El horario de las cinco y cuarto
~6 min · 1232 palabras
Martina no se movió del sitio. Se metió la mano enguantada en el bolsillo del abrigo y apretó el papel contra el forro hasta que las aristas del triángulo se le clavaron en la palma.
A tres metros, sobre la grava húmeda de las vías, Bruno Llorens escupió la hebra de tabaco que se le había pegado a la comisura del labio. Miraba hacia la curva del túnel con las manos hundidas en la cazadora de pana, encogiéndose de hombros cada vez que el viento bajaba del monte.
—Si no entra en vía antes de las siete y veinte, nos comemos el cruce de mercancías —dijo Bruno sin mirarla—. Y ese trasto no frena hasta la vega.
—Ya lo sé.
—Mi tío decía que el carbón tiene prisa porque si se enfría no sirve para nada. Una tontería. El carbón le importa un cuerno a todo el mundo.
Martina se recolocó la bufanda con un tirón seco.
—A las siete y veinte entra —murmuró ella.
—Ojalá tengas razón, porque me estoy quedando sin dedos en las botas.
El metal de la campana de bronce vibró allá al fondo, junto a la caseta del factor, un tañido sordo, oxidado, que cortó el vapor suspendido en el aire. No era el tren de viajeros. El retumbo en los rieles venía demasiado pesado, arrastrando ese hedor denso a creosota recalentada y gasóleo viejo que se te pegaba a las muelas durante todo el día. El convoy de carbón pasó de largo, bufando una ráfaga que sacudió los carteles de chapa y levantó las colillas del suelo.
Martina no miró el tren. Miró la tercera tabla del banco de madera donde el barniz se descascarillaba como una costra vieja.
Alguien sabía lo de la lana roja. Alguien la había mirado abrir el cajón de la cómoda a oscuras para no despertar a Ernesto.
Tiene nueve años y Ernesto le está enseñando a limpiar boquerones en el fregadero de piedra. El agua sale tan helada del pozo que las manos duelen a los cinco minutos, pero Ernesto no la deja apartarse. Le sujeta las muñecas con dedos ásperos, manchados de sal gorda y escamas secas, y le dice que si no saca la tripa entera de un solo tirón el pescado amarga. 'Despacio', le dice, con esa voz pastosa que pone cuando cree que tiene el control de la casa. 'Si lo haces con asco, se te rompe en los dedos'.
Ernesto no tenía paciencia para los boquerones, pero la obligaba a quedarse allí de pie sobre una caja de fruta para alcanzar el grifo.
Culpa.
Ahora la cocina estaba vacía y la cafetera seguía tibia sobre la chapa de hierro. Ernesto empujó la taza de peltre con la base del pulgar, dejando una marca grasienta sobre el esmalte blanco. Había subido al cuarto de Martina porque los formularios de la universidad llevaban tres días sobre el aparador sin una sola firma, acumulando el polvo amarillento que entraba del terraplén.
El cuarto olía a lavanda pasada y a lana mojada.
La mochila escolar de lona azul descansaba junto a la pata de la cama, desfondada como un saco de harina. Ernesto se agachó. Le crujieron las rodillas con un chasquido seco que en la casa vacía sonó a madera rota. Tiró de la cremallera metálica, que se encalló a medio camino en los dientes gastados.
—Maldita sea la tela —gruñó, metiendo los dedos en el forro.
No estaban las solicitudes. No había rastro de los impresos de matriculación que el secretario del instituto le había entregado en mano el viernes.
En lugar de los documentos oficiales, en el fondo del bolsillo interior del uniforme escolar —la chaqueta azul marino con el escudo deshilachado que Martina ya no debía ponerse— sus dedos tropezaron con una pelota compacta de papel de noventa gramos. Era un borrador arrugado con rabia, doblado y desdoblado tantas veces que las esquinas se habían vuelto pelusa blanca.
Ernesto lo alisó contra su muslo con la palma abierta.
Estaba escrito con esa tinta verde olivo que Martina guardaba en el tintero de cristal pesado, el que no le dejaba tocar a nadie. No era una carta. Eran renglones sueltos, frases tachadas con trazos gruesos que casi rompían el papel, pruebas de caligrafía que parecían buscar una voz ajena.
No voy a firmar la tasa de traslado. La obediencia es una estación donde nadie baja por voluntad propia.
Y abajo, en una esquina manchada de grafito, una sola línea que no estaba tachada:
Si me miras a la cara cuando pase el de las cinco, sabré que eres tú.
Ernesto se quedó muy quieto. El segundero del reloj de pared de la cocina, abajo, golpeaba con un ritmo pesado y fofo. Pasó la yema del pulgar por la tinta seca, sintiendo el relieve áspero del plumín sobre las fibras.
No era una mentira, o no del todo: era peor. Era un secreto fermentando en su propia despensa.
A las cinco y diez de la tarde, la luz no se apaga; simplemente se ensucia.
El apeadero olía a lluvia que no acababa de caer y al zumbido monótono del transformador de la marquesina, que parpadeaba sobre los adoquines cubiertos de hojas podridas. Martina llegó con la bufanda roja metida dentro de las solapas del abrigo para que no se viera. Llevaba los dedos entumecidos y un dolor sordo en la espalda por haber pasado tres horas de pie frente a las vitrinas de la Escuela de Restauración, mirando láminas que no podía pagar.
Bruno ya no estaba. La cantina tenía el cierre metálico echado a medias.
Martina se sentó en el banco de pino. El frío de la madera le caló la falda al instante. Miró a los lados: nadie en el andén contrario, nadie tras los cristales empañados de la taquilla. Solo el eco lejano de una campana que avisaba el paso inminente de una máquina pesada.
Deslizó dos dedos bajo el borde inferior de la tabla central, justo en la comisura donde la carcoma había dejado un surco ciego.
Había otro papel.
Lo sacó con un movimiento seco, disimulando el gesto al doblar las rodillas para ajustarse la hebilla de la bota de cuero. El papel estaba húmedo por la neblina de la tarde, fino, casi transparente en los dobleces.
Lo abrió en el regazo, resguardándolo bajo el vuelo de la lana.
El de las cinco y cuarto no lleva parada. La máquina entra a sesenta por hora y el aire te va a arrancar los mechones de la frente. Si de verdad no vas a subirte al tren de tu hermano, quédate sentada en este banco mientras cruza la máquina. No bajes la mirada. Mírame a los ojos al otro lado de la vía cuando pase el último furgón.
Un silbido largo y metálico rajó el aire desde la boca del desfiladero.
El transformador de la marquesina dio un chasquido eléctrico y la bombilla tembló, dejando el andén sumido en una penumbra cenicienta. Martina sintió el traqueteo subir desde el granito del suelo hasta las suelas de sus botas, una vibración rápida, imparable, que le sacudía los dientes.
Apretó las manos contra las rodillas. No se levantó.
En la cocina de la casa baja, Ernesto dejaba caer una cucharada de manteca en la sartén hirviendo, y el chisporroteo del aceite ahogó el sonido de la puerta al abrirse.
Fin del Episodio 2 · de 4
El horario de las cinco y cuarto
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