Carmilla·Episodio 09

Descenso

~10 min · 1931 palabras

Sería en vano intentar describirles el horror con el que, aun ahora, recuerdo lo ocurrido aquella noche. No era un terror pasajero como el que deja tras de sí un sueño. Parecía intensificarse con el tiempo y se transmitía a la habitación y al mobiliario mismo que había rodeado a la aparición.

Al día siguiente no soportaba estar sola ni por un momento. Se lo habría contado a papá, a no ser por dos motivos opuestos. Por un lado, pensé que se reiría de mi relato, y no podía tolerar que se tratara como una broma; y por otro, pensé que podría imaginar que había sido atacada por la misteriosa dolencia que había invadido nuestro vecindario. Yo misma no abrigaba ningún recelo de esa naturaleza, y como él llevaba algún tiempo delicado de salud, temía alarmarlo.

Me encontraba bastante a gusto con mis bondadosas acompañantes, Madame Perrodon y la vivaz Mademoiselle Lafontaine. Ambas notaron que estaba decaída y nerviosa, y por fin les conté lo que tanto pesaba en mi corazón.

Mademoiselle se echó a reír, pero me pareció que Madame Perrodon mostraba inquietud.

—A propósito —dijo Mademoiselle entre risas—, ¡el largo paseo de los tilos, tras la ventana del dormitorio de Carmilla, está embrujado!

—¡Tonterías! —exclamó Madame, a quien probablemente el tema le pareció harto inoportuno—. ¿Y quién cuenta esa historia, querida?

—Martin dice que subió dos veces antes del amanecer, cuando estaban reparando la vieja puerta del patio, y que en ambas vio a la misma figura femenina caminando por la alameda de los tilos.

—Bien pudo hacerlo, mientras haya vacas que ordeñar en los prados del río —dijo Madame.

—Puede ser; pero Martin prefiere asustarse, y jamás vi tonto más aterrorizado.

—No debes decirle ni una palabra de esto a Carmilla, porque ella puede ver ese paseo desde la ventana de su cuarto —intervine—, y es, si cabe, más miedosa que yo.

Aquel día Carmilla bajó bastante más tarde de lo habitual.

—Anoche pasé tanto miedo —dijo en cuanto estuvimos juntas—, y estoy segura de que habría visto algo espantoso de no haber sido por el amuleto que le compré al pobre jorobadito al que llamé con tantas palabras duras. Soñé que algo negro rodeaba mi cama y me desperté sumida en un auténtico horror; y realmente creí, durante unos segundos, ver una figura oscura cerca de la repisa de la chimenea, pero busqué mi amuleto palpando bajo la almohada, y en el instante en que mis dedos lo rozaron, la figura desapareció; y tuve la total certeza de que, de no haberlo tenido a mi lado, algo aterrador se habría presentado y tal vez me habría estrangulado, como les ocurrió a esas pobres personas de las que oímos hablar.

—Pues escúchame a mí —comencé, y le relaté mi aventura, ante cuya narración pareció horrorizada.

—¿Y tenías el amuleto cerca de ti? —preguntó con gravedad.

—No, lo dejé caer en un jarrón de porcelana en el salón, pero desde luego me lo llevaré conmigo esta noche, ya que tienes tanta fe en él.

A tanta distancia en el tiempo no sabría decirles, ni siquiera comprender, cómo vencí mi horror con tanta eficacia como para acostarme sola en mi habitación aquella noche. Recuerdo con total claridad que sujeté el amuleto con un alfiler a mi almohada. Me quedé dormida casi de inmediato y dormí toda la noche aún más profundamente de lo habitual.

La noche siguiente la pasé igual de bien. Mi sueño fue deliciosamente profundo y sin pesadillas.

Pero me desperté con una sensación de lasitud y melancolía que, sin embargo, no rebasaba un grado casi placentero.

