Fauces sin nombre
~7 min · 1413 palabras
Nico se calzó de nuevo la bota despacio, apoyando el talón contra el zócalo de cemento hasta que el cuero reseco cedió con un crujido sordo, como si masticara gravilla entre las junturas de la suela. La china redonda quedó olvidada en el suelo, solitaria entre las manchas de grasa fósil y el polvillo de herrumbre que caía de las vigas altas con la cadencia de una llovizna muerta. No tenía prisa. El pasadizo de servicio desembocaba en la nave principal a través de un boquerón abierto por la metralla de los remaches, donde los tubos de expansión colgaban combados como tripas de cerdo colgadas de una viga de matadero. Por la lona alquitranada que tapaba el ventanal alto entraba un resplandor anaranjado, pastoso y turbio, arrojado por las baterías de coquización del muelle carbonero; una luz pesada que no lograba limpiar el aire de ese olor a brea enfriada de golpe y a manteca vegetal quemada en los hornillos de la guardia.
Entre los restos humeantes de la caldera rota, Mateo despertó con la respiración silbante y la piel grisácea, aturdido por una náusea densa que le subía en oleadas agrias desde el estómago. El agua sucia le llegaba a medio muslo, estancada en un hoyo del pavimento donde los sifones obstruidos devolvían una nata con irisaciones violetas de aceite pesado. Tanteó hacia los lados con la mano derecha, buscando un apoyo firme, pero solo encontró cascotes sueltos y el tacto resbaladizo de un limo industrial que olía a vinagre y a despojos. La otra extremidad —la que colgaba torpe desde el hombro izquierdo como un apero mal ajustado— apenas respondía: el tendón recién cosido tiraba con una dureza de alambre seco, agarrotado por el frío del foso, pidiendo a gritos la salmuera helada que nadie había bajado a traerle. La carne en torno a las suturas palpitaba con un latido sordo, espasmódico, idéntico al golpeteo ciego de un pez que agoniza en el fondo de una barca de mimbre.
No recordaba el nombre de su calle.
Tampoco recordaba la cara de la mujer que le cosía las faltriqueras con hilo de cáñamo antes de que empezaran los turnos de fundición, ni el rumor del agua en la acequia del molino viejo. Al intentar forzar una imagen, una punzada seca le mordía las sienes y le revolvía la bilis, dejándole en la lengua el regusto metálico de una moneda sucia. Faltaba la infancia; faltaban las canciones de siega que cantaban los peones de la ría; faltaba el tacto áspero del pan de centeno caliente partido con las manos limpias. En su lugar, el cráneo solo le devolvía un mareo viscoso, el chasquido de una quijada quebrándose en la oscuridad de una jaula y el hedor agrio del líquido sinovial desparramado sobre los adoquines. A cuatro manzanas de distancia, los martillos de vapor del taller central caían con una vibración que le trepaba por la rabadilla, marcando un pulso maquinal que nada tenía que ver con el latido de los hombres.
Nico atravesó la chapa torcida con paso cansino, arrastrando la suela del pie entumecido. Se detuvo a dos varas del charco, metió las manos en los bolsillos del chaquetón de pana grasienta y se quedó mirando las costras de herrumbre que flotaban alrededor de las rodillas de Mateo.
—El perno de la culata reventó hacia arriba —dijo Nico, con esa voz desprovista de asombro que tienen los que han visto romperse demasiadas herramientas en un solo invierno—. Debe de estar clavado en el entarimado del piso tres, entre los sacos de cal.
Mateo intentó levantar la barbilla. La nuca le pesaba como si le hubieran vaciado un cubo de plomo derretido bajo la piel, donde los cables tensores del injerto tiraban del occipital con espasmos secos.
—La bota —articuló Mateo. La voz le salió áspera, gastada por el vapor sulfuroso, como si tuviera la garganta forrada de lija de esmeril.
—Tenía una china —respondió Nico, bajando la vista a sus propios pies—. Plana. Como una uña.
—Ya.
—Me estuvo jodiendo el talón desde la esclusa cinco. Creí que era una rebaba del estribo, pero era piedra de río. No sé cómo demonios entra piedra de río en una galería que lleva cuarenta años cerrada con candado.
