El pulso del balasto
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Mateo empujó la reja de hierro fundido con el talón calloso de la mano izquierda, conteniendo el aliento para no tragar la costra de espuma gris que bajaba lamiendo el colector. El enrejado apenas cedió cuatro dedos. Protestó con un gemido oxidado y áspero —el sonido idéntico al de una cuchilla desafilada raspando una artesa de madera— antes de encallarse contra una masa de balasto petrificado por el alquitrán recién enfriado. Mateo no maldijo. La maldición gasta aire, y el aire en los pozos de desagüe es un lujo que se paga con sangre en la garganta. Se deslizó por la rendija de costado, arrastrando las costillas contra el borde mellado, como un animal viejo que busca la orilla tras escapar de una crecida ponzoñosa.
Escupió fango aceitoso contra las piedras.
La saliva cayó negruzca, veteada por el lubricante quemado de las tolvas de mineral y por ese hedor agrio, tibio y penetrante que allá abajo se derramaba en las piedras sin llegar a secarse jamás. Al incorporarse, la clavícula izquierda le ardió con la furia de una brasa envuelta en lana mojada. Tres tendones pálidos de bestia de foso —cosidos a la osamenta viva con una aguja curva de guarnicionero y bramante de cáñamo embreado— tiraban de la piel hacia dentro y formaban una trenza purulenta que palpitaba bajo el cuello. No dolían como duele una herida limpia de taller; vibraban. Era una vibración áspera, continua, semejante a la tensión invisible de los cables de acero bajo cubierta cuando las grúas levantan un bloque de fundición al límite de la rotura.
El aire de la superficie no era mejor que el de las galerías, pero al menos estaba frío. A cuatro manzanas de distancia, hacia los muelles secos, retumbaban los martillos de vapor con un latido sordo que hacía temblar la grava del terraplén y se metía por los tobillos hasta la cadera. El cielo tenía el gris pizarra de los bloques de hormigón prefabricado apilados en las explanadas, y la lluvia fina que empezaba a caer no limpiaba nada: solo estiraba las manchas de grasa sobre los charcos de la cuneta y les arrancaba esos reflejos violetas y turbios que en las fundiciones llaman el ojo de la escoria.
Mateo se apoyó en un pilar de hormigón rugoso, cubierto por una capa resbaladiza de limo industrial. Se pasó el dorso de la mano por la barbilla. Tenía la piel áspera, llena de carbonilla incrustada en los poros, y la postilla del labio inferior se le abrió de nuevo con un escozor agudo.
Avanzó cojeando hacia el cruce de las Calzadas Bajas. Recordaba el camino con la precisión mecánica con que un tornero recuerda el paso de una rosca inglesa: doce pasos desde la boca de tormenta hasta la caseta de agujas, girar a estribor por el callejón de las leznas y buscar el portalón de roble con el zócalo de hierro martillado donde su familia reparaba bielas desde hacía tres generaciones. Recordaba el olor de su propio banco de trabajo: viruta de latón templada al fuego, sebo de buey para las guías de la bancada y la cera barata de las velas con que iluminaba los ajustes finos a última hora de la tarde.
Llegó a la esquina y frenó el paso.
No había esquina.
No quedaba una sola viga de roble, ni el marco de castaño, ni rastro del letrero de hojalata donde el nombre de su padre había resistido treinta años de humedades y salitre. En su lugar se levantaba un paredón ciego de hormigón basto, recién desencofrado, donde todavía podían verse las huellas de los maderos de pino y los pernos mal atornillados que sujetaban las guías metálicas. Tras unas lonas alquitranadas y empapadas por la cellisca, el resplandor anaranjado y opaco de las soldaduras de arco chisporroteaba con un zumbido eléctrico y recortaba sombras contra el barro.
La demolición había sido meticulosa, como si una comisión entera de escribanos hubiera redactado el inventario de la destrucción antes de meter la piqueta: no quedaba la prensa de husillo de doscientas libras, ni las catorce llaves de boca forjadas a mano, ni el tornillo de banco alemán cuyo volante tenía una holgura que solo su muñeca izquierda sabía compensar, ni las dos banquetas de mimbre cojo, ni la taza de loza marrón con el borde desportillado donde enfriaba el café de achicoria.
En el fango del borde de la zanja, medio enterrada por las rodadas de un volquete, reposaba una lata de grasa de carro aplastada.
Mateo la miró durante largo rato sin moverse, con el agua escurriéndole por el cuello de la camisa mugrienta y resbalando por la trenza de tendones cosida a su pecho. El cuero viejo de sus botas crujió cuando cambió el peso de una pierna a la otra para aliviar el calambre del muslo. Era un crujido seco, parecido al chasquido de un hueso de pollo al partirse bajo el pulgar. Pensó en buscar una vara entre los escombros para escarbar en el lodo, pero las manos no le obedecieron. Se quedaron colgando, pesadas como badajos de plomo.
