Una agonía muy extraña
~7 min · 1446 palabras
Cuando pasamos al salón y nos sentamos ante el café y el chocolate, aunque Carmilla no tomó nada, parecía haberse recobrado por completo; madame y mademoiselle De Lafontaine se nos unieron y organizaron una pequeña partida de cartas, en el transcurso de la cual papá entró a tomar lo que él llamaba su «taza de té».
Cuando terminó la partida, se sentó junto a Carmilla en el sofá y le preguntó, con cierta inquietud, si había tenido noticias de su madre desde su llegada.
Ella respondió: —No.
Le preguntó entonces si sabía dónde podría hacerle llegar una carta en ese momento.
—No sabría decírselo —respondió con ambigüedad—, pero he estado pensando en marcharme; ya han sido demasiado hospitalarios y demasiado amables conmigo. Les he causado una infinidad de molestias y desearía tomar un carruaje mañana mismo y viajar en posta en su busca; sé dónde la encontraré a fin de cuentas, aunque todavía no me atrevo a decírselo.
—¡Pero ni soñarlo! —exclamó mi padre, para mi gran alivio—. No podemos permitirnos perderla así, y no consentiré que nos deje, salvo bajo el cuidado de su madre, que tuvo la bondad de acceder a que permaneciera con nosotros hasta que ella misma regresara. Me sentiría muy feliz si supiera que tiene noticias suyas; pero esta tarde los informes sobre el avance de la misteriosa enfermedad que ha invadido nuestra comarca son aún más alarmantes; y, mi bella huésped, siento de veras la enorme responsabilidad que supone no contar con el consejo de su madre. Pero haré cuanto pueda, y una cosa es segura: no debe pensar en abandonarnos sin una indicación expresa de ella en ese sentido. Sufriríamos demasiado al separarnos de usted como para consentirlo fácilmente.
—Gracias, señor, mil veces por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo con timidez—. Todos han sido demasiado amables conmigo; raras veces he sido tan feliz en toda mi vida como en su hermoso castillo, bajo su cuidado y en compañía de su querida hija.
De modo que él, galantemente, a su manera a la antigua usanza, le besó la mano, sonriente y complacido por sus breves palabras.
Acompañé a Carmilla como de costumbre a su habitación, y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.
—¿Crees —le dije al fin— que alguna vez confiarás del todo en mí?
Se volvió sonriendo, pero no respondió nada; solo continuó sonriéndome.
—¿No me respondes a eso? —dije—. No puedes responder amablemente; no debí habértelo preguntado.
—Hiciste muy bien en preguntarme eso, o cualquier otra cosa. No sabes lo querida que me eres, o de lo contrario no creerías que haya confidencia alguna demasiado grande para esperar de mí.
—Pero estoy ligada por votos, ninguna monja de forma tan terrible, y todavía no me atrevo a contar mi historia, ni siquiera a ti. El momento en que lo sabrás todo está muy próximo. Me creerás cruel, muy egoísta, pero el amor siempre es egoísta; cuanto más ardiente, más egoísta. No puedes saber cuán celosa soy. Debes venir conmigo, amándome, hasta la muerte; o bien odiarme y aun así venir conmigo, y odiándome a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.
—Vamos, Carmilla, ya vas a empezar otra vez con tus salvajes disparates —dije a toda prisa.
—Yo no; tontuela como soy, y llena de caprichos y antojos, por tu bien hablaré como una sabia. ¿Estuviste alguna vez en un baile?
—No; ¡cómo pasas de una cosa a otra! ¿Cómo es? ¡Qué encantador debe de ser!
—Casi lo he olvidado, fue hace años.
Me eché a reír.
—No eres tan mayor. Difícilmente habrás olvidado ya tu primer baile.
—Me acuerdo de todo..., con esfuerzo. Lo veo todo como los buzos ven lo que ocurre por encima de ellos, a través de un medio denso, ondulante, pero transparente. Esa noche ocurrió algo que ha enturbiado el cuadro y ha apagado sus colores. Estuve a punto de ser asesinada en mi cama, herida aquí —se tocó el pecho—, y nunca volví a ser la misma desde entonces.
—¿Estuviste a punto de morir?
—Sí, muy cerca... Un amor cruel..., un extraño amor que me habría arrebatado la vida. El amor exige sus sacrificios. No hay sacrificio sin sangre. Durmamos ya; me siento tan perezosa... ¿Cómo voy a levantarme ahora mismo para cerrar la puerta con llave?
