Cartas en el andén tres·Episodio 04

La última curva de la vía

~6 min · 1188 palabras

El estruendo del convoy se apagó entre los terraplenes de grava húmeda, dejando únicamente el zumbido eléctrico del transformador y dos pares de pasos sobre los adoquines.

El metal del pasamanos estaba empapado de una escarcha rancia, pegajosa por el hollín acumulado durante meses de carbonilla y lluvia fina. Martina soltó el tubo oxidado con un golpe seco de la palma, sin molestarse en limpiarse la mugre grisácea contra la falda, y bajó los escalones de hierro de tres en tres. Arriba, en la pasarela, los botines de Ernesto golpearon una plancha suelta. No la siguió de inmediato. Ernesto tenía esa forma de dudar que en casa siempre precedía a un portazo: quedarse quieto, respirando hondo por la nariz como si el aire le costara dinero, esperando que los demás se avergonzaran antes de que él tuviera que levantar la voz.

Aire.

Tiene catorce años y la sartén de peltre humea en el fogón grande antes de que las patatas toquen el fondo. Huele a ajo quemándose un segundo antes de que se pase, ese segundo exacto en que todavía se puede salvar el sofrito si lo apartas de golpe contra el mármol frío de la encimera. Ernesto le grita desde el comedor que tenga cuidado con el fuego, que el aceite está carísimo, que todo lo hace a trompicones, y ella retira la sartén con las dos manos mientras el mango le muerde la piel entre el pulgar y el índice. No dice nada. Se queda mirando la grasa dorada temblar en círculos concéntricos sobre la chapa.

Abajo, la niebla no subía; caía. Se apelmazaba contra los balastos y las traviesas empapadas en creosota tibia, ese hedor denso de madera tratada y gasóleo viejo que parecía no evaporarse jamás de las vías. Bruno Llorens se había detenido al borde mismo donde terminaba el andén y empezaba la escollera de piedra suelta. No corría. Tenía el abrigo pardo torcido sobre el hombro derecho y la pluma todavía en la mano, con el plumín plateado expuesto al sereno matinal.

—Te vas a quedar sin tinta —dijo Martina antes de llegar a su altura. La voz le salió rasposa, quebrada por la carrera.

Bruno no se giró con dramatismo. Guardó la estilográfica en el bolsillo superior del abrigo, despacio, encajando el capuchón con un chasquido diminuto que el transformador de la marquesina casi tapó.

—Se seca enseguida con esta humedad —respondió él, volviéndose a medias—. Además, no es tinta china buena. Es pelikan escolar. Tinte barato.

—Mancha igual.

—Sí. Mancha igual.

Se miraron. Un segundo. Dos. Los adoquines estaban tapizados de colillas aplastadas, billetes viejos de cartón picados por el revisor y hojas de plátano deshechas por las ruedas de las carretillas de carga. No había música de fondo, ni miradas de destino fatal, ni ninguna de esas pamplinas que la gente cuenta cuando cree recordar el momento exacto en que su vida cambió de carril. Solo el frío colándose por las costuras del abrigo y Ernesto, inmóvil como un poste de telégrafos en lo alto de la escalera de hierro, mirándolos con las manos hundidas en la cazadora.

—Tu hermano va a bajar —dijo Bruno, señalando la pasarela con la barbilla. Llevaba una bufanda gris deshilachada en las puntas, anudada sin ganas.

—Que baje. Si baja tendrá que explicar qué hacía con mi borrador en el bolsillo.

—No va a explicar nada. La gente como él solo pide cuentas, no las da.

Bruno buscó un pitillo en el forro del abrigo, encontró un paquete arrugado de tabaco negro y comprobó que estaba vacío antes de devolverlo al bolsillo con una mueca corta. Un gesto inútil. Un tic de fumador que no sabe qué hacer con los dedos cuando las manos le sobran.

—¿Tienes cerillas, al menos? —preguntó ella.

—No fumo desde el martes. Guardo la cajetilla por costumbre.