—Ese pellejo suyo va a terminar atrayendo a las gaviotas del estero, maestro —dijo una voz desde el hueco de una tolva abandonada.
Era Nico. El muchacho estaba sentado en cuclillas sobre un travesaño de madera podrida, protegido del viento por una chapa de zinc combada. Tenía una bufanda de lana parda enrollada al cuello hasta las orejas y masticaba con lentitud un pedazo de pan duro untado con manteca rancia, partiéndolo con los dientes delanteros porque no tenía cuchillo. Con la mano libre sujetaba una tira de alambre de cobre que doblaba y enderezaba contra el muslo en un movimiento mecánico e inútil.
Mateo tardó en encontrar el aliento para contestar. La laringe le raspaba por la cal viva de las cañerías.
—¿Cuándo metieron la máquina? —preguntó. Su voz no era más que un carraspeo apagado.
—El jueves antes de la fiesta de las Nieves —dijo Nico, sin dejar de doblar el alambre—. Vinieron tres cuadrillas del Consorcio con dos orugas de vapor y una orden con sello de plomo. Dijeron que la cimentación estorbaba el trazado de la tubería de retorno de las calderas altas. Estuvieron picando hasta medianoche. El estrépito no dejaba dormir a nadie en la manzana, pero a las cuatro ya estaba todo cargado en las barcazas de escombros y tirado al fondo de la rada.
—Las herramientas...
—El hierro se lo quedó el capataz tuerto de la fundición cinco. Se lo llevó en un carro de mulas antes de que cayera el sol. ¿Trae tabaco, maestro?
—No tengo tabaco.
—Mala suerte. En los muelles están pagando diez centavos por una colilla seca si es de hoja de ultramar. Dicen que el tabaco ahuyenta la carcoma de los pulmones, aunque mi tío fumaba rama de cerezo picada y reventó echando espuma por la nariz en la compuerta siete. A lo mejor es que el cerezo no cuenta como planta buena.
Nico levantó al fin la cabeza y clavó la vista en el hombro de Mateo. Los ojos del muchacho, pequeños y vidriosos como cuentas de vidrio barato, se detuvieron en la carne amoratada donde los tendones de bestia asomaban entre los desgarrones del paño. La piel circundante estaba hinchada, tensa y teñida de un amarillo bilioso que parecía manchar la propia tela de la camisa.
—Eso huele a muerto de acequia, don Mateo. A perro destripado que lleva tres mareas pudriéndose al sol.
—Es tendón de tiro.
—Pues tira mal. Se le mueve solo, como los gusanos del cebo cuando los dejas en la lata al sol.
Nico dio otro mordisco al pan y se limpió los dedos grasientos en la pernera del pantalón. El gesto fue tan ordinario, tan desprovisto de espanto o lástima, que la frialdad del muelle le devolvió a Mateo la certeza seca de estar solo.
Mateo metió la mano derecha en el bolsillo del chaleco y palpó las dos arandelas de latón y la moneda vieja de diez céntimos que le quedaban en el mundo. La moneda estaba helada, gastada por el roce de otras monedas que ya no existían. Se acordó de los túneles ciegos bajo la fundición, de las bóvedas de ladrillo colapsadas donde el agua subía hasta la cintura en cuestión de minutos y el aire hedía a carroña apelmazada. Recordó a los tres peones que quedaron atrapados en la galería de desagüe durante el derrumbe de las compuertas; hombres cuyos nombres los capataces ya habrían borrado de las pizarras de jornal con un trapo húmedo para no pagar la indemnización a las viudas.
—Abajo ya no quedaba nada que rascar —dijo Mateo, tragando saliva con dificultad—. Solo agua sucia y derrumbes.
Nico masticó con calma, mirando hacia el foso donde la soldadura seguía parpadeando en la niebla.
—Pues aquí arriba no va a encontrar mejor caldo, don Mateo. El buey está caro y a los que vienen de los canales los echan al pontón antes de que alcancen a pedir la sopa boba.
El retumbar de los pasos sobre el balasto no tenía la prisa de los obreros del turno de tarde ni la ligereza de los rateros del carbón. Era un andar acompasado, pesado y sordo, el paso de quienes caminan con suelas de cuero reforzadas con clavos de tres cabezas para no patinar en las traviesas engrasadas. Cuatro hombres con capotes de lona encerada y tercerolas al hombro avanzaban bordeando la zanja de cimentación. Al frente venía Bruna Varga.
