Carmilla·Episodio 02

Un invitado · I

~7 min · 1455 palabras

Voy a contaros ahora algo tan extraño que requerirá toda vuestra fe en mi veracidad para creer mi relato. No obstante, no solo es verdad, sino una verdad de la que he sido testigo presencial.

Era una apacible tarde de verano y mi padre me pidió, como a veces hacía, que diera un pequeño paseo con él por aquella hermosa perspectiva del bosque que ya he mencionado que se extendía frente al schloss.

—El general Spielsdorf no podrá visitarnos tan pronto como esperaba —dijo mi padre mientras proseguíamos nuestro paseo.

Debía hacernos una visita de unas cuantas semanas y esperábamos su llegada al día siguiente. Debía traer consigo a una joven, su sobrina y pupila, mademoiselle Rheinfeldt, a quien yo nunca había visto, pero a quien había oído describir como una muchacha encantadora, y en cuya compañía me había prometido muchos días felices. Mi desilusión fue mayor de lo que una joven que vive en una ciudad o en un vecindario concurrido pueda jamás imaginar. Esta visita, y la nueva amistad que prometía, habían constituido mis ensueños durante muchas semanas.

—¿Y cuándo vendrá? —pregunté.

—Hasta el otoño nada. No antes de dos meses, me atrevería a decir —respondió—. Y ahora me alegro mucho, querida, de que nunca llegaras a conocer a mademoiselle Rheinfeldt.

—¿Y por qué? —pregunté, mortificada y curiosa a la vez.

—Porque la pobre señorita ha muerto —respondió—. Había olvidado por completo que no te lo había dicho, pero no estabas en la habitación cuando recibí la carta del general esta tarde.

Me quedé hondamente consternada. El general Spielsdorf había mencionado en su primera carta, seis o siete semanas antes, que ella no se encontraba tan bien como él desearía, pero nada hacía sospechar ni remotamente el menor peligro.

—Aquí está la carta del general —dijo, tendiéndomela—. Me temo que se encuentra sumido en una gran aflicción; me parece que la carta fue escrita casi al borde del extravío.

Nos sentamos en un tosco banco, bajo un grupo de magníficos tilos. El sol se ponía con todo su melancólico esplendor tras el horizonte boscoso, y el arroyo que fluye junto a nuestra casa y pasa bajo el viejo y empinado puente que he mencionado serpenteaba entre varios grupos de nobles árboles, casi a nuestros pies, reflejando en su corriente el carmesí menguante del cielo. La carta del general Spielsdorf era tan extraordinaria, tan vehemente y en algunos pasajes tan contradictoria, que la leí dos veces —la segunda en voz alta para mi padre—, y aun así fui incapaz de explicármela, salvo suponiendo que el dolor le había trastornado el juicio.

Decía así: «He perdido a mi querida hija, pues como a tal la amaba. Durante los últimos días de la enfermedad de la querida Bertha no pude escribirle.

Antes de eso no tenía la menor idea de su peligro. La he perdido, y ahora lo sé todo, demasiado tarde. Murió en la paz de la inocencia y con la gloriosa esperanza de una bienaventurada eternidad. El engendro que traicionó nuestra insensata hospitalidad es el causante de todo. ¡Creí estar recibiendo en mi casa la inocencia, la alegría, una encantadora compañera para mi perdida Bertha! ¡Cielos, qué necio he sido!

Doy gracias a Dios de que mi niña muriera sin sospechar la causa de sus sufrimientos. Se ha ido sin siquiera conjeturar la naturaleza de su enfermedad y la maldita pasión del causante de toda esta desdicha. Consagro los días que me restan a rastrear y aniquilar a un monstruo. Me dicen que puedo albergar la esperanza de cumplir mi justo y misericordioso propósito. En este momento apenas hay un destello de luz que me guíe. Maldigo mi engreída incredulidad, mi despreciable afectación de superioridad, mi ceguera, mi obstinación... todo... demasiado tarde. No puedo escribir ni hablar con serenidad ahora. Estoy fuera de mí. Tan pronto como me haya recobrado un poco, pienso dedicarme durante algún tiempo a pesquisas que tal vez me lleven hasta Viena. En algún momento del otoño, dentro de dos meses, o antes si sigo con vida, le veré —esto es, si usted me lo permite—; le contaré entonces todo lo que ahora apenas me atrevo a poner sobre el papel. Adiós. Rece por mí, querido amigo».

En tales términos terminaba aquella extraña carta. Aunque nunca había visto a Bertha Rheinfeldt, mis ojos se llenaron de lágrimas ante la repentina noticia; me quedé sobrecogida, además de profundamente decepcionada.

