Ceniza en las Fauces·Episodio 10

Aceite sobre pizarra

~7 min · 1341 palabras

Quedaba únicamente la terquedad del papel contra la piel muerta del pulgar. Era una tira de estraza basta, recortada con tijeras de sastre que debieron de morder el borde a trompicones, húmeda ya en los extremos por una cellisca fina que olía a hollín frío y a manteca rancia. En el centro, dos trazos gruesos de grafito grasiento cruzaban el nombre de parte a parte —dos tajos negros que semejaban las vigas de un apuntalamiento derribado sobre una zanja—; debajo, la palabra 'BRUNA' persistía como el relieve de una moneda que ha perdido el rostro del rey pero conserva el filo de la corona. Mateo no podía abrir la mano. El ácido láctico le había trabado los tendones en una contracción vidriosa, cerrándole los dedos en dos garras apretadas con tanta violencia que la uña del meñique le hendía la palma sin que brotara una gota de sangre, solo un humor blancuzco que se enfriaba al contacto con el aire.

Avanzaba arrastrando la bota derecha, cuyo tacón de goma claveteada dejaba un surco brillante en el limo industrial que cubría las losas de hormigón. El muelle tres era una llanura de silencio espeso, roto apenas por el jadeo sordo de los martillos de vapor que golpeaban a cuatro manzanas de allí, levantando un pulso subterráneo que hacía vibrar el agua encharcada en los canalizos.

El mundo olía a pizarra mojada.

Y a caldo de nabos requemado.

Ese segundo olor provenía de una garita de chapa acanalada donde dos fogoneros de las tolvas comían en cuclillas, turnándose una cuchara de estaño para vaciar un cazo herrumbroso apoyado sobre un hornillo de latón. Ninguno de los dos alzó la vista cuando Mateo pasó por delante. Uno de ellos, que llevaba una bufanda de lana mugrienta atada a la pantorrilla para sujetar una venda, rascó el fondo del pote con un chirrido metálico que sonó como si alguien afilara una guadaña sobre una teja rota.

—Si la grasa sube tres cuartos más, el émbolo revienta —dijo el de la bufanda, sin saliva en la voz.

—Que reviente —contestó el otro, masticando con desgana—. Mañana no es mi turno.

Mateo siguió de largo. Tropezó contra el perno de amarre de una barcaza hullera, una pieza maciza de fundición cubierta de una costra de óxido que le desgarró el pantalón de loneta a la altura de la espinilla. El golpe le sacudió la pierna entera con una punzada seca, pero no se detuvo a frotarse la herida; le faltaba la orden cerebral para hacerlo, como si el circuito entre la llaga y la voluntad se hubiera deshecho en un manojo de hebras sueltas. En su cabeza no cabía ya el cálculo de las distancias ni el recuerdo de cómo se pedía un vaso de agua en una taberna. Había ido dejando pedazos de sí mismo en las esquinas de los muelles como quien pierde monedas por un bolsillo agujereado: el nombre de la calle donde durmió de niño, la forma exacta en que se curva una cuchara al calentarla a la llama, el tacto del pelo seco de una yegua torda que una vez cruzó un vado frente a su casa.

Todo eso se había marchado al fondo del lodo, devorado por la fibra extraña que le tiraba del omóplato con la rigidez de una cuerda empapada en salmuera.

Se detuvo bajo la sombra monumental de una tolva de balasto. El frío se le metía por las costuras del chaleco de badana, pero en el injerto —allí donde la carne propia se soldaba al remiendo oscuro mediante una línea de cicatriz gruesa como un cordel de cáñamo— la piel ardía con una fiebre seca que pedía amoníaco o fango podrido. Se apoyó contra el pilar de granito prefabricado. La piedra estaba húmeda, arañada por los cables de acero de las grúas de descarga que habían labrado en sus aristas una serie de estrías paralelas, diminutas y suaves como los surcos de un salterio antiguo.

