetro de bolsillo en la mano enguantada; no miraba a los moribundos que pateaban en el barro, sino las compuertas de drenaje.

Hasta que su mirada bajó hacia el ángulo muerto de la tolva cuatro.

Mateo intentó retroceder hacia la sombra de una viga maestra, pero el injerto somático le traicionó con una sacudida rígida: el cartílago forzado emitió un crujido húmedo, profundo, que le torció el cuello hacia la luz de los hornos auxiliares. Su postura —ese hombro caído en exceso, la rigidez casi mineral del omóplato que no cedía al movimiento natural de la espalda— era una marca que ningún registro administrativo podía borrar.

Bruna se detuvo. Guardó el reloj en el bolsillo del pecho con la lentitud de un escribano que ha encontrado el error en la última página del censo.

—Vaya —dijo ella, y su voz bajó clara, sin esfuerzo, cruzando el ruido sordo de los frenos que aún humeaban sobre los ejes de las tolvas—. El muerto camina de lado.

Mateo apretó los dientes; el papel bajo su lengua se empapó de nuevo, pero no tragó.

Bruna levantó la mano derecha hacia los operarios apostados en las compuertas superiores, aquellas que comunicaban con los depósitos secos de la fábrica química.

—Cierren los registros inferiores —ordenó, señalando con el guante hacia el foso donde Mateo y Nico quedaban atrapados entre el muro y la chapa—. Y echen la cal viva. Que no quede nada que tengamos que barrer mañana.

Fin del Episodio 5 · de 12

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