Cartas en el andén tres·Episodio 01

Tinta verde sobre madera agrietada

~7 min · 1361 palabras

La luz de la cocina a las seis de la mañana tiene ese color sucio de bombilla vieja que no termina de ganarle a la sombra. Ernesto Morales estaba apoyado contra la fórmica desconchada del fregadero, con la taza de peltre blanco entre las palmas y una cucharilla de postre que hacía un tintineo nervioso contra el borde. Había olor a café recalentado de la noche anterior, a ese poso amargo que se pega al fondo de la cafetera italiana cuando la dejas demasiado tiempo al fuego y el mango de baquelita negra se funde un poco más. Ernesto ni siquiera se había molestado en encender la campana extractora.

—Te vas a quedar helada ahí fuera —dijo Ernesto sin mirarla, revolviendo un azúcar que ya estaba completamente disuelto—. La niebla de la vega se mete por las costuras. Parece mentira que lleves viviendo aquí diecinueve años.

—Llevo dos capas debajo del abrigo, Ernesto. Y no hay tanta niebla.

—Hay niebla como para perder un tractor. Pero tú sabrás. Siempre tienes que saberlo todo antes que los demás.

Hubo un tiempo en que esa cocina olía a sopa de ajo. Su madre ponía tres platos hondos en la mesa, uno dentro de otro para no quemar el pino sin barnizar, y el vapor le empañaba a Martina las gafas hasta dejarla ciega. Ernesto se reía con la boca llena de miga y su padre cortaba el pan con la navaja de podar, despacio, sin ensuciar la madera, mientras la radio de transistores daba noticias que nadie escuchaba.

La realidad, sin embargo, era esta cocina pequeña que olía a aceite de girasol quemado.

Ernesto dejó la cucharilla sobre el mármol con un golpe seco. Se pasó el dorso de la mano por el bigote ralo, una mano ancha, agrietada en los nudillos por la cal de los sacos del almacén y manchada con esa sombra oscura de motor diésel que no se va ni frotando con cepillo de cerdas.

—Si pierdes el jornal del taller por irte a dar paseos a la capital, yo no voy a cubrirte —advirtió él, abriendo el armario alto para sacar la lata de galletas María que ya solo contenía botones y facturas de la luz—. Ya bastante hago con aguantar a don Julián cuando pregunta por qué la mitad de los albaranes tienen tu letra en vez de la mía. Me cago en la miseria, Martina. Que pareces tonta buscando lo que no se te ha perdido.

—Solo voy a entregar unos papeles en secretaría —mintió ella, anudándose al cuello la bufanda roja que había rescatado la tarde anterior de una caja de saldos en la travesía—. Nada más que eso. Vuelvo antes del turno de tarde.

—Papeles. Tonterías de señoritos que tienen tiempo para dibujar mapas que nadie necesita.

Ernesto sacó un pedazo de tocino rancio de la fiambrera, encendió la hornilla con una cerilla que soltó un chisporroteo de azufre y lo tiró a la sartén de hierro para engrasarla, sin esperar a que el metal templara, dejando que el humo blanco inundase el rincón.

◇

El camino hasta el apeadero era una línea recta de grava suelta y charcos que retenían la escarcha de la madrugada. El transformador eléctrico de la marquesina zumbaba con un tono ronco, irregular, titilando sobre los adoquines húmedos donde se amontonaban colillas aplastadas y hojas de plátano que el viento del otoño había convertido en una pasta negra.

Bruno Llorens estaba sentado sobre un cajón de madera de fruta volcado junto a la cancela de las vías. Llevaba el mono de faena con el cuello subido y sostenía una colilla apagada entre los labios agrietados.

—Viene con retraso el de las siete y diez —soltó Bruno, rascándose la coronilla por debajo de la boina de pana grasienta—. Dicen que se ha enganchado una lona de camión en la catenaria a la altura del empalme.

—No me corre prisa —dijo Martina.

—A nadie le corre prisa hasta que le descuentan medio jornal. ¿Tienes fuego?

—No fumo, Bruno. Ya lo sabes.

—Por preguntar no cobran impuestos todavía. Ojalá fuera así de fácil.

