La garra en el colector
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Nico dejó caer el perno sobre la chapa de zinc de la mesa de despiece. El golpe sonó hueco, un chasquido seco que espantó a las polillas que revoloteaban sobre el plato de hojalata con manteca rancia. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada; el muchacho se frotó la base de la garganta con la manga sucia de su jubón de arpillera y miró hacia el respiradero del techo, por donde bajaba una hebra de humo con olor a col cocida y alquitrán frío. En la esquina de la buhardilla, el goteo constante de una tubería de purga marcaba el compás de las cosas que se pudren despacio. Era un ruido manso, como de dedos tamborileando sobre pergamino húmedo en una biblioteca vacía.
—Tiene tres muescas —dijo Nico al fin, rascándose la uña del pulgar contra el borde astillado de la banqueta—. Las he contado dos veces. Bruna no deja salir piezas con ese cuño a menos que vayan a los tornos de la esclusa seis.
—O a las trampas del fondo —respondió Mateo.
—Mi tío decía que las marcas no sirven para nada cuando el hierro se enfría. Decía que el hierro es de quien lo levanta del barro.
—Tu tío murió atascado en una compuerta por no leer los sellos de paso.
—Ya. Pero tenía una cuchara de peltre con su nombre grabado —murmuró el chico, bajando los ojos hacia las tablas del suelo—. Y no le sirvió para comer más rápido.
Mateo no contestó. Tenía el brazo izquierdo apoyado sobre un trapo empapado en salmuera fría, apretando la carne contra el borde de la cubeta de cinc para calmar la mordedura que le subía por el antebrazo. El dolor de los tendones no humanos era una cuerda tensada hasta el punto de la queja, un tirón sordo que le torcía la muñeca hacia adentro si se descuidaba un segundo. Había días en que el brazo parecía pertenecer a un animal muerto colgado de su hombro; otros días, como esa tarde, tiraba con una codicia ciega, exigiendo la fricción del vinagre o la grasa helada para no quebrar el cúbito desde dentro. La sal picaba en las incisiones mal cicatrizadas, una quemazón limpia que al menos borraba el recuerdo del calor.
Afuera, a cuatro manzanas hacia el canal de descarga, los martillos de vapor golpeaban los bloques de forja con una cadencia pesada que hacía temblar el agua turbia en las grietas del suelo. Era un latido continuo, la respiración mecánica de una ciudad que trituraba mineral día y noche sin importarle quién recogía las virutas.
Un estruendo de madera astillada rompió la distancia.
No fue el estampido sordo de una caldera aliviando presión ni el chirrido habitual de las zapatas de freno contra las tolvas de escoria. Fue un golpe seco, seguido de inmediato por el rebuzno estrangulado de una bestia de tiro y un juramento que se cortó a la mitad. Mateo se puso de pie antes de que el sonido terminara de disolverse entre los paredones de hormigón. El trapo salino cayó al suelo con un chasquido viscoso.
—Quédate aquí —ordenó, tomando la palanqueta corta de acero de la repisa.
—Si son los vigilantes del muelle...
—Los vigilantes no gritan como si les estuvieran sacando las tripas con un gancho de fardo.
El Callejón de las Curtidurías no era más que una zanja angosta encajada entre dos naves de ladrillo refractario, un sumidero donde el agua de lavado de las pieles corría hacia los colectores formando charcos con irisaciones violetas y crestas de espuma espesa. El aire allí tenía la densidad de un trapo mojado en lejía. Al fondo, junto al recodo donde las tuberías de condensado escupían chorros de vapor tibio tras una lona empapada, una carreta de dos ruedas yacía volcada sobre su costado derecho. Las tablas del cajón se habían reventado contra el adoquín y dos docenas de pieles en salazón se desparramaban por el lodo como cadáveres aplastados.
Dos hombres —dos carreros con mandiles de cuero endurecido por la grasa vegetal y las manos teñidas de tanino oscuro— estaban encaramados a duras penas sobre el buje de la rueda superior, con la espalda pegada a la pared de hormigón rugoso, cubierta de limo y orín seco.
Debajo de ellos, bufando contra el fango, esperaba la bestia.
Era un perro de las fosas de drenaje, pero las descargas químicas de los alambiques del Dique Norte habían hecho de él una aberración hinchada. Carecía de pelaje en el lomo; en su lugar, una coraza de tejido muscular expuesto y costras de supuración amarillenta palpitaba con cada bocanada de aire, como si el fuelle de un herrero estuviera trabajando bajo una piel que le quedaba tres tallas demasiado estrecha. La mandíbula inferior, partida en dos mitades independientes por una soldadura biológica defectuosa, goteaba una baba espesa mezclada con hebras de linfa grisácea sobre las piedras.
El perro no ladró.
Esa clase de bestias no emitía sonidos de aviso; solo producían un chasquido líquido al tragar y el crujido constante de los cartílagos del cuello estirándose más allá de lo natural.
Mateo avanzó pegado a la sombra del alero. El barro podrido amortiguó el peso de sus suelas gastadas, pero la criatura lo olió o sintió el temblor del adoquín húmedo. El perro giró sobre sus patas traseras —deformes, rematadas en pezuñas callosas que se clavaban en el fango— y dejó escapar un silbido húmedo. De sus belfos colgaba una hebra de líquido sinovial que humeaba levemente al contacto con el aire gélido de la tarde.
