Ceniza en las Fauces·Episodio 11

La cámara de vapor

~8 min · 1591 palabras

El vapor residual de las tuberías secundarias siseaba contra las juntas de amianto húmedo a lo largo del pasadizo de servicio. Mateo flexionó los dedos de la mano izquierda, uno por uno, sintiendo cómo el injerto en torno al omóplato le tiraba hacia arriba con la terquedad de un cordel empapado en salmuera, obligándolo a torcer la nuca hacia un lado para no desgarrar la sutura profunda. A su lado, Nico permanecía acuclillado sobre una rejilla de evacuación, raspando la suela de su bota descosida con una esquirla de fundición para desprender una costra de alquitrán endurecido.

—Llevo una china metida desde el muelle seis —murmuró el muchacho sin levantar la vista, frotando con torpeza el tacón gastado contra el hierro—. Si no la saco ahora, se me va a abrir la llaga otra vez y no voy a poder doblar el pie.

—Déjala —dijo Mateo.

—Me pincha en el talón, Mateo. De verdad.

—Guarda la esquirla y cállate.

Nico metió el hierro en el bolsillo de su chaquetón de lona sin discutir más, aunque se tomó tres segundos enteros para sacudirse el polvo del dobladillo y acomodarse la pernera deshilachada sobre el empeine. En aquel recodo, el aire olía a grasa vegetal quemada en hornillos por los fogoneros del turno de noche y a ese poso amargo de alquitrán recién enfriado que nunca terminaba de despegarse de los ladrillos refractarios. Más allá de la compuerta de acceso, a cuatro manzanas o a un siglo de distancia según quien llevara la cuenta de las horas, los martillos de vapor golpeaban con un retumbo sordo y regular, como el pulso cansado de un buey que ara tierra pedregosa bajo la niebla.

Mateo apoyó la frente un instante contra el tabique de hormigón rugoso cubierto de limo industrial. Intentó recordar si en el patio trasero de la casa donde creció el canal de desagüe era de zinc o de madera embreada, pero el pensamiento se deshilachó antes de formar una imagen limpia, sepultado de pronto por una sacudida agria que le subió desde la clavícula: una punzada seca, como astillas de caña quebrándose dentro del músculo.

Se frotó los párpados con el dorso de la muñeca. Nada.

◇

Empujó la compuerta de doble batiente con el hombro sano. La cámara de vapor se abría como el vientre de una fragata encallada en un pantano de fábrica, donde las soldaduras de arco brillaban tras lonas empapadas con un resplandor anaranjado y opaco que apenas alcanzaba a dibujar el contorno de los distribuidores térmicos. En el piso de baldosas resquebrajadas, las cunetas de purga arrastraban un agua aceitosa teñida de destellos violetas, sobre la cual flotaban estopas pringosas y el rastro viscoso de líquido sinovial derramado por alguna juntura mecánica reventada durante el desbaste. Al fondo de la nave, entre dos colectores principales que vibraban bajo trescientas libras de presión, lo esperaba Bruna Varga.

No se parecía a los capitanes marciales de las viejas crónicas que los escribanos solían registrar al margen de los inventarios —aquellos héroes secos de perfiles limpios que jamás conocieron el salitre ni la herrumbre de un foso de decantación—. Bruna era una mole de osamenta pesada encastrada a la fuerza en una armazón de hierro forjado: los montantes del exoesqueleto no iban ceñidos con arneses de cuero, sino atravesados directamente en sus costillas flotantes con platinas de acero basto y pernos mal atornillados que supuraban una costra blancuzca sobre su piel grisácea. Cada vez que hinchaba el pecho para tomar aire, el metal forzaba el cartílago con un crujido sordo, como si alguien retorciera cinchas de cuero viejo con alicates oxidados. En la mano derecha sostenía una lanza de vapor vivo, una manguera de plomo blindado de dos pulgadas conectada a la matriz de la caldera.

—Cerna —dijo ella, y su voz tuvo la aspereza de una escofina gastada contra un riel, interrumpida por el silbido de los retenes de su pecho—. Llegaste tarde para la entrega del turno.

—Varga.

—Te cuelga el hombro izquierdo —dijo la mujer, sopesando la lanza de plomo con la misma calma desabrida con que un matarife calcula el balance de su maza antes de entrar al cajón—. Los tendones te están cobrando el flete. Pasa siempre que se los arrima a un foco de calor. Se recogen como tripa sobre una sartén.

Mateo dio un paso al frente; el limo de las losas amenazó con abrirle las piernas, pero trancó la bota contra el borde de una canaleta. Podía ver el manómetro principal a espaldas de la mujer: la aguja de cobre bailaba dentro del cuadrante rojo, repicando contra el tope con un cascabeleo metálico incesante.