La inspectora no llevaba capote. Vestía una guerrera de intendencia de paño verde oscuro, raída en los puños y con las presillas de los hombros arrancadas de cuajo —dejando apenas unos hilachos amarillentos donde en otro tiempo lucieron los galones de la guardia de esclusas—. Llevaba las manos embutidas en unos guantes de badana rígida que crujían como cartílagos secos cada vez que cerraba los puños. Su rostro tenía esa palidez cetrina y dura de la gente que ha pasado treinta inviernos frente a los hornos de calcinación sin pestañear ante las chispas; ojos pequeños, hundidos bajo unas cejas rectilíneas y una cicatriz blanca que le partía el labio superior hasta la aleta de la nariz, dándole una mueca de desdén permanente.
—Quietos ahí —dijo Bruna, sin levantar la voz.
Su tono tenía la sequedad de una sentencia leída ante un banco vacío. Los tres guardias que la acompañaban se abrieron en abanico, apoyando las culatas de las tercerolas en la cadera con la desgana mecánica de los perros de presa viejos.
Nico, que conocía la música de aquellas botas mejor que las oraciones de difuntos, se escurrió por la parte baja de la tolva como una culebra de agua, dejando atrás únicamente la cáscara del pan y el trozo de alambre torcido en el suelo.
Mateo no corrió. No porque le sobrara valor, sino porque la rodilla derecha se le había trabado con el frío y los tres tendones de la clavícula le dieron un tirón violento, obligándole a arquear la espalda hacia la izquierda. El dolor le nubló la vista durante un instante, tiñendo el muelle de un rojo apagado.
Bruna se detuvo a dos varas de él. Olía a tabaco de pipa agrio, a cuero viejo y al desinfectante de fenol con que la milicia rociaba los camastros de los barracones para matar la sarna.
—Miren lo que vomitó la red general —murmuró uno de los guardias, un mocetón con las mejillas picadas de viruela que escupió una hebra de tabaco a las botas de Mateo.
—Cállate, Pardo —dijo la inspectora sin mirarlo. Sus ojos se fijaron de inmediato en el pecho de Mateo, escudriñando la costura grotesca que le subía por el cuello como una hiedra de carne viva—. Tenías que estar en el fondo del pozo ciego de la fundición cuatro, Cerna. Tu nombre entró en el parte de bajas por derrumbe hace catorce días. La contrata pagó tu ataúd de pino blanco a la caridad pública.
—El foso... cedió —consiguió decir Mateo, arrastrando cada palabra por entre los dientes apretados.
—El foso se clausuró con hormigón líquido el sábado pasado —replicó Bruna, dando un paso más. El cuero de sus guantes crujió con fuerza cuando apoyó la diestra sobre la empuñadura de su machete de servicio—. Y los nombres que se asientan en el libro de bajas no salen a pasear por el balasto a la hora del relevo. Los muertos no tienen derecho a ocupar espacio en la vía pública ni a respirar el carbón de las calderas del cabildo.
—Yo tenía... el taller —dijo él, señalando con el brazo entumecido la pared de bloques prefabricados.
—Ya no hay taller. Hay obra nueva de la intendencia. Y tú no estás censado en este distrito. Identifícate con calle, número y número de matrícula de gremio, o te meto una vara de hierro por el espinazo y te devuelvo al colector por donde has salido.
Mateo intentó respirar hondo. El aire frío le llenó la boca con el gusto acre del hollín y el azufre de los hornos. Quería decir el nombre de su rúa vieja. Quería pronunciar las palabras que le enseñó su padre antes de que las máquinas a vapor llegaran a las calzadas: Callejón del Trinquete, cuatro, junto a la fragua vieja del muelle. Era una frase sencilla. Una frase que cualquier guardia de ronda debía respetar antes de desenfundar el acero.
Abrió la boca.
La lengua, hinchada y reseca, se le pegó contra el paladar como una masa de cuero empapado en salmuera. Intentó forzar el aire a través de la campanilla, pero la trenza de tendones injertados en su clavícula dio una sacudida brutal, un latigazo interno que le retorció los nervios del cuello hacia la nuca. El nombre de su calle se rompió en el fondo de su garganta. En lugar de palabras humanas, de sus labios brotó un chasquido animal, cavernoso y seco —el crujido sordo de una quijada de bestia que se cierra sobre una juntura de hueso en la penumbra de un foso—, mientras la mandíbula inferior comenzaba a temblarle con un espasmo incontrolable que le hacía entrechocar los dientes con la violencia de dos piedras de afilar golpeándose en seco.
Fin del Episodio 1 · de 12
El pulso del balasto
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