—¡Cuidado, capataz! —gritó el carrero más viejo desde lo alto de la rueda, con la voz rota por el tabaco y el pánico—. ¡Esa mierda saltó desde la rejilla del colector! ¡Tiene los tendones cruzados!
Mateo no respondió. Acortó la distancia con el cuerpo agazapado, midiendo el intervalo entre los pistones de los martillos lejanos. Cuatro manzanas al norte, el golpe de la maza de vapor retumbó contra las piedras; al tercer latido, la bestia se lanzó hacia adelante como si un muelle de compresión se hubiera soltado en su espinazo.
El choque fue brutal. El hocico hendido pasó a dos dedos del hombro de Mateo, desgarrando la tela de su chaquetón con el hedor acre de la carne putrefacta macerada en sales de amonio. Mateo resbaló sobre una loncha de grasa vegetal caída de la carreta, pero su brazo izquierdo —la masa de fibras neméticas que le ardía bajo la piel como plomo fundido— reaccionó antes de que su cabeza pudiera ordenar el movimiento. La mano izquierda se cerró sobre el pliegue supurante de la nuca del animal. Los dedos se hundieron en el tejido vivo, buscando el anclaje de los cables tensores que le recorrían la médula.
El perro se retorció, azotando el lomo contra los adoquines con la violencia espasmódica de una anguila sobre una tabla de carnicero. Los dientes chasquearon en el vacío, arrancando esquirlas de piedra a centímetros de las rodillas de Mateo.
Mateo hincó la rodilla derecha en el barro aceitoso. La costura de su clavícula le clavó una punzada helada en la garganta, pero apretó. Los tendones ajenos bajo su carne respondieron con un crujido sordo, un tirón que reconoció la proximidad de la biomasa viva que latía entre sus dedos.
Clavó la palanqueta de acero en la juntura del atlas del animal.
Hubo un estallido sordo, una rotura de cartílagos densos que sonó como un mazo de madera machacando raíces secas en un mortero. La bestia se sacudió una última vez, arañando el hormigón del bordillo hasta que las uñas se le partieron, y luego quedó inmóvil, con la mitad del cráneo hundida en el charco de aguas residuales.
Un silencio denso cayó sobre el callejón, roto únicamente por el siseo de una válvula lejana que escupía vapor blanco hacia el cielo plomizo.
Mateo no soltó la presa. Sabía lo que venía a continuación; lo sabía con la resignación árida con que un peón mira la última pala de carbón antes de cerrar el horno. Hundió los dedos de la mano izquierda más hondo, desgarrando la piel correosa del cuello hasta encontrar los cordones motores que todavía vibraban con una corriente residual tibia.
El tejido nemético se adhirió a sus yemas con la avidez ciega de una sanguijuela. Un dolor blanco, fino como un hilo de cobre al rojo, le subió por el brazo, cruzó el omóplato y se le clavó en la base del cráneo.
Mateo apretó los párpados. Intentó aferrarse al rostro de su hermana: la curva de la barbilla bajo la luz amarilla de una lámpara de carburo, la cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda que se hizo al caer del muro de las carboneras, el tono exacto de su voz llamándolo desde el final del corredor antes de que cerraran las esclusas.
La imagen tembló.
Se deshilachó como una gasa vieja al sol. Los ojos de su hermana se volvieron dos manchas grises, vacías; la línea de la nariz se disolvió en una niebla lechosa y de pronto ya no quedó nada de su risa, ni del frío de sus manos cuando compartían la manta de lana apelmazada.
En su lugar, con una violencia que le llenó la boca de saliva amarga, irrumpió la memoria de la fosa: la oscuridad viscosa de un colector anegado, el agua tibia y fétida lamiéndole el vientre hinchado, el chasquido crujiente de las vértebras de una rata de agua deshaciéndose entre los molares en el fondo ciego de una galería donde jamás entraba el aire limpio.
Con una arcada seca, Mateo se soltó del cadáver y cayó hacia atrás sobre el lodo.
Respiró con la boca abierta, tragando el hedor a grasa quemada y orina que flotaba estancado en el callejón. El brazo izquierdo ya no le temblaba; los tendones recién absorbidos se habían soldado a sus fibras con una rigidez mineral, dejándole la carne fría y pesada.
Desde lo alto de la carreta volcada, el carrero viejo se descolgó con torpeza, cuidando de no meter las botas en el charco donde flotaban las tripas del perro. Se sacudió el mandil con las dos manos, miró la rueda partida del carromato y luego se volvió hacia Mateo, escupiendo una hebra de tabaco negro sobre los adoquines.
—Se me ha caído el saco de sal gruesa en el sumidero —dijo el hombre, con una voz monótona y cansada que no guardaba el menor rastro del espanto de hacía un minuto—. Eran cuatro reales de mineral. A ver quién carajo le explica ahora al pesador que la sal se la ha tragado el agua sucia.
Fin del Episodio 3 · de 12
La garra en el colector
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