—Menuda costumbre más tonta.

—El examen de perspectiva era hoy a las ocho —dijo ella.

—Lo sé.

—El tren de carga no para nunca.

—Ya lo sé, Martina.

Se corrigió de golpe por dentro. Quería reprocharle la farsa, los mensajes triangulares escondidos en la ranura podrida del banco, la estupidez de jugar a los náufragos en una estación donde solo paraban cuatro cercanías cochambrosos al día. Quería enfadarse. No, no quería enfadarse. Estaba harta de enfadarse; el enfado en su casa era como la humedad en los bajos de la despensa, algo con lo que se aprendía a convivir poniendo serrín seco en las esquinas.

—Creí que eras maquinista —soltó ella con una risa seca, sin ganas.

—Qué maquinista ni qué niño muerto. Trabajo en el almacén de piensos del muelle sur. Cargo sacos de soja y cebada hasta las cuatro de la tarde y luego vengo aquí a no hacer nada. A ver pasar el carbón y a esperar que den las siete para no volver a la pensión.

—¿Y las notas?

—Las notas eran verdad. Las escribía porque este apeadero apesta a cementerio y tú eras la única que no bajaba la cabeza cuando silbaba la máquina.

No había poesía en las manos de Bruno. Tenía los nudillos cuarteados por el polvo de los cereales y un padrastro ensangrentado en el índice de tanto rasgar arpilleras.

Y le creyó, sin más razones.

El transformador de la marquesina soltó un chisporroteo seco, un parpadeo azulado que iluminó durante una fracción de segundo el óxido de las vigas y el agua sucia acumulada en los canalones. Arriba, la silueta de Ernesto dio un paso hacia el primer tramo de peldaños, pero se detuvo con una mano apoyada en la barandilla, incapaz de decidir si cruzar la frontera de grava o fingir que todo aquello estaba por debajo de su dignidad de hermano mayor.

—Ernesto —llamó Martina sin gritar, alzando apenas la cabeza hacia el puente—. Si no bajas ahora, el tren de las ocho y diez te va a pillar arriba con el hollín.

El bulto oscuro de su hermano no contestó, pero escupió hacia las vías. El chasquido sordo contra el balasto sonó nítido en el hueco entre los dos andenes.

Martina se sentó en el madero desportillado del banco, limpiándose la falda con un gesto resignado. Extendió la mano manchada de tinta escolar hacia Bruno y, antes de que él pudiera sacar el billete arrugado del bolsillo, le arrebató el cuaderno.

—Falta la última página —dijo ella, pasando el pulgar por el borde rasgado.

Bruno miró hacia la curva donde las vías se perdían en la niebla del túnel norte.

—Esa no la escribí yo.

Martina levantó la vista hacia la pasarela. Ernesto había bajado por fin el primer tramo de escalones y se había quedado a medio camino, con algo blanco en la mano: una hoja de bordes rasgados, escrita con la letra torcida de quien solo firma albaranes.

No la bajó. La dobló en cuatro, la encajó entre los barrotes de la barandilla, donde ella pudiera verla al subir, y se fue hacia casa sin volverse.

Martina tardó un rato en ir a buscarla. Eran dos líneas, con la tinta verde que solo vendían en la estación grande: Firma la matrícula. El butano lo sigo pagando yo.

Fin del Episodio 4 · de 4

La última curva de la vía

¡Has completado toda la obra!
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.

Para seguir leyendo

El misterio del faro viejo
Relato
El misterio del faro viejo

En el apacible pueblo costero de Bahía Serena, tres amigas inseparables deciden despedir su último año escolar grabando un pódcast sobre la vieja leyenda del faro abandonado. Pero lo que empieza como una travesura cargada de risas y cables enredados se tuerce cuando sus micrófonos captan ruidos imposibles en la torre. Para desentrañar la verdad antes de graduarse, deberán adentrarse en la noche sin sospechar qué secreto familiar aguarda en la cima.