—No hay relevo para ti en esta fosa —añadió Bruna, escupiendo hacia un costado una masa oscura de tabaco y flema que cayó al canal con un golpe blando—. Ni para ti, ni para el chiquillo que dejaste cuidando la esclusa. Aquí no hay más registro que la ceniza del colector.

Mateo bajó los ojos hacia sus propios dedos, negros por el carbón de las galerías y cortados en las yemas por el alambre de desguace. En los libros de jornales de los capataces nunca hubo nombres para nadie; solo listas de palas partidas, remaches perdidos, herraduras de mulas muertas y botas confiscadas a hombres que cayeron a los pozos sin que nadie parara las bielas.

Bruna abrió la llave.

El vapor vivo estalló con el chillido furioso de una caldera reventando por la costura. El chorro blanco azotó el aire con la violencia de una barra de hierro al rojo y barrió el suelo, arrancando jirones de limo y decapando la pintura vieja de los tanques. Mateo se arrojó en diagonal hacia la izquierda; la ráfaga ardiente le rozó el cogote, abrasándole la piel y secándole la garganta como si hubiera tragado un puñado de cal viva. La losa de hormigón retumbó bajo sus costillas. Rodó sobre un charco viscoso, afirmó la palma derecha sobre el barro industrial y se proyectó hacia adelante antes de que la mujer lograra corregir el tiro con la manguera pesada.

Acortaron el trecho de golpe. El choque del arnés de hierro contra el pecho de Mateo produjo un crujido idéntico al de dos pucheros de estaño aplastados bajo una rueda de carro. Bruna no cedió un palmo; los cilindros mecánicos fijados a sus caderas absorbieron el embate y descargaron un golpe seco que hundió las botas de Mateo en el fango de la rejilla. Con la mano libre, la mujer buscó su garganta con garras de chapa remachada. Mateo esquivó el zarpazo ladeando la mandíbula —el metal le arrancó una hebra de cuero del cuello del chaquetón— y metió los brazos a ciegas por detrás de la coraza, buscando los cables tensores que anclaban la espina dorsal del mecanismo.

Sus dedos dieron con el haz de alambre trenzado. El acero vibraba bajo sus callosidades como la maroma de un cabrestante que sube un peso excesivo desde el fondo del muelle.

El metal mordió la carne.

Mateo enroscó los cables alrededor de sus muñecas, trabó los talones en el reborde de la cuneta y tiró hacia atrás con todo el peso muerto de su armazón rota. Bruna bramó; fue un aullido espeso, sin palabras ni plegarias, ahogado por el esfuerzo brutal de sus costillas que crujían bajo las platinas clavadas a su carne. La mujer soltó la lanza. Libre de peso, la manguera de plomo azotó el suelo como una sierpe ciega, golpeando una y otra vez contra el distribuidor central y vomitando nubes opacas que calcinaban las lonas protectoras.

Los manómetros no aguantaron el reflujo. Estallaron uno tras otro a lo largo del panel de control: primero saltó el vidrio en una lluvia menuda que golpeó los hombros de Mateo, luego las agujas de latón se doblaron hacia afuera como espinas reventadas y un chorro de agua hirviendo saltó desde las roscas partidas de las tuberías auxiliares.

Mateo no aflojó. Apretó el alambre tensor contra la tráquea de Bruna, sepultando su rostro contra la placa herrumbrosa del hombro de la capataz. Le llegó su aliento agrio, el olor fétido de los vendajes supurados bajo el hierro y la fetidez aceitosa del lubricante que escurría por sus muslos mecánicos. La mujer pataleó a ciegas hacia atrás, desgarrándole la ropa con sus garras de metal, pero el cable siguió hundiéndose implacable en el pliegue lívido de su cuello, quebrando el cartílago contra el collarín de hierro fundido.

Entonces el distribuidor principal reventó por la mitad con un trueno seco que arrancó las chapas del techo.

Una muralla blanca, hirviente y absoluta surgió de la fractura del conducto maestro, devorando en un parpadeo las vigas de hierro pizarra, las cunetas violetas y el aire mismo que les quedaba en los pulmones. El gas blanco los envolvió en un nudo ciego donde ya no existían el arriba ni el abajo. Mateo sintió las palmas abiertas hasta el periostio por la tensión de los alambres mientras el cuerpo de Bruna se aflojaba en un último estertor espasmódico, pero la fuerza del vapor los arrastró a los dos, entrelazados y ciegos, hacia el foso hirviente de las calderas bajas.

En el corredor exterior, donde la rotura solo se escuchó como el portazo lejano de una alacena vieja, Nico consiguió por fin sacarse la bota. Volcó el calzado sobre el suelo grasiento y vio caer la china: un guijarro plano, del tamaño de una uña de niño, manchado con una gota de sebo frío que parecía una lenteja seca olvidada en el fondo de un plato.

Fin del Episodio 11 · de 12

La cámara de vapor

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