Bruno escupió una brizna de tabaco al balasto y se metió las manos en los bolsillos del chaquetón, balanceando las botas de agua sobre los cantos rodados con una lentitud de buey cansado. No había hostilidad en su aburrimiento, solo el tedio mineral de los hombres que han visto pasar el mismo tren cuarenta años seguidos a la misma hora exacta, sin subirse nunca.

Frío.

Un frío metálico, pegajoso, que bajaba desde la sierra arrastrando el olor acre a creosota caliente de las traviesas empapadas, gasóleo quemado y el óxido rojizo de los raíles abandonados en la vía muerta.

—Tu hermano ha descargado temprano hoy —comentó el viejo sin mirarla.

—Sí.

—Tiene mala uva ese muchacho cuando le duelen los riñones. Igualito a tu abuelo cuando se le torcía la cosecha de remolacha.

—Es el invierno. A todo el mundo se le tuerce algo en invierno.

—A mí se me tuerce la reuma, nada más. Lo demás sigue derecho porque no tiene adónde doblarse.

Le pesaba todo: la conversación vacía, el vaho que salía de sus bocas como humo de paja verde, la resignación pesada que flotaba sobre los techos de uralita.

A lo lejos, el chasquido seco y reverberante de la campana de bronce del andén comenzó a tañer, anunciando con tres golpes metálicos que un convoy de mercancías cruzaría sin parada. El suelo de grava vibró antes de que la máquina asomara entre los chopos pelados.

Martina no se movió de inmediato. Esperó a que el estruendo de los vagones tolva tapase cualquier otro sonido, cualquier mirada curiosa de Bruno que pudiera seguirla desde la cancela. Dio tres pasos hacia el banco de madera de pino desgastada por la lluvia, situado bajo el alero herrumbroso donde el foco parpadeaba.

Tenía miedo. No, no era miedo; era esa vibración diminuta y eléctrica que se instala detrás de las rodillas cuando sabes que estás a punto de abrir una puerta que nadie te ha pedido que empujes.

Martina desliza los dedos bajo el tercer listón del banco antes de que el cercanías frene, buscando no una respuesta, sino la prueba de que no habla sola contra la niebla.

La madera astillada le arañó la yema del dedo corazón, justo en la comisura donde la uña se junta con la piel. Pero allí estaba. Una pequeña protuberancia sujeta con un trozo de cinta de carrocero reseca por la humedad de las semanas.

Tiró hacia abajo con un movimiento rápido y seco. El papel cedió.

Era una tira arrancada con desgana de una libreta escolar, un papel grueso de noventa gramos con los márgenes rayados en tinta magenta tenue, ahora apelmazado y frío al tacto como la piel de un fruto maduro que se ha quedado a la intemperie. El barniz del banco se le quedó pegado a los guantes sin dedos en pequeñas escamas grises.

Desdobló el pliego contra el muslo, resguardándolo del aire húmedo con el cuerpo.

Sobre el rayado azul pálido, los trazos destacaban con una nitidez casi insultante: tinta china estilográfica de un tono verde olivo profundo, espeso, cargado en los remates de cada letra como si quien lo escribió se hubiese detenido a saborear el final de cada cláusula.

A veces callamos en voz alta para ver si alguien escucha el espacio que dejamos en blanco.

Martina tragó saliva. El papel temblaba ligeramente entre sus pulgares.

No te preocupes por el tribunal de la Escuela de Restauración ni por el examen de perspectiva axonométrica del viernes; el dibujo técnico es solo una trampa para cobardes que necesitan reglas para justificar dónde termina una pared. Tú miras la grieta, no el muro. Por cierto: esa bufanda roja te sienta mucho mejor que la vieja de lana áspera con la que parecías querer esconderte de los trenes.

El aire se le congeló en la tráquea.

Martina alzó la vista despacio hacia la niebla densa que flotaba sobre los adoquines vacíos, sintiendo el roce áspero y tibio de la lana roja contra la mandíbula, comprendiendo que esa bufanda la había sacado del cajón apenas hacía cuarenta minutos.

Fin del Episodio 1 · de 4

Tinta verde sobre madera agrietada

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