Carmilla·Episodio 05

Sus costumbres — Un paseo · I

~10 min · 2035 palabras

Ya os dije que casi todo en ella me cautivaba.

Había algunos aspectos que no me agradaban tanto.

Era más alta que la estatura media de las mujeres. Comenzaré por describirla.

Era esbelta y maravillosamente grácil. Salvo porque sus movimientos eran lánguidos —en verdad muy lánguidos—, no había nada en su aspecto que denotara a una enferma. Su tez era lozana y luminosa; sus facciones, menudas y de hermosa hechura; sus ojos, grandes, oscuros y brillantes; su cabello era asombroso, jamás vi una melena tan magníficamente espesa y larga cuando le caía suelta sobre los hombros; a menudo ponía las manos debajo de ella y me reía de asombro ante su peso. Era exquisitamente fino y suave, y de un castaño muy oscuro y suntuoso, con ciertos visos dorados. Me encantaba soltárselo, dejarlo caer con su propio peso mientras ella, en su alcoba, se recostaba en el sillón hablando con su voz dulce y queda; yo solía doblarlo y trenzarlo, extenderlo y jugar con él. ¡Cielos! ¡Si tan solo lo hubiera sabido todo!

He dicho que había detalles que no me agradaban. Os he contado que su confianza me conquistó la primera noche que la vi; pero descubrí que guardaba respecto a sí misma, a su madre, a su historia, a cuanto en verdad se relacionara con su vida, planes y allegados, una reserva siempre alerta. Bien puede ser que yo fuera irrazonable, tal vez me equivocaba; sin duda debí haber respetado el solemne encargo impuesto a mi padre por la distinguida dama vestida de terciopelo negro. Pero la curiosidad es una pasión inquieta y sin escrúpulos, y ninguna muchacha puede soportar con paciencia que otra frustre la suya. ¿Qué daño podía hacer a nadie contarme lo que yo con tanto ardor deseaba saber? ¿Acaso no confiaba en mi sensatez ni en mi honor? ¿Por qué no me creía cuando le aseguraba, con tanta solemnidad, que no divulgaría ni una sola sílaba de cuanto me dijera a ningún mortal viviente?

Había una frialdad, según me parecía, impropia de sus años, en su sonriente, melancólica y persistente negativa a concederme el menor rayo de luz.

No puedo decir que riñéramos por este motivo, pues ella no reñía por nada. Fue, desde luego, muy injusto por mi parte presionarla, de muy mala educación, pero en verdad no pude evitarlo; y más me habría valido dejarlo estar.

Lo que llegó a decirme equivalía, a mi desmedido entender, a nada.

Todo se resumía en tres revelaciones muy vagas:

Primero: su nombre era Carmilla.

Segundo: su familia era muy antigua y noble.

Tercero: su hogar se hallaba en dirección al oeste.

No quiso decirme el nombre de su familia, ni sus armas heráldicas, ni el nombre de sus posesiones, ni siquiera el del país en que vivían.

No habéis de suponer que la atosigara incesantemente con estas cuestiones. Aguardaba la ocasión y más bien insinuaba mis preguntas antes que apremiarla con ellas. Una o dos veces, en efecto, la acometí con mayor franqueza. Pero fuesen cuales fuesen mis tácticas, el resultado era invariablemente un fracaso absoluto. Ni reproches ni caricias surtían efecto alguno en ella. Con todo, debo añadir que su evasiva iba acompañada de tan hermosa melancolía y disculpa, con tantas y hasta apasionadas declaraciones del afecto que me profesaba y de la confianza en mi honor, y con tantas promesas de que al fin lo sabría todo, que no hallaba en mi corazón motivo para permanecer ofendida con ella por mucho tiempo.

Solía rodearme el cuello con sus hermosos brazos, atraerme hacia sí y, apoyando su mejilla contra la mía, murmurar con los labios junto a mi oído: —Amor mío, tu corazoncito está herido; no me tengas por cruel porque obedezca la irresistible ley de mi fuerza y mi flaqueza; si tu querido corazón está herido, mi salvaje corazón sangra con el tuyo. En el arrobamiento de mi descomunal humillación vivo en tu cálida vida, y tú morirás —morirás, dulcemente morirás— en la mía. No puedo evitarlo; al acercarme a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros y conocerás el arrobamiento de esa crueldad, que con todo es amor; así pues, por un tiempo, no busques saber más de mí ni de los míos, sino confía en mí con todo tu espíritu amoroso.