—Bueno, ya te lo dije —dijo Carmilla cuando le describí mi plácido sueño—. Yo misma tuve anoche un sueño delicioso; me prendí el amuleto al pecho del camisón. La noche anterior estaba demasiado lejos. Estoy convencida de que todo fueron fantasías, salvo los sueños. Yo solía pensar que los espíritus malignos provocaban los sueños, pero nuestro médico me dijo que no hay tal cosa. Es solo una fiebre pasajera, o alguna otra dolencia que, como suelen hacer, decía él, llama a la puerta y, al no poder entrar, sigue de largo con esa alarma.

—¿Y qué crees tú que es el amuleto? —pregunté.

—Ha sido sahumado o sumergido en alguna sustancia, y es un antídoto contra la malaria —respondió.

—¿Entonces solo actúa sobre el cuerpo?

—Desde luego; ¿no supondrás que a los malos espíritus los asustan unos trozos de cinta o los aromas de una botica? No, estas dolencias que vagan por el aire empiezan por poner a prueba los nervios y así infectan el cerebro, pero antes de que puedan apoderarse de ti, el antídoto las repele. Eso es con certeza lo que el amuleto ha hecho por nosotras. No tiene nada de mágico, es algo meramente natural.

Habría sido más feliz si hubiera podido coincidir del todo con Carmilla, pero hice lo que pude, y la impresión fue perdiendo un poco de su fuerza.

Durante varias noches dormí profundamente; pero aun así, cada mañana sentía la misma lasitud, y un languidecer pesaba sobre mí todo el día. Me sentía una joven cambiada. Una extraña melancolía se apoderaba de mí, una melancolía que no habría querido interrumpir. Vagas ideas de muerte comenzaron a abrirse paso, y la noción de que me iba hundiendo lentamente se adueñó de mí de un modo suave y, en cierto modo, no desagradable. Aunque resultara triste, el estado de ánimo que esto provocaba era también dulce.

Fuera lo que fuese, mi alma lo consentía.

No quería admitir que estaba enferma; no consentía en contárselo a mi papá ni en que mandaran a buscar al médico.

Carmilla se volvió más solícita conmigo que nunca, y sus extraños paroxismos de lánguida adoración se hicieron más frecuentes. Solía deleitarse contemplándome con creciente ardor a medida que mis fuerzas y mi ánimo decaían. Esto siempre me conmocionaba como un destello momentáneo de locura.

Sin saberlo, me encontraba ya en una fase bastante avanzada de la enfermedad más extraña que jamás haya padecido un mortal. Había una fascinación inexplicable en sus primeros síntomas que me reconciliaba con creces con el efecto incapacitante de aquella etapa del mal. Dicha fascinación aumentó durante un tiempo, hasta alcanzar cierto punto en que, gradualmente, se mezcló con ella una sensación de horror que fue intensificándose, como habrán de oír, hasta marchitar y pervertir por completo el estado de mi vida.

El primer cambio que experimenté fue más bien grato. Se hallaba muy cerca del punto de inflexión a partir del cual comenzaba el descenso al Averno.

Ciertas sensaciones vagas y extrañas me visitaban en sueños. La predominante era ese estremecimiento frío, grato y peculiar que sentimos al bañarnos, cuando avanzamos contra la corriente de un río. A esto pronto se sumaron sueños que parecían interminables y que eran tan difusos que jamás lograba recordar sus escenarios ni sus personajes, ni parte hilvanada alguna de su acción. Pero dejaban una impresión tremenda y una sensación de agotamiento, como si hubiera atravesado un largo período de gran esfuerzo mental y peligro.

Tras todos estos sueños quedaba al despertar el recuerdo de haber estado en un lugar sumido casi en tinieblas y de haber hablado con personas a las que no podía ver; y en especial de una voz clara, de mujer, muy profunda, que hablaba como desde la distancia, con lentitud, produciendo siempre la misma sensación de indescriptible solemnidad y temor. A veces me invadía una sensación como si una mano me acariciara suavemente la mejilla y el cuello. Otras veces era como si unos labios cálidos me besaran, cada vez más despacio y con mayor ternura al llegar a mi garganta, y allí se fijaba la caricia. Mi corazón latía más deprisa, mi respiración se agitaba acelerada y honda; sobrevenía un sollozo que se transformaba en una sensación de asfixia y derivaba en una terrible convulsión, en la cual perdía los sentidos y caía en la inconsciencia.