Mateo se rascó el nacimiento del pulgar con la uña sucia del índice, levantando una costra seca de salitre que le dejó al descubierto una carne rosada y sin vello. No preguntó por Bruna Varga. No hacía falta: en algún punto de aquel caldo de hierro y cal estaba lo que quedaba de ella, y nadie iba a bajar a buscarlo. Pero sabía, con esa certeza muda que da el miedo antiguo, que su muerte no cambiaba nada en los libros. Otro capataz habría firmado ya la orden con una plumilla de acero, y a esas horas las cuadrillas de desescombro ya tendrían orden de tapiar la arcada norte con ladrillo macizo y mortero rápido. En los archivos de la aduana no quedaría constancia de un hombre llamado Mateo Cerna; solo una ración de grasa de ballena revocada, un catre de hierro desalojado en el barracón seis y tres pernos de bronce anotados como pérdida de inventario por corrosión ordinaria.
El silencio que siguió al estrépito de la fuga fue llenándose poco a poco con los ruidos menudos de la nave que se enfriaba: el crujido del zinc al contraerse, el silbido de una válvula secundaria que perdía aire con la timidez de un fuelle pinchado y el gotear monótono de un colector que vertía hilillos de agua turbia sobre una pila de tablones podridos. Nico buscó un rincón seco junto a una de las zapatas de granito que sostenían las vigas maestras. Descolgó del hombro un morral de arpillera deshilachada, sacó un hornillo de latón con el quemador torcido y lo apoyó en el suelo, nivelándolo con un trozo de pizarra para que no bailara. Frotó una cerilla de azufre contra la suela de su bota; la llama prendió con un siseo lívido y un tufo que tapó por un segundo la peste a aceite quemado. Alrededor de la mecha, la grasa vegetal comenzó a licuarse con un chisporroteo manso, proyectando contra el muro descascarillado unas sombras largas y vacilantes que parecían vigilar el foso con una paciencia de perros ciegos.
Nadie vino a buscar la chatarra.
Sobre el quemador, Nico acomodó una cacerola de peltre gris con el borde desportillado, donde el esmalte saltado dejaba ver lunas de hierro enmohecido. El contenido era un caldo pardo, espeso como agua de fregar cacharros, en el que nadaban dos tiras de nabo leñoso y la ternilla gomosa de una oreja de cerdo que nadie había tenido la paciencia de limpiar del todo. Mientras esperaba que templara, el muchacho sacó una navaja con la virola floja y cortó un pedazo de pan duro que crujió bajo la hoja con la resistencia de una corteza de pino. No hubo palabras de aliento ni preguntas sobre los huesos que le ardían a Mateo bajo el esternón; en las galerías de drenaje, hablar de más era como dejar una ventana abierta en noche de helada: solo servía para que se escapara el poco calor que iba quedando en las tripas. Mateo permaneció inmóvil en el lodo, con la espalda apoyada contra el casco de la caldera fría, sintiendo cómo los pernos flojos de la estructura vibraban con una queja sorda cada vez que un convoy de mineral frenaba en la vía muerta del exterior, allá arriba, donde todavía se recordaban los nombres de las cosas.
Nico retiró la cacerola del hornillo envolviéndose los dedos con el dobladillo mugriento de la camisa para esquivar el calor del metal. El caldo apenas despedía un vaho ralo que olía a unto y a humedad vieja, pero templaba el aire inmediato como una tregua miserable entre dos turnos de martillo. Con una cuchara de estaño doblada en el cuello, pasó dos tercios del líquido a un cuenco hondo de latón con la base abollada y se lo tendió a Mateo sin mirarle la cara. Mateo lo sujetó con las dos manos torpes; el metal caliente le mordió las palmas callosas, devolviéndole de golpe la sensación de la piel viva. Dio un sorbo largo, dejando que la grasa templada le lubricara la garganta cuarteada. No dijeron nada más. La llama del hornillo se fue consumiendo hasta quedar reducida a un rescoldo azulado que apenas alcanzaba a alumbrar el fango entre sus botas.
Fin del Episodio 12 · de 12
Fauces sin nombre
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

Vigilia del escape ciego
En la abadía, el gran reloj de vapor marca los rezos y algo más. Cuando el cuadrante se clava a las seis menos cuarto, el relojero Anselm, cojo y con una tuerca de peltre soldada a la sien, descubre que la pieza no cedió por fatiga: la rompió limpia la mano de un devoto. Entre fray Bartolomé, que le exige alinear el escape de inmediato, y sor Melisenda, que sabe más de lo que dice, Anselm tiene hasta el rezo del alba para descubrir qué pone en marcha el reloj cuando vuelve a andar.