◇

Metió el codo en una hendidura del sillar para no caer de rodillas. El papel seguía aprisionado entre el pulgar y el índice, convertido ya en una masa blanda que amenazaba con deshacerse en pulpa gris. Miró la palabra tachada. La 'B' inicial conservaba una panza redonda, dibujada con el pulso firme de quien no teme gastar tinta, pero los dos trazos negros que la cruzaban tenían el aire rabioso de una sentencia sumaria.

¿Quién era?

Hizo un esfuerzo por reconstruir una barbilla, la línea de unos hombros, el sonido de una respiración en una alcoba a oscuras, pero solo acudieron a su memoria sensaciones sin dueño: el sabor acre del vinagre con que se limpiaban los cuchillos de despiece, el crujido de una tarima de pino bajo un peso ligero y el resplandor violeta del agua aceitosa que dormía en las cunetas del ferrocarril de mineral.

Trató de pensar si alguna vez había querido a esa forma abstracta oculta tras las letras, si le había debido dinero o si la había visto desangrarse sobre un saco de estopa.

Nada.

El músculo de su mandíbula tembló con un chasquido breve, involuntario, un tic que le castañeteó los dientes como si masticara perdigones de plomo. Ya no quedaba afecto ni espanto; solo la inercia ciega de seguir avanzando, un impulso puramente mecánico que sus botas acataban sin saber hacia qué muelle lo conducían.

A doscientos pasos, tras una cortina de lonas alquitranadas que chorreaban agua parduzca, una cuadrilla de remachadores encendió un soplete de carburo. La llamarada anaranjada tiñó por un segundo los bloques de pizarra apilados junto al muelle, revelando las vetas de grasa negra que descendían por la piedra como hilos de pez caliente. Mateo despegó la espalda del pilar. Dio tres pasos vacilantes hacia la entrada del cobertizo de herramientas, con los hombros encorvados y el brazo izquierdo colgando con una pesadez de plomo derretido, rígido desde la clavícula hasta la muñeca agarrotada.

El aire del callejón entre los tinglados era más espeso que afuera. Olía a cal viva y al sudor de los mulos de tiro que habían descansado allí durante la marea baja.

Una sombra se desprendió del portón de chapa desvencijado.

Mateo se detuvo en seco. La masa injertada en su espina dorsal reaccionó antes de que su juicio pudiera evaluar el bulto: un relámpago de calor agrio le subió por la nuca, tensando los tendones ajenos hasta arrancarle un silbido entre los dientes apretados. El cuerpo que tenía enfrente no tenía rostro ni historia; era una masa opaca que ocupaba el espacio, un obstáculo tibio que amenazaba el último resto de aire que le quedaba en los pulmones. Mateo alzó el brazo izquierdo. Los dedos agarrotados se le abrieron a la fuerza por la pura presión hidráulica del tejido impostado, crujiendo como ramas secas en un fogón.

Iba a partirlo en dos. Iba a descargar el peso del talón contra el esternón del bulto para abrirse paso hacia ninguna parte, como se aparta un fardo podrido en una zanja.

La figura no retrocedió.

Dio un paso adelante con una soltura que Mateo no pudo anticipar y levantó una mano enguantada en cuero lleno de costurones. Llevaba un objeto pesado en la diestra. Con un chasquido metálico —el sonido doméstico y torpe de un cierre que no ajusta bien—, la pantalla de una linterna sorda se deslizó hacia arriba dos centímetros escasos. No salió de ella un haz blanco de vigía, sino una lengüeta de luz amarillenta y temblorosa que olía a aceite de ballena.

El destello alcanzó el anillo de latón martilleado que ceñía el cilindro de la linterna, una pieza tosca con muescas de lima en el reborde, abollada por años de rodar entre herramientas de calafatear.

El brazo de Mateo se congeló a medio camino del cuello de Nico.

El aire no entraba ni salía de su pecho. El latón brillaba bajo la llovizna con una familiaridad muda, estúpida, como un puchero viejo que se reconoce en la oscuridad de una cocina ajena antes de que nadie pronuncie una sola palabra.

Fin del Episodio 10 · de 12

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