Sopa de latón y grasa fría
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El chasquido de los molares tardó tres minutos largos en extinguirse, apagándose en un temblor menudo como el de un cable de telégrafo que aún vibra bajo la llovizna. Mateo Cerna estaba sentado sobre un cajón de embalaje que crujía ante cada respiración entrecortada, con la espalda curvada hacia las tablas desnudas de la buhardilla y la coronilla apoyada en el envés del tejado de pizarra. El espacio era estrecho, sofocado por un vaho tibio que sabía a queroseno quemado y a las rodajas de cebolla que Nico había dejado chamuscar en el fondo de una sartén de hierro colado. La grasa vegetal humeaba en el hornillo de latón abollado, despidiendo ese hedor espeso, casi pastoso, que se pega al paladar durante días enteros y que recuerda a los fogones comunales de las barriadas bajas, donde nunca hay suficiente manteca para ahogar la peste del agua estancada.
—Quédate quieto de una vez, animal —masculló Nico, sin levantar la vista del barreño de zinc abollado donde flotaba un trapo ceniciento, rígido por la sosa cáustica y el sebo viejo—. Si sigues tirando del tendón con esa tos de perro, se te van a reventar las tres costuras que te cerró el herrero de la rampa. Y yo no tengo hilo encerado. Me queda un palmo de cáñamo para las suelas y no lo voy a gastar en tu pescuezo.
El trapo cayó sobre la piel lacerada del cuello como una plancha de hielo sucio.
Mateo apretó los párpados hasta que unas chispas de tono violeta —idénticas a los reflejos del aceite flotando en los charcos del callejón— le bailaron en el fondo de las cuencas. El ardor no era cálido; era una punzada blanca, amarga, como si alguien le estuviera raspando la vaina de los nervios con una concha rota. Desde la clavícula hasta la base de la mandíbula, las fibras trenzadas que no le pertenecían daban sacudidas cortas, rechazando el calor de su propia sangre, enfriándose a la fuerza bajo la compresa empapada en salmuera turbia. A cuatro manzanas de allí, amortiguado por la masa ciega de los bloques de hormigón prefabricado, el golpe sordo de los martillos de vapor caía con la regularidad de un pulso de hierro: golpe, resoplido, pausa, estremeciendo el alféizar donde una hilera de botellas vacías tintineaba levemente. Mateo intentó acordarse del color que tenían las cortinas de la casa donde dormía de muchacho, antes de bajar al colector por primera vez. Solo encontró una mancha blanca, un vacío liso como un plato que se ha lavado tantas veces con arena que ya no conserva ni el dibujo del borde.
—La media libra de manteca te va a costar cuatro monedas de plomo —dijo Nico, cambiando el peso de un pie al otro mientras escurría el trapo con sus nudillos ennegrecidos por el betún—. Y no me mires con esa cara de muerto recién sacado del lodo. El carnicero del muelle tres no fía ni a su madre. Dice que las tolvas de grasa vienen cortadas con cal y que media ciudad está escupiendo espuma amarilla. Si quieres que le unte esto a tu cuello para que no se te pudra la carne viva, vas a tener que pagarlo al peso.
—Ayer me pediste dos —logró articular Mateo. Las palabras le salieron pastosas, con la torpeza de una lengua que tropieza con dientes ajenos.
—Ayer no tenías la mitad de la garganta abierta soltando agua de foso. Además, las judías subieron de precio en el mercado central. Ya nadie baja a descargar grano sin llevar una barra de hierro en la cintura.
Nico escupió en el serrín.
Mateo deslizó dos dedos temblorosos por la costura lateral de sus pantalones y se rascó una costra seca que le tiraba en el pliegue de la rodilla. Sobre la mesa coja, junto a una lámpara cuya mecha ahumaba el vidrio con una costra de hollín, descansaba un mendrugo de centeno de tres días antes. Nico alargó la mano, tomó el pan duro y lo partió con los pulgares en dos trozos desiguales, dejando que las migas cayeran sobre una hoja de registro arrancada donde alguien había anotado números de serie con tinta corrida. Le tendió el pedazo más pequeño a Mateo sin mirarlo.
—Toma. Mastícalo despacio si no quieres que se te vuelva a trabar la quijada.
—Sabe a moho —dijo Mateo tras probar la corteza.
—Todo sabe a moho desde noviembre. Si no te gusta, déjalo para las ratas. Aunque esas ya ni se asoman a esta viga; se fueron al depósito de carbón, que al menos está tibio.
Solo se oía el silbido agónico del hornillo y el agua sucia corriendo por el canalón exterior, oxidado hasta gotear sobre la lona alquitranada. Mateo masticó la masa gomosa. Los músculos de la mandíbula rechinaban con una rigidez de perno agarrotado. Intentó pensar en un nombre —el de la muchacha de los arenques en la esclusa cuatro, la de la media luna bajo la oreja—, pero el rostro se le deshilachó entre los dientes. En su lugar entró un hedor a fango profundo y el pánico ciego de unas patas palmeadas braceando contra una reja de desagüe en mitad de la negrura. Nada más. La cara de la chica ya no estaba.
—O pagas la manteca o te coso con alambre de fardo y te largas a la escalera —soltó Nico, limpiando la hoja de la navaja en la pernera de su overol con tres pasadas secas—. Tú verás si prefieres gangrenarte aquí o en el callejón.
—Cállate y dame el ungüento.
Nico resopló, arrojó la navaja sobre la mesa y se acercó a la chaqueta de lona encerada de Mateo, que colgaba de un clavo doblado cerca del hornillo, chorreando un agua grasienta que olía a sentina y a desengrasante mineral. La apartó del fuego directo de un tirón para que no apestara a cuero quemado.
—Pesa como un muerto esta porquería. ¿Qué traes metido aquí? ¿Piedras de balasto?
Metió la mano en el forro descosido del costado izquierdo, buscando tabaco de cuerda o alguna petaca de aguardiente para cobrarse la molestia. Los dedos le toparon con un bulto macizo. Frunció el ceño, hurgó entre las hilachas apelmazadas por el lodo y sacó una pieza cilíndrica de unos cuatro dedos de largo.
Era un perno de sujeción pesada.
El metal estaba cubierto por una costra seca de sangre marrón y grasa de maquinaria, pero el corte hexagonal de la cabeza permanecía limpio de óxido. Nico lo acercó a la llama pálida de la lámpara de queroseno, girándolo entre el índice y el pulgar. En la cara superior, profundamente hundido en el acero mediante un golpe de martinete de precisión, brillaba el troquel de tres muescas en cruz: la marca personal de Bruna Varga, la inspectora que mandaba sobre los desguaces del Dique Norte.
Fin del Episodio 2 · de 12
Sopa de latón y grasa fría
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