Carmilla·Episodio 10

Búsqueda

~6 min · 1183 palabras

Al ver la habitación, perfectamente en orden salvo por nuestra violenta irrupción, comenzamos a calmarnos un poco y pronto recobramos la sensatez suficiente para despedir a los hombres. A mademoiselle se le había ocurrido que tal vez el alboroto a la puerta hubiera despertado a Carmilla y que, presa del pánico inicial, hubiera saltado del lecho para esconderse en un armario o tras una cortina, de donde no podría, por supuesto, salir hasta que el mayordomo y sus secuaces se hubieran retirado. Reanudamos entonces la búsqueda y comenzamos a llamarla de nuevo por su nombre.

Todo fue en vano. Nuestra perplejidad y agitación aumentaron. Examinamos las ventanas, pero estaban bien aseguradas. Supliqué a Carmilla que, si se había escondido, no prolongara más aquella cruel broma; que saliera y pusiera fin a nuestra angustia. Todo fue inútil. Para entonces estaba convencida de que no se hallaba en la alcoba ni en el vestidor, cuya puerta seguía cerrada con llave por este lado. No podía haber pasado por allí. Me sentía completamente desconcertada. ¿Habría descubierto Carmilla uno de esos pasadizos secretos que, según la anciana ama de llaves, se sabía que existían en el castillo, aunque se hubiera perdido la memoria de su ubicación exacta? El tiempo, sin duda, lo aclararía todo, por muy perplejos que nos encontrásemos de momento.

Eran más de las cuatro y preferí pasar las restantes horas de oscuridad en la habitación de madame. La luz del día no aportó solución alguna a la dificultad.

A la mañana siguiente, toda la casa, con mi padre a la cabeza, se hallaba en un estado de gran agitación. Se registró cada rincón del castillo. Se exploraron los terrenos. No se descubrió rastro alguno de la dama desaparecida. Estaban a punto de rastrear el arroyo; mi padre estaba desesperado: ¡qué relato tendría que ofrecerle a la madre de la pobre muchacha a su regreso! Yo también estaba casi fuera de mí, aunque mi pesar era de una naturaleza muy distinta.

La mañana transcurrió entre alarmas e inquietudes. Ya era la una y aún no había noticias. Subí corriendo a la habitación de Carmilla y la encontré de pie ante su tocador. Me quedé atónita. No daba crédito a mis ojos. Me hizo una seña con su hermoso dedo para que me acercara, en silencio. Su rostro expresaba un terror extremo.

Corrí hacia ella con un éxtasis de alegría; la besé y la abracé una y otra vez. Fui hacia la campanilla y tiré de ella con vehemencia, para llamar a otros al lugar y aliviar de inmediato la angustia de mi padre.

—Querida Carmilla, ¿qué ha sido de ti todo este tiempo? ¡Nos hemos consumido de angustia por ti! —exclamé—. ¿Dónde has estado? ¿Cómo has vuelto?

—La noche pasada ha sido una noche de prodigios —dijo.

—¡Por piedad, explica todo lo que puedas!

—Pasaban de las dos anoche —dijo— cuando me dormí en mi cama como de costumbre, con las puertas cerradas con llave: la del vestidor y la que da a la galería. Mi sueño fue ininterrumpido y, que yo sepa, sin sueños; pero acabo de despertar en el sofá de aquel vestidor y he encontrado abierta la puerta que comunica ambas estancias y la otra puerta forzada. ¿Cómo pudo haber ocurrido todo esto sin que me despertara? Tuvo que ir acompañado de muchísimo ruido, y a mí me despiertan con suma facilidad; ¿y cómo pudieron sacarme de la cama sin interrumpir mi sueño, a mí, a quien cualquier leve rumor sobresalta?

Para entonces, madame, mademoiselle, mi padre y varios criados se encontraban en la habitación. Carmilla se vio, como es natural, abrumada por preguntas, felicitaciones y bienvenidas. No tenía más que un relato que contar y parecía la menos capaz de todos los presentes para sugerir alguna explicación a lo ocurrido.

Mi padre dio unos pasos de un lado a otro de la habitación, pensativo. Vi que la mirada de Carmilla lo seguía por un momento con una expresión taimada y sombría.

Cuando mi padre hubo despedido a los criados, habiendo ido mademoiselle en busca de un frasquito de valeriana y sales aromáticas, y al no quedar nadie en la estancia con Carmilla salvo mi padre, madame y yo, él se acercó a ella pensativo, le tomó la mano con gran afecto, la condujo al sofá y se sentó a su lado.

—¿Me perdonarás, querida mía, si me arriesgo a formular una conjetura y hacerte una pregunta?

—¿Quién podría tener más derecho? —dijo ella—. Pregunte lo que guste y se lo diré todo. Pero mi historia es sólo de desconcierto y tinieblas. No sé absolutamente nada. Haga la pregunta que desee, pero ya conoce, por supuesto, las restricciones que me impuso mamá.

—Perfectamente, querida niña. No necesito tocar los temas sobre los que ella desea nuestro silencio. Ahora bien, el prodigio de anoche consiste en que fuiste sacada de tu cama y de tu habitación sin despertarte, y en que tal traslado ocurrió aparentemente mientras las ventanas permanecían aseguradas y las dos puertas cerradas con llave por dentro. Te expondré mi teoría y te haré una pregunta.

Carmilla apoyaba la cabeza en la mano, abatida; madame y yo escuchábamos sin aliento.

—Bien, mi pregunta es esta: ¿se ha sospechado alguna vez que anduvieras en sueños?

—Nunca, desde que era muy niña.

—¿Pero andabas en sueños cuando eras niña?

—Sí; sé que lo hacía. Me lo decía a menudo mi anciana nodriza.

Mi padre sonrió y asintió.

—Pues bien, lo que ha sucedido es esto: te levantaste dormida, abriste la puerta y, en vez de dejar la llave en la cerradura como de costumbre, la sacaste y echaste la llave por fuera; volviste a sacar la llave y te la llevaste contigo a alguna de las veinticinco habitaciones de este piso, o tal vez arriba o abajo. Hay tantas habitaciones y armarios, tantos muebles pesados y tal acumulación de trastos viejos, que se necesitaría una semana entera para registrar a fondo esta vieja casa. ¿Comprendes ahora lo que quiero decir?

—Lo comprendo, pero no del todo —respondió.

—¿Y cómo explicas, papá, que se encontrara en el sofá del vestidor, que habíamos registrado con tanto cuidado?

—Llegó allí después de que lo hubierais registrado, todavía dormida, y al fin se despertó espontáneamente, y quedó tan sorprendida de encontrarse donde estaba como cualquiera de nosotros. ¡Ojalá todos los misterios se explicaran de forma tan fácil e inocente como el tuyo, Carmilla! —dijo, riendo—. Y así podemos felicitarnos por la certeza de que la explicación más natural del suceso es una que no involucra narcóticos, ni cerraduras forzadas, ni ladrones, ni envenenadores, ni brujas; nada que deba alarmar a Carmilla, ni a nadie más, por nuestra seguridad.

Carmilla tenía un aspecto encantador. Nada podía ser más hermoso que el tono de su tez. Su belleza se veía realzada, creo yo, por esa graciosa languidez que le era propia. Me parece que mi padre comparaba en silencio su aspecto con el mío, pues dijo:

—Ojalá mi pobre Laura tuviese su semblante de siempre. —Y suspiró.

Así finalizaron felizmente nuestras alarmas, y Carmilla fue restituida a sus amigos.

Fin del Episodio 10 · de 18

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