Y cuando pronunciaba semejante rapsodia, me estrechaba con más fuerza en su trémulo abrazo, y sus labios, en suaves besos, ardían dulcemente sobre mi mejilla.

Sus agitaciones y su lenguaje me resultaban ininteligibles.

De aquellos insensatos abrazos, que debo reconocer que no eran muy frecuentes, solía desear zafarme; pero las energías parecían abandonarme. Sus palabras susurradas sonaban como una nana en mi oído y adormecían mi resistencia hasta sumirme en un trance, del cual solo parecía recobrarme cuando ella retiraba los brazos.

En esos estados de ánimo tan misteriosos no me agradaba. Experimentaba una extraña y tumultuosa excitación que por momentos resultaba placentera, mezclada con una vaga sensación de temor y repugnancia. No albergaba pensamientos claros sobre ella mientras tales escenas duraban, pero era consciente de un amor que crecía hasta trocarse en adoración, y también en aborrecimiento. Sé que esto es una paradoja, pero no puedo intentar explicar el sentimiento de ningún otro modo.

Escribo ahora, tras un lapso de más de diez años, con mano temblorosa, con un recuerdo confuso y espantoso de ciertos sucesos y situaciones de la dura prueba por la que inconscientemente atravesaba; aunque con una memoria viva y muy nítida del curso principal de mi historia.

Mas sospecho que en todas las vidas hay ciertas escenas de intensa emoción, aquellas en que nuestras pasiones se han encendido con mayor fiereza y pavor, que son, por encima de todas las demás, las que se recuerdan con mayor vaguedad y penumbra.

A veces, tras una hora de apatía, mi extraña y hermosa compañera me tomaba la mano y la estrechaba con afectuosa presión, renovada una y otra vez; sonrojándose suavemente, mirándome al rostro con ojos lánguidos y ardientes, y respirando tan deprisa que su vestido subía y bajaba con la tumultuosa agitación de su pecho. Era como el ardor de un amante; me turbaba; resultaba odioso y no obstante avasallador; y con ojos de deleite me atraía hacia sí, mientras sus labios calientes recorrían mi mejilla a besos; y susurraba, casi entre sollozos: —Eres mía, serás mía; tú y yo somos una sola para siempre—. Luego se arrojaba hacia atrás en el sillón, con las pequeñas manos cubriéndose los ojos, dejándome temblorosa.

—¿Acaso somos parientes? —solía preguntarle—. ¿Qué quieres decir con todo esto? Tal vez te recuerde a alguien a quien amas; pero no debes, lo detesto; no te reconozco... no me reconozco a mí misma cuando me miras y me hablas así.

Ella suspiraba ante mi vehemencia, luego apartaba la mirada y me soltaba la mano.

Respecto a estas manifestaciones tan extraordinarias, me esforzaba en vano por formular alguna teoría satisfactoria: no podía atribuirlas a afectación ni a fingimiento. Era sin duda el estallido momentáneo de un instinto y una emoción reprimidos. ¿Estaba ella, no obstante la espontánea negativa de su madre, sujeta a breves accesos de locura; o acaso había aquí un disfraz y un romance? Había leído tales cosas en viejos libros de historias. ¿Y si un enamorado jovenzuelo se hubiera introducido en la casa y pretendiera proseguir su cortejo bajo una mascarada, con el auxilio de una astuta y vieja aventurera? Pero había muchas razones en contra de esta hipótesis, por muy halagüeña que resultara para mi vanidad.

No podía jactarme de pequeñas atenciones como las que la galantería masculina se complace en ofrecer. Entre aquellos momentos apasionados mediaban largos intervalos de trivialidad, de jovialidad, de sombría melancolía, durante los cuales, salvo porque advertía sus ojos tan llenos de fuego melancólico siguiéndome, por momentos bien podría no haber sido nada para ella. Salvo en estos breves periodos de misteriosa excitación, sus modales eran los de una chiquilla; y había siempre en ella una languidez del todo incompatible con la complexión de un varón en buen estado de salud.

