Manchas de alquitrán en la acera
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El hombre no esperó respuesta. Escupió una hebra de flema oscura sobre la reja del sumidero, pateó el borde de piedra con la puntera rota de su bota de badana y se alejó arrastrando los talones por la cuesta, encogido bajo un capote de arpillera que olía a sebo rancio. El agua de las tolvas siguió tragándose los restos del mineral con un rumor sordo de tripas vacías. Amanecía con lentitud de moribundo sobre los lomos ciegos de las naves de fundición: primero un resplandor sucio tras las chimeneas, luego una llovizna ácida que caía oblicua sobre las cubiertas de zinc y picaba en la piel expuesta como agujas calientes. En las cornisas de hormigón prefabricado, la calavera de hollín de la noche anterior empezaba a disolverse en hilillos amarillentos que buscaban las junturas del pavimento, donde el alquitrán recién enfriado de los baches aún exhalaba su vapor denso y aceitoso.
Mateo Cerna permaneció sentado en el escalón de piedra basáltica, resguardado a medias por el alero de chapa acanalada de un almacén de aperos. No se movió. Tenía los hombros clavados hacia adelante, en esa postura rígida que adoptan los cargadores cuando el frío de la madrugada se mete en el hueso y las junturas protestan; pero bajo la piel de su nuca, donde la carne viva se amarraba a los cordones fibrosos del injerto, la molestia no era reuma. Era una tirantez seca, un encogimiento áspero que le pedía a gritos el lametón helado de la salmuera para aflojar la tensión de los pernos mal asentados en la base del cráneo. A su lado, Nico hurgaba con la punta roma de un clavo torcido entre la costura de su manga izquierda, intentando desalojar un pegote de grasa mineral que se le había endurecido en la bocamanga.
—Si no para este chirimiri —dijo Nico sin alzar la cabeza—, el panecillo de centeno que compré abajo se va a quedar como una esponja de calafatear. Y me costó dos cobres.
—Guárdalo en el bolsillo del forro —respondió Mateo. La voz le salió con un grano de arenisca, como si las cuerdas vocales se le hubieran quedado pegadas durante la noche.
—Ya está en el forro. Pero el forro tiene un agujero y se me baja hacia la rabadilla.
Nadie contestó.
A cuatro manzanas de allí, los martillos de vapor del pozo cuatro reanudaron su compás de carnicería mecánica: tres golpes pesados, una pausa ronca en la que el vapor silbaba al escapar por las purgas, y otros tres golpes que hacían vibrar los charcos violáceos de la cuneta. Mateo metió la mano bajo el jubón de cuero endurecido —un cuero viejo que crujía como huesos secos cada vez que forzaba el codo— y extrajo el cuaderno. Era un fajo de pliegos baratos con las cubiertas de hule negro deshilachadas en las esquinas, atado toscamente con un cabo de bramante grasiento. El olor del papel húmedo y de la tinta ferrogálica rancia le subió a la nariz, agrio y familiar, como el olor de las capillas de hospital después de un turno de sangrías. Tenía las yemas de los dedos manchadas de una negrura perenne que ni la arena de fregar ni el amoníaco habían logrado borrar en meses.
Abrió el cuaderno sobre las rodillas. La lluvia ácida repicaba en la chapa sobre su cabeza con la insistencia de un reloj desquiciado. Intentó sujetar el trozo de grafito con los dedos índice y pulgar, pero la mano le pesaba; los tendones artificiales de la muñeca tiraban hacia adentro, obligando a los nudillos a cerrarse en una garra torpe. Quería fijar un nombre antes de que la niebla que le subía por el espinazo terminara de disolverlo. El rostro de su hermana ya no era más que una barbilla afilada y el dobladillo de una falda de estameña gris; el nombre, una vibración de consonantes que se le atascaba detrás del paladar sin romper en sonido. Escribir en un papel lo que fuiste es admitir que tu propia cabeza ya es territorio ocupado. El grafito arañó la pulpa áspera de la página con un chirrido minúsculo, trazando letras temblorosas, desparejas, como el inventario de una quiebra: una casa con postigos verdes en la vega baja, el regusto a leche de cabra hervida con canela, el sonido de los esquilones al atardecer, la forma exacta de la cicatriz que tenía su padre sobre la ceja izquierda.
Todo lo que el cuerpo perdía en carne lo cobraba el silencio en nombres.
Había una vereda con tilos antes de que los hornos—
El pensamiento se partió. Mateo apretó los dientes hasta sentir el chasquido del cartílago mandibular forzado contra las muelas. Un dolor fino, como una aguja de coser sacos pasada al fuego, le cruzó desde la séptima vértebra hasta la sien. Nico dejó de rascarse la manga. Levantó los ojos claros, velados por una capa de desconfianza animal, y miró calle abajo hacia la confluencia de los cargaderos de mineral.
—Vienen —dijo el muchacho en un susurro plano, guardándose el clavo en el bolsillo del chaleco.
Los pasos no corrían. Eran zancadas medidas, pesadas, amortiguadas por las suelas de goma prensada reglamentarias sobre el cascajo empapado. Bruna Varga dobló la esquina de la fundición con la capa impermeable abierta sobre el torso para dejar al descubierto la pistolera de cuero claveteado y el mango de madera de la maza de balizamiento. Traía las mejillas enrojecidas por el viento cáustico y en la mano derecha un cubo de cinc que rezumaba brea caliente; una brocha de cerda basta descansaba sobre el borde, goteando hebras negras que se solidificaban casi al instante sobre los adoquines húmedos. Dos celadores la seguían a diez varas, cargando las varas de medición y un registro encuadernado en lona encerada.