Estaba recostada con sus menudas manos hundidas en su abundante cabello ondulado, bajo la mejilla, la cabecita sobre la almohada, y sus ojos relucientes me seguían a dondequiera que me moviese, con una especie de tímida sonrisa que yo no acertaba a descifrar.
Le di las buenas noches y salí sigilosamente de la habitación con una sensación desasosegante.
A menudo me preguntaba si nuestra bella huésped rezaba alguna vez sus oraciones. Ciertamente nunca la había visto de rodillas. Por la mañana jamás bajaba sino mucho después de que hubieran terminado nuestras oraciones familiares, y por la noche nunca salía del salón para asistir a nuestras breves oraciones vespertinas en el vestíbulo.
A no ser porque en una de nuestras charlas despreocupadas salió a relucir de pasada que había sido bautizada, habría dudado de que fuera cristiana. La religión era un tema sobre el cual nunca la había oído pronunciar una sola palabra. Si yo hubiera conocido mejor el mundo, esta particular negligencia o antipatía no me habría sorprendido tanto.
Las precauciones de la gente nerviosa son contagiosas, y las personas de temperamento semejante casi con seguridad acaban, al cabo de un tiempo, por imitarlas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave la puerta de su dormitorio, habiéndome metido en la cabeza todas sus caprichosas alarmas sobre invasores nocturnos y asesinos al acecho. También había adoptado su precaución de registrar brevemente la habitación para cerciorarse de que ningún asesino o ladrón estuviera allí «agazapado».
Tomadas estas prudentes medidas, me metí en la cama y me quedé dormida. Una luz ardía en mi habitación. Se trataba de una vieja costumbre, que se remontaba a mi más temprana infancia, y a la que nada me habría inducido a renunciar.
Así protegida, podía descansar en paz. Pero los sueños atraviesan muros de piedra, iluminan estancias oscuras o ensombrecen las luminosas, y sus personajes entran y salen a su antojo y se burlan de los cerrajeros.
Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una agonía muy extraña.
No puedo llamarlo pesadilla, pues era plenamente consciente de estar dormida.
Pero era igualmente consciente de estar en mi habitación y tendida en la cama, tal como me hallaba en realidad. Vi, o creí ver, la estancia y sus muebles justo como los había visto por última vez, salvo que estaba muy oscuro, y vi algo que se movía alrededor de los pies de la cama, que al principio no pude distinguir con exactitud. Pero pronto advertí que se trataba de un animal negro como el hollín, semejante a un gato monstruoso. Me pareció que medía unos cuatro o cinco pies de largo, pues cubría por entero la alfombra de la chimenea al pasar sobre ella; y continuaba yendo y viniendo con la agilidad y la siniestra inquietud de una fiera enjaulada. No lograba gritar, aunque, como puede suponer, estaba aterrorizada. Su paso se aceleraba y la habitación se volvía con rapidez más y más oscura, y al fin tan oscura que ya no pude ver nada de él salvo los ojos. Sentí que saltaba con ligereza sobre la cama. Aquellos dos grandes ojos se aproximaron a mi rostro y, de pronto, sentí un dolor punzante, como si dos gruesas agujas se clavaran, separadas apenas una o dos pulgadas, muy hondo en mi pecho. Desperté con un grito. La habitación estaba iluminada por la vela que ardía allí durante toda la noche, y vi una figura femenina de pie a los pies de la cama, un poco hacia el lado derecho. Llevaba un vestido oscuro y holgado, y el cabello suelto le cubría los hombros. Un bloque de piedra no habría estado más inmóvil. No se percibía el menor indicio de respiración. Mientras la miraba fijamente, la figura pareció cambiar de lugar y ahora se hallaba más cerca de la puerta; luego, junto a ella, la puerta se abrió y salió.
Me sentí entonces aliviada y capaz de respirar y moverme. Mi primer pensamiento fue que Carmilla me había gastado una broma y que yo había olvidado asegurar la puerta. Me apresuré hacia ella y la hallé cerrada por dentro, como de costumbre. Temía abrirla: estaba horrorizada. Salté a la cama y me tapé la cabeza con la ropa de cama, y permanecí allí, más muerta que viva, hasta la mañana.
Fin del Episodio 8 · de 18
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