El sol ya se había puesto y caía el crepúsculo cuando devolví la carta del general a mi padre.

Era una noche suave y despejada, y nos demoramos especulando sobre los posibles significados de aquellas frases violentas e inconexas que acababa de leer. Nos quedaba casi una milla de caminata antes de llegar al camino que pasa por delante del schloss, y para entonces la luna brillaba con esplendor. En el puente levadizo nos encontramos con madame Perrodon y mademoiselle De Lafontaine, que habían salido, sin sombrero, a disfrutar de la primorosa luz de la luna.

Oímos sus voces parloteando en animado diálogo al acercarnos. Nos unimos a ellas en el puente levadizo y nos volvimos para contemplar con ellas el hermoso paisaje.

El claro por el que acabábamos de pasear se extendía ante nosotros. A nuestra izquierda, el estrecho camino se alejaba serpenteando bajo espesuras de árboles señoriales y se perdía de vista en la frondosidad del bosque. A la derecha, ese mismo camino cruza el empinado y pintoresco puente, cerca del cual se alza una torre en ruinas que otrora custodiara aquel paso; y más allá del puente se eleva una eminencia escarpada, cubierta de árboles, que asoma entre las sombras algunas rocas grises cubiertas de hiedra.

Sobre el césped y los terrenos bajos se deslizaba como humo una tenue capa de niebla que señalaba las distancias con un velo transparente; y aquí y allá podíamos ver el río destellar débilmente a la luz de la luna.

No podía imaginarse un paisaje más suave ni más dulce. La noticia que acababa de escuchar lo teñía de melancolía, pero nada podía perturbar su carácter de profunda serenidad, ni la gloria encantada y la vaguedad de aquella perspectiva.

Mi padre, que disfrutaba de lo pintoresco, y yo nos quedamos contemplando en silencio la extensión que se abría a nuestros pies. Las dos buenas institutrices, de pie un poco más atrás, disertaban sobre el paisaje y se mostraban elocuentes a propósito de la luna.

Madame Perrodon era gorda, de mediana edad y romántica, y hablaba y suspiraba poéticamente. Mademoiselle De Lafontaine —que por parte de padre, que era alemán, presumía de ser psicológica, metafísica y un tanto mística— afirmó entonces que, cuando la luna brillaba con una luz tan intensa, era bien sabido que indicaba una actividad espiritual especial. El efecto de la luna llena en semejante estado de brillantez era múltiple. Actuaba sobre los sueños, actuaba sobre la locura, actuaba sobre las personas nerviosas, ejercía maravillosas influencias físicas ligadas a la vida. Mademoiselle relató que su primo, contramaestre en un buque mercante, tras echarse una siesta en cubierta en una noche semejante, tendido boca arriba, con el rostro de lleno bajo la luz de la luna, se había despertado, tras soñar con una anciana que le desgarraba la mejilla con las uñas, con las facciones horriblemente contraídas hacia un lado; y su semblante jamás había recuperado del todo el equilibrio.

—La luna, esta noche —dijo—, está llena de una influencia idílica y magnética... y miren, cuando contemplan a sus espaldas la fachada del schloss, cómo todas sus ventanas relumbran y titilan con ese plateado esplendor, como si manos invisibles hubiesen iluminado las estancias para recibir a huéspedes feéricos.

Hay ciertos estados indolentes del ánimo en los que, indispuestos para hablar nosotros mismos, la charla ajena resulta grata a nuestros oídos soñolientos; y yo seguí contemplando, complacida por el tintineo de la conversación de aquellas damas.

—Esta noche me ha dado por uno de mis accesos de abatimiento —dijo mi padre tras un silencio, y citando a Shakespeare, a quien solía leer en voz alta a fin de mantener nuestro inglés, recitó:

—«A decir verdad, no sé por qué estoy tan triste. Me cansa: dices que te cansa a ti; pero cómo lo contraje... cómo di con ello...».

—Olvido el resto. Pero siento como si una gran desdicha pendiera sobre nosotros. Supongo que la afligida carta del pobre general tiene algo que ver con ello.

En aquel momento, el insólito rumor de ruedas de carruaje y de numerosos cascos sobre el camino atrajo nuestra atención.

Parecían aproximarse desde el terreno elevado que dominaba el puente, y muy pronto la comitiva asomó por aquel punto. Primero cruzaron el puente dos jinetes; luego vino un carruaje tirado por cuatro caballos, y dos hombres cabalgaban detrás.

Fin del Episodio 2 · de 18

Un invitado · I

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