Campana de paso sin parada
~5 min · 1069 palabras
Ernesto no se había quitado la grasa de las manos. Se le notaba en el brillo parduzco de los nudillos y en esa mancha redonda en la pechera de la camisa de franela, justo a la altura del esternón, donde la manteca salpicada se enfriaba en un cerco oscuro. Había subido los escalones de hierro del paso elevado de dos en dos, con la respiración silbándole en la garganta y ese paso pesado de buey cansado que Martina reconocía antes incluso de alzar la vista.
—Baja —dijo él, plantado en el rellano central.
El paso elevado temblaba. Siempre temblaba cuando los convoyes entraban en la curva de la vega, una vibración sorda que subía desde los remaches oxidados de las zapatas hasta la barandilla de chapa perforada.
—Déjame pasar, Ernesto.
—Que te bajes, he dicho. Nos vamos a casa.
Tiene nueve años y se ha cortado la palma de la mano con una lata oxidada de sardinas detrás del corral. Ernesto no le dice que es una estúpida. Ernesto no grita. Ernesto la sienta sobre la mesa de la cocina, enciende el fogón con una cerilla que rasca tres veces contra la pared y pone a hervir agua con sal marina en un cazo abollado. La sujeta de la muñeca con una mano grande, áspera como lija de carpintero, y le sopla sobre la carne abierta mientras le limpia el barro. No mires, le dice. Martina, mírame la peca de la oreja y no mires el trapo.
Ernesto sacó del bolsillo del chaleco un pedazo de papel doblado en cuatro. El papel escolar de noventa gramos, sucio por los bordes, con las esquinas quebradas por haber pasado media hora dentro de un puño cerrado sudoroso.
—¿Qué coño es esto, Martina?
—Un papel viejo. Papel de cuando estaba en el instituto.
—No me tomes por imbécil —dijo él, y la voz se le quebró un poco, bajando de golpe a un susurro pastoso—. Esta tinta no es de la escuela. Esta porquería verde no la venden en el estanco de la plaza. La compraste en la estación grande. En el quiosco de los andenes cubiertos.
Martina apretó la correa de la mochila contra el hombro izquierdo. La lona azul estaba húmeda del relente de las vías, una frialdad terca que le calaba la chaqueta deshilachada del uniforme.
—¿Registraste mis cosas? —preguntó ella.
—Miro lo que entra en mi casa. Basta, Martina. Se acabó la tontería de la capital.
—No es tu casa. Es de los dos.
—La pago yo. El butano lo pago yo. Las patatas del saco las subo yo a la espalda desde el almacén de abonos.
Silencio.
El chasquido de bronce de la campana del apeadero cortó el aire con dos golpes secos. Clang. Clang. Un sonido áspero, de metal sin pulir que rebotaba contra las tejas húmedas de la cantina cerrada y se perdía sobre el lodazal de las traviesas. Campana de paso libre. Convoy lanzado que no frena ni pide disculpas.
Martina lo odió en ese momento, limpia y ferozmente.
Martina dio un paso hacia el borde del escalón. Ernesto abrió los brazos para ocupar todo el ancho del paso, apoyando las dos palmas en los tubos helados de la barandilla. El olor que subía de su ropa no era solo manteca; era humo de encina vieja, tabaco rubio barato y ese sudor agrio del hombre que se levanta a las cuatro a regar por turno y se cree dueño del agua porque le duelen los riñones.
—No vas a coger nada —dijo Ernesto, inclinándose hacia ella—. Te conozco la letra desde los seis años. Esa no es tu letra. Llevas semanas copiando frases como una mula en la mesa de la salita. Para quién escribes, Martina. Dímelo a la cara.
—Para nadie.
—Mentira.
—Ernesto, apártate que viene el expreso.
—¡Que te esperes!
—¿Sabes lo que eres? —dijo ella, y la voz le salió fina, casi tranquila, como el chorro de aceite fino que se deja caer sobre el pan tostado para no ahogarlo—. Eres un carcelero bobo. Basta soltar un barrote para descubrir que la jaula solo tenía tres lados.
Ernesto parpadeó, desconcertado por la frase. Bajó la mirada una milésima de segundo hacia el papel que aún estrujaba en la mano diestra, como si buscara allí la respuesta al insulto. No la encontró. Era feliz cuando las cosas tenían una sola explicación, una sola manera de pelar los boquerones con la uña del pulgar sin romper la espina dorsal. Esto no tenía espina. Era pura niebla.
El aire del paso elevado cambió de presión.
Un rugido denso empezó a inflar el espacio entre los dos andenes. No era el traqueteo doméstico del automotor de la mañana; era la mole de mercancías y furgones que venía desbocada desde el túnel del puerto, arrastrando un olor acre a creosota recalentada y gasóleo quemado que tapaba el hedor del barro. La chapa del suelo del puente vibraba con tanta furia que los tornillos flojos parecían saltar en sus asientos.
—¡Martina! —gritó Ernesto, pero el estrépito se tragó el nombre entero, despedazándolo entre las bielas de acero.
Ella no retrocedió. Apoyó el cuerpo contra la malla metálica del pasadizo y miró hacia abajo, hacia el andén desierto donde las colillas y las hojas podridas giraban en un remolino violento levantado por la succión del convoy.
La máquina pasó zumbando como un rayo de chapa oscura.
Vagón tras vagón. Cisternas, plataformas de madera cargadas con tubos de drenaje, tolvas con mineral de hierro que despedían un polvo rojo y denso. El transformador de la marquesina empezó a parpadear con un zumbido eléctrico irregular, quejándose de la sacudida.
Y entonces el polvo se abrió un instante.
Abajo, junto al banco de listones de pino que tenía la segunda lama quebrada por el peso de los años, había alguien de pie. No esperaba el tren. No llevaba maleta.
Era Bruno Llorens. Llevaba el abrigo pardo desabrochado a pesar del vendaval y sostenía en los dedos largos una pluma estilográfica plateada con el capuchón desenroscado, brillando con un verde olivo intenso bajo el parpadeo moribundo de la lámpara del andén. Miró una sola vez hacia el puente, fijando los ojos oscuros en la silueta de Martina recortada contra el cielo blanco, y después, con la lentitud exacta de quien ha decidido no esperar un segundo más en esta tierra, empezó a darse la vuelta hacia la salida de grava para siempre.
Fin del Episodio 3 · de 4
Campana de paso sin parada
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