Hacía ya tres semanas desde el comienzo de este estado inexplicable.

Mis padecimientos habían hecho mella en mi aspecto durante la última semana. Había palidecido, tenía los ojos dilatados y ojerosos, y la languidez que venía sintiendo desde hacía tiempo empezaba a reflejarse en mi semblante.

A menudo mi padre me preguntaba si estaba enferma; pero, con una obstinación que ahora me parece inexplicable, me empeñaba en asegurarle que me encontraba perfectamente bien.

En cierto sentido era verdad. No sentía dolor alguno ni podía quejarme de trastorno físico alguno. Mi mal parecía pertenecer a la imaginación o a los nervios y, por horribles que fuesen mis sufrimientos, los guardaba para mí casi por entero con una reserva enfermiza.

No podía tratarse de aquella terrible afección que los campesinos llamaban el oupire, pues yo llevaba ya tres semanas sufriendo, y ellos rara vez estaban enfermos por mucho más de tres días, al cabo de los cuales la muerte ponía fin a sus desdichas.

Carmilla se quejaba de sueños y sensaciones febriles, pero de ningún modo de una índole tan alarmante como los míos. Y afirmo que los míos eran en extremo alarmantes. De haber sido capaz de comprender mi estado, habría suplicado ayuda y consejo de rodillas. El narcótico de una insospechada influencia obraba sobre mí, y mis percepciones estaban entorpecidas.

Voy a contarles ahora un sueño que condujo inmediatamente a un extraño descubrimiento.

Una noche, en lugar de la voz que estaba acostumbrada a oír en la oscuridad, escuché una, dulce y tierna, y al mismo tiempo terrible, que decía:

—Tu madre te advierte que te guardes del asesino. —En el mismo instante surgió inesperadamente una luz, y vi a Carmilla, de pie cerca de los pies de mi cama, con su blanco camisón, bañada desde la barbilla hasta los pies en una enorme mancha de sangre.

Me desperté con un grito, dominada por la sola idea de que estaban asesinando a Carmilla. Recuerdo haberme levantado de un salto de la cama, y mi siguiente recuerdo es el de encontrarme en el descansillo, pidiendo socorro.

Madame y Mademoiselle salieron apresuradamente de sus habitaciones, alarmadas; en el descansillo ardía siempre una lámpara y, al verme, no tardaron en conocer la causa de mi terror.

Insistí en que llamáramos a la puerta de Carmilla. Nadie contestó a nuestras llamadas.

Pronto se convirtieron en golpes y en un alboroto. Gritamos su nombre, pero todo fue en vano.

A todas nos entró miedo, pues la puerta estaba cerrada con llave. Regresamos presurosas, presas del pánico, a mi habitación. Una vez allí, tocamos la campanilla largo y furioso rato. De haber estado el cuarto de mi padre a ese lado de la casa, lo habríamos llamado al punto en nuestro auxilio. Pero, ¡ay!, se hallaba muy fuera del alcance del oído, y llegar hasta él suponía una excursión para la que ninguna de nosotras tenía valor.

Los criados, sin embargo, pronto acudieron subiendo las escaleras a toda prisa; mientras tanto, yo me había puesto la bata y las zapatillas, y mis acompañantes se hallaban ya provistas de manera semejante. Al reconocer las voces de los criados en el descansillo, salimos juntas; y tras haber repetido, con la misma esterilidad, nuestras llamadas a la puerta de Carmilla, ordené a los hombres que forzasen la cerradura. Así lo hicieron, y nosotras nos quedamos en el umbral, alzando las luces, contemplando el interior de la estancia.

La llamamos por su nombre, pero continuó sin haber respuesta. Miramos alrededor de la habitación. Todo estaba en orden. Se hallaba exactamente en el mismo estado en que la había dejado al darle las buenas noches. Pero Carmilla había desaparecido.

Fin del Episodio 9 · de 18

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