El doctor
~8 min · 1689 palabras
Como Carmilla no quería ni oír hablar de que una sirvienta durmiera en su habitación, mi padre dispuso que un criado durmiera ante su puerta, de suerte que no intentara hacer otra excursión semejante sin ser interceptada en su propio umbral.
Aquella noche transcurrió con tranquilidad; y a la mañana siguiente, temprano, llegó a verme el médico, a quien mi padre había mandado llamar sin decirme una sola palabra al respecto.
Madame me acompañó a la biblioteca; y allí el menudo y grave doctor de pelo blanco y gafas, a quien mencioné con anterioridad, esperaba para recibirme.
Le conté mi historia y, a medida que avanzaba, su semblante se volvía más y más grave.
Estábamos de pie, él y yo, en el hueco de una de las ventanas, uno frente al otro. Cuando terminó mi relato, apoyó la espalda contra la pared, con los ojos fijos en mí con fervor, con un interés en el que se mezclaba una pizca de horror.
Tras un minuto de reflexión, le preguntó a madame si podía ver a mi padre.
Mandaron llamarlo en consecuencia y, al entrar, sonriendo, dijo:
—Me atrevo a decir, doctor, que va a decirme que soy un viejo loco por haberle hecho venir; ojalá lo sea.
Pero su sonrisa se ensombreció cuando el doctor, con el rostro muy grave, le hizo señas para que se acercara.
Él y el doctor hablaron durante un rato en el mismo hueco donde yo acababa de conferenciar con el médico. Parecía una conversación seria y acalorada. La estancia es muy grande, y madame y yo permanecíamos juntas, ardiendo de curiosidad, en el extremo opuesto. No podíamos oír ni una palabra, sin embargo, pues hablaban en un tono sumamente bajo, y el profundo vano de la ventana ocultaba por completo al doctor y casi del todo a mi padre, de quien solo alcanzábamos a ver un pie, un brazo y un hombro; y las voces eran, supongo, tanto menos audibles por la suerte de gabinete que formaban el grueso muro y la ventana.
Al cabo de un tiempo, el rostro de mi padre asomó a la habitación; estaba pálido, pensativo y, según me pareció, agitado.
—Laura, querida, ven un momento. Madame, dice el doctor que por ahora no la molestaremos.
Me acerqué, por consiguiente, un poco alarmada por primera vez; pues, aunque me sentía muy débil, no me sentía enferma; y las fuerzas, suele uno imaginarse, son algo que puede recuperarse cuando nos plazca.
Mi padre me tendió la mano al acercarme, pero miraba al doctor y dijo:
—Ciertamente es muy extraño; no acabo de entenderlo del todo. Laura, ven aquí, querida; ahora atiende al doctor Spielsberg e intenta hacer memoria.
—Mencionó usted una sensación parecida a la de dos agujas clavándose en la piel, en algún lugar del cuello, la noche en que tuvo su primera pesadilla horrible. ¿Siente aún algún dolor?
—Ninguno en absoluto —respondí.
—¿Podría señalar con el dedo aproximadamente el punto en que cree que ocurrió?
—Un poco por debajo de la garganta... aquí —respondí.
Llevaba un vestido de mañana, que cubría el lugar que señalé.
—Ahora podrá comprobarlo usted mismo —dijo el doctor—. No le importará que su papá le baje un poquito el vestido. Es necesario para detectar un síntoma de la dolencia que ha venido sufriendo.
Accedí. Estaba apenas una o dos pulgadas por debajo del borde de mi cuello.
—¡Válgame Dios!... ¡es verdad! —exclamó mi padre, palideciendo.
—Ahora lo ve con sus propios ojos —dijo el doctor con sombrío triunfo.
—¿Qué es? —exclamé, empezando a asustarme.
—Nada, mi querida señorita, salvo una pequeña mancha azulada, como del tamaño de la yema de su dedo meñique; y ahora —continuó, volviéndose hacia papá—, la cuestión es qué conviene hacer.
—¿Hay algún peligro? —apremié con gran inquietud.
—Confío en que no, querida —respondió el doctor—. No veo por qué no habría de restablecerse. No veo por qué no empezaría a mejorar de inmediato. ¿Es ese el punto donde comienza la sensación de estrangulamiento?
—Sí —respondí.
—Y... haga memoria lo mejor que pueda, ¿era ese mismo punto una suerte de centro de ese estremecimiento que acaba de describir, como la corriente de un torrente frío que corriese contra usted?
—Puede haberlo sido; creo que sí.
—¡Ah!, ¿lo ve? —añadió, volviéndose hacia mi padre—. ¿Le digo unas palabras a madame?
—Por supuesto —dijo mi padre.
Llamó a madame y le dijo:
—Encuentro a mi joven amiga de aquí muy lejos de estar bien. No tendrá mayores consecuencias, confío; pero será necesario tomar ciertas medidas que explicaré dentro de poco; entretanto, madame, tenga la bondad de no dejar sola a la señorita Laura ni un solo instante. Esa es la única indicación que debo darle por el momento. Es indispensable.
—Podemos confiar en su bondad, madame, lo sé —añadió mi padre.
Madame le dio seguridades con presteza.
—Y tú, querida Laura, sé que acatarás las instrucciones del doctor.