En algunos aspectos sus costumbres eran extrañas. Quizás no tan singulares en opinión de una dama de ciudad como usted, como nos lo parecían a nosotros, gente rústica. Solía bajar muy tarde, por lo general no antes de la una; tomaba entonces una taza de chocolate, pero no comía nada; salíamos luego a pasear, un mero deambular, y casi de inmediato parecía agotada, y o bien regresaba al castillo o bien se sentaba en uno de los bancos dispuestos aquí y allá entre los árboles. Se trataba de una languidez corporal de la que su mente no participaba. Siempre era una conversadora animada y sumamente inteligente.

A veces aludía por un momento a su propio hogar, o mencionaba alguna aventura o situación, o un recuerdo temprano, que apuntaba a un pueblo de extrañas costumbres, y describía tradiciones de las que nada sabíamos. Deduje de aquellas indicaciones fortuitas que su tierra natal era mucho más remota de lo que me había imaginado en un principio.

Una tarde, mientras nos hallábamos sentadas así bajo los árboles, pasó ante nosotras un cortejo fúnebre. Era el de una linda jovencita a quien yo había visto con frecuencia, la hija de uno de los guardabosques. El pobre hombre caminaba tras el féretro de su bienamada; era su única hija y parecía tener el corazón destrozado.

Unos campesinos que marchaban de dos en dos iban detrás, entonando un himno fúnebre.

Me levanté en señal de respeto al verlos pasar y me uní al himno que cantaban con tanta dulzura.

Mi compañera me sacudió con cierta brusquedad y me volví sorprendida.

—¿No notas lo discordante que resulta eso? —dijo con brusquedad.

—Al contrario, a mí me parece muy dulce —respondí, molesta por la interrupción y muy intranquila por temor a que la gente que componía la modesta comitiva advirtiera lo que sucedía y se ofendiera.

Reanudé el canto, por tanto, al instante, y fui interrumpida de nuevo. —¡Me taladras los oídos! —dijo Carmilla, casi con enojo, tapándose las orejas con sus diminutos dedos—. Además, ¿cómo puedes saber que tu religión y la mía son la misma? Tus ritos me hieren, y odio los funerales. ¡Qué escándalo! ¡Pero si has de morir...; todos han de morir, y todos son más felices cuando lo hacen! Volvamos a casa.

—Mi padre ha ido con el clérigo al camposanto. Creí que sabías que hoy la enterraban.

—¿A ella? No me caliento la cabeza con campesinos. No sé quién es —respondió Carmilla, con un destello en sus hermosos ojos.

—Es la pobre muchacha que creyó ver un fantasma hace quince días y ha estado muriéndose desde entonces, hasta ayer, cuando expiró.

—No me hables de fantasmas. Esta noche no dormiré si lo haces.

—Espero que no se avecine ninguna peste o fiebre; todo esto se le parece mucho —continué—. La joven esposa del porquerizo murió hace apenas una semana, y creyó que algo la aferraba por la garganta mientras yacía en su cama y casi la estrangulaba. Papá dice que tan horribles fantasías acompañan a ciertas clases de fiebre. Ella estaba perfectamente el día anterior. Después decayó y murió antes de una semana.

—Bueno, su funeral ya ha terminado, espero, y su himno ha sido cantado; y nuestros oídos no se verán torturados con semejante discordancia y galimatías. Me ha puesto nerviosa. Siéntate aquí, a mi lado; siéntate cerca; toma mi mano; apriétala fuerte... fuerte... más fuerte.

Nos habíamos apartado un poco hacia atrás y habíamos llegado a otro asiento.

Se sentó. Su rostro experimentó un cambio que me alarmó e incluso me aterrorizó por un momento. Se ensombreció y se volvió horriblemente lívido; apretó los dientes y los puños, frunció el ceño y apretó los labios, mientras clavaba la mirada en el suelo a sus pies y temblaba por entero con un estremecimiento continuo tan incontenible como una terciana. Todas sus energías parecían tensarse para reprimir un ataque contra el que luchaba sin aliento; y al fin brotó de ella un quejido bajo y convulsivo de sufrimiento, y poco a poco la histeria fue remitiendo. —¡Ahí lo tienes! ¡Eso pasa por estrangular a la gente con himnos! —dijo al fin—. Sujétame, sujétame todavía. Ya se me está pasando.

Fin del Episodio 5 · de 18

Sus costumbres — Un paseo · I

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