Avanzaron entre las fachadas de bloques prefabricados. El aire olía a soldadura de arco y a vapor sulfurado. Bruna se detuvo frente al portalón del número doce, donde el marco de madera de pino ya tenía dos muescas viejas de desalojo. Mojó la brocha sin mirar a sus hombres y cruzó un trazo negro, diagonal y espeso, sobre la jamba.
—Setenta y dos horas justas a las seis de la mañana —dijo Bruna. La voz no tenía aspereza ni regocijo; era la cadencia neutra de un escribano que tacha una partida de grano podrido en un libro mayor—. El turno de noche no lo ha visto en las cribas. Cancelad la ficha de harina y sacad el jergón a la acera antes de que el capataz de manzana pase la ronda.
Uno de los celadores empujó la puerta de una patada desganada. Dentro no había llantos; solo el sonido de un cajón al ser arrastrado sobre tablones húmedos y el golpe seco de unas tenazas cayendo al suelo. Bruna no entró. Se giró hacia el alero donde Mateo y Nico permanecían inmóviles, como dos fardos de desecho arrimados a la pared para evitar que los carros los destrocen al girar. Sus ojos grises, rodeados de arrugas prematuras marcadas por el hollín de los hornos de coque, se posaron sobre las manos de Mateo. Se fijó en el cuaderno que el hombre intentaba ocultar bajo el faldón del jubón, en la rigidez de su cuello y en la mancha oscura que la saliva ácida de la lluvia iba dibujando sobre sus rodillas.
—Sigues aquí, Cerna —dijo ella, apoyando el peso del cuerpo sobre la pierna derecha mientras se ajustaba el barboquejo de cuero de la gorra reglamentaria—. Tenía entendido que te habían asignado al dragado del foso tres con la brigada de las tolvas.
—El turno empieza a las ocho —respondió Mateo. No bajó la mirada, aunque el tendón de la nuca le latía con una vibración tan violenta que temía que la mujer oyera el roce del metal contra el hueso.
—El foso tres se ha inundado hace media hora —dijo Bruna, mirándose la punta de los dedos manchados de alquitrán fresco—. Creció el agua del desagüe central. Los que estaban abajo se han quedado haciendo bulto contra las rejas de desborde. Si fueras listo, ya tendrías la pala en la mano para ayudar a desatascarlas. Al pesador no le gustan los hombres que se sientan a mirar cómo llueve mientras el mineral se enfría en las vagonetas.
—Tengo relevo firmado por el sobrestante de guardia —mintió él, sin mover un solo músculo del rostro.
Bruna torció la boca con un amago de sonrisa que no fue más que un pliegue de cansancio en la comisura de los labios. Durante tres segundos largos no se oyó más que el jadeo de la válvula de escape en el pozo cuatro y el goteo rítmico del alquitrán cayendo desde la brocha al fango de la acera.
—A mí me da igual lo que tengas firmado —murmuró ella, dándose media vuelta hacia la calzada—. La brea se seca rápido con este viento. Si cuando vuelva a bajar la cuesta sigues sentado en esta piedra, le diré a los celadores que traigan el registro de sedimentos. Tu nombre ocupa demasiado espacio en el encabezado de la lista.
Cuando el chapoteo de las botas reglamentarias se perdió tras el tinglado de las calderas de vapor, Nico soltó un silbido menudo entre los dientes y sacó del bolsillo interior el panecillo apelmazado. Partió un trozo con los pulgares, haciendo saltar una costra dura que cayó entre las piedras, y se lo metió en la boca masticando con una lentitud de buey viejo.
—Esa perra lleva el mandil de matarife bien planchado —dijo con la boca llena de miga correosa—. Te ha mirado el cuello, Mateo. Sabe que te falta sal.
Mateo no le respondió. Se apoyó con la espalda contra el muro de hormigón rugoso, sintiendo a través de la lana húmeda la frialdad áspera del limo industrial que cubría los sillares. Abrió de nuevo el cuaderno. El temblor de los dedos se había vuelto más fino, casi imperceptible, pero el dolor detrás de los ojos era una marea de cieno caliente que le nublaba los bordes de la vista. Las páginas intermedias estaban pegadas entre sí por la humedad ácida; las separó con cuidado, usando la uña del pulgar para no desgarrar la fibra del papel de trapo, buscando un espacio en blanco donde anotar la advertencia que Bruna acababa de dejar suspendida en el aire.
Entre dos hojas manchadas por un cerco de herrumbre vieja, encontró una cuartilla doblada en cuatro pliegues desiguales. El papel era más grueso, arrancado de un manifiesto de carga de las aduanas del muelle sur, y tenía las esquinas comidas por el roce continuo contra el fondo de la faltriquera. Desdobló el papel con torpeza de tullido.
La tinta era suya. Reconoció de inmediato el trazo largo y quebrado de las letras mayúsculas, la forma en que la barra de la t cruzaba como una cuchillada diagonal hacia la derecha, una costumbre que había aprendido de su tío en los almacenes de brea antes de que el mundo se redujera a este lodazal de esclusas y cables tensores. La nota no tenía fecha, solo una línea trazada con carboncillo graso y tres frases apretadas contra el margen superior:
No confíes en nada de lo que creas recordar después de la caída del balasto. La sangre del foso inventa una madre que nunca existió para que no te tires bajo las ruedas de las tolvas.
El chirrido de los frenos de zapata de una hilera de tolvas cargadas resonó en el desvío ferroviario, agudo como un grito de hierro que se resistiera a parar en el barro.
Mateo dobló el papel despacio, siguiendo los mismos pliegues gastados, y se lo guardó bajo la lengua.
Fin del Episodio 4 · de 12
Manchas de alquitrán en la acera
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