—Tendré que pedirle su opinión sobre otra paciente, cuyos síntomas se asemejan ligeramente a los de mi hija, los que acaban de detallársele; en grado mucho más leve, pero creo que de la misma índole. Se trata de una señorita, una huésped nuestra; pero, ya que dice que volverá a pasar por aquí al atardecer, no hay nada mejor que cene con nosotros y entonces podrá verla. No baja hasta la tarde.
—Se lo agradezco —dijo el doctor—. Estaré aquí con ustedes, pues, hacia las siete de la tarde.
Y luego repitieron sus instrucciones para mí y para madame, y con este encargo de despedida mi padre nos dejó y salió con el doctor; y los vi pasear juntos de un lado a otro entre el camino y el foso, en la explanada de hierba frente al castillo, evidentemente enfrascados en una seria conversación.
El doctor no regresó. Lo vi montar a caballo allí mismo, despedirse y alejarse hacia el este a través del bosque.
Casi al mismo tiempo vi llegar al hombre de Dranfield con las cartas, desmontar y entregarle la saca a mi padre.
Entretanto, madame y yo estábamos muy atareadas, perdidas en conjeturas sobre los motivos de la singular y perentoria indicación que el doctor y mi padre habían coincidido en imponer. Madame, según me confesó más tarde, temía que el médico recelase un ataque repentino y que, sin pronta asistencia, yo pudiera perder la vida en una convulsión o al menos sufrir graves daños.
Aquella interpretación no se me pasó por la cabeza; e imaginé, quizá por fortuna para mis nervios, que la disposición se había ordenado simplemente para asegurarme una compañía que me impidiera hacer demasiado ejercicio, o comer fruta verde, o cometer cualquiera de las cincuenta tonterías a las que se supone propensos a los jóvenes.
Cerca de media hora después entró mi padre —con una carta en la mano— y dijo:
—Esta carta se había retrasado; es del general Spielsdorf. Podría haber estado aquí ayer, tal vez no llegue hasta mañana o tal vez se presente hoy.
Puso la carta abierta en mi mano; pero no parecía contento, como solía estarlo cuando esperaba a un huésped, en especial a uno tan querido como el general.
Al contrario, parecía desear que estuviese en el fondo del mar Rojo. A todas luces había algo que le preocupaba y que no deseaba divulgar.
—Papá, querido, ¿me responderás a esto? —le dije, posando de pronto la mano sobre su brazo y mirándole a la cara, estoy segura, con aire suplicante.
—Tal vez —respondió él, apartándome con una caricia el pelo de los ojos.
—¿Cree el doctor que estoy muy enferma?
—No, querida; cree que, si se toman las medidas oportunas, volverás a estar completamente bien, o al menos en vías de una total recuperación, en un día o dos —respondió un tanto secamente—. Ojalá nuestro buen amigo el general hubiera elegido cualquier otro momento; es decir, ojalá hubieras estado perfectamente bien para recibirlo.
—Pero dime, papá —insistí—, ¿qué cree que me pasa?
—Nada; no debes atosigarme a preguntas —respondió, con más irritación de la que recordaba haberle visto mostrar jamás; y al ver que me sentía dolida, supongo, me besó y añadió—: Lo sabrás todo dentro de un día o dos; es decir, todo lo que yo sé. Mientras tanto, no te devanes los sesos con ello.
Dio media vuelta y salió de la habitación, pero regresó antes de que hubiera dejado de asombrarme y cavilar sobre lo insólito de todo aquello; fue tan solo para decir que iba a Karnstein y que había ordenado que el carruaje estuviera listo a las doce, y que madame y yo debíamos acompañarlo; iba a ver al sacerdote que vivía cerca de aquellos pintorescos parajes por asuntos de negocios, y como Carmilla nunca los había visto, podría seguirnos, en cuanto bajara, con mademoiselle, quien traería provisiones para lo que ustedes llaman un picnic, que se nos podría servir en el castillo en ruinas.
A las doce en punto, por consiguiente, estuve lista, y no mucho después, mi padre, madame y yo partimos en nuestro proyectado paseo en carruaje.
Cruzando el puente levadizo torcemos a la derecha y seguimos el camino sobre el empinado puente gótico, hacia el oeste, para alcanzar la aldea desierta y el castillo en ruinas de Karnstein.
No cabe imaginar paseo campestre más hermoso. El terreno se quiebra en suaves colinas y hondonadas, todas cubiertas de hermosos bosques, enteramente desprovistas de la relativa formalidad que imprimen las plantaciones artificiales y el cultivo y la poda tempranos.
Las irregularidades del terreno desvían a menudo el camino de su curso y hacen que serpantee con primor por las laderas de abruptas hondonadas y los flancos más escarpados de las colinas, entre una variedad de parajes casi inagotable.
Al doblar uno de estos recodos, nos topamos de repente con nuestro viejo amigo, el general, que cabalgaba hacia nosotros acompañado por un sirviente montado. Sus maletas venían detrás en una carreta alquilada, de esas que aquí llamamos carros.
El general desmontó en cuanto nos detuvimos y, tras los saludos de rigor, se dejó convencer con facilidad para ocupar el asiento libre en el carruaje y enviar su caballo con el criado hacia el schloss.
Fin del Episodio 11 · de 18
El doctor
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