PRÓLOGO
~10 min · 1990 palabras
En un papel adjunto a la narración que sigue, el doctor Hesselius ha escrito una nota bastante minuciosa, que acompaña con una referencia a su ensayo sobre el extraño tema que el manuscrito esclarece.
Ese misterioso tema lo trata, en dicho ensayo, con su habitual erudición y perspicacia, y con notable franqueza y concisión. No constituirá sino un volumen de la serie de escritos recopilados de aquel hombre extraordinario.
Puesto que publico el caso, en este volumen, simplemente para suscitar el interés de los «profanos», no me adelantaré en nada a la inteligente dama que lo relata; y tras la debida consideración, he determinado, por tanto, abstenerme de presentar resumen alguno del razonamiento del docto médico, o extracto de su exposición sobre un asunto que describe como algo que «implica, nada improbablemente, algunos de los más profundos arcanos de nuestra existencia dual y sus intermediarios».
Al descubrir este papel, sentí vivos deseos de reanudar la correspondencia entablada por el doctor Hesselius, tantos años antes, con una persona tan inteligente y meticulosa como parece haber sido su informante. Con gran pesar por mi parte, sin embargo, descubrí que había fallecido en el intervalo.
Ella, probablemente, poco habría podido añadir a la narración que comunica en las páginas siguientes con, hasta donde alcanzo a juzgar, tan concienzudo detalle.
En Estiria, nosotros, aunque de ningún modo personas de alcurnia, habitamos un castillo, o schloss. Unos ingresos modestos rinden mucho en esa parte del mundo. Ochocientas o novecientas libras al año hacen maravillas. Bien escasos habrían resultado los nuestros entre la gente acomodada de nuestra patria. Mi padre es inglés, y yo llevo un nombre inglés, aunque jamás he visto Inglaterra. Pero aquí, en este paraje solitario y primitivo, donde todo es tan maravillosamente barato, en verdad no veo de qué manera una suma mucho mayor podría añadir nada material a nuestras comodidades, ni siquiera a nuestros lujos.
Mi padre estuvo al servicio de Austria, y se retiró con una pensión y su patrimonio, y compró esta residencia feudal, y la pequeña finca en que se alza, a precio de ganga.
Nada puede ser más pintoresco ni solitario. Se yergue sobre una ligera eminencia en un bosque. El camino, muy antiguo y estrecho, pasa por delante de su puente levadizo, jamás alzado en mis días, y de su foso, poblado de percas, surcado por numerosos cisnes y con blancas flotillas de nenúfares flotando en su superficie.
Sobre todo esto, el schloss muestra su fachada de innumerables ventanas, sus torres y su capilla gótica.
El bosque se abre en un claro irregular y muy pintoresco ante su puerta, y a la derecha un empinado puente gótico conduce el camino sobre un arroyo que serpentea en profunda sombra a través de la espesura. He dicho que este es un lugar muy solitario. Juzgad si digo la verdad. Mirando desde la puerta del vestíbulo hacia el camino, el bosque en el que se alza nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. La aldea habitada más próxima dista unas siete de vuestras millas inglesas hacia la izquierda. El schloss habitado más cercano que posea alguna resonancia histórica es el del viejo general Spielsdorf, a casi veinte millas a la derecha.
He dicho «la aldea habitada más próxima» porque a solo tres millas hacia el oeste, es decir, en dirección al schloss del general Spielsdorf, se halla una aldea en ruinas, con su pintoresca iglesita, hoy desprovista de techumbre, en cuya nave se encuentran los sepulcros en ruinas de la orgullosa familia de Karnstein, ya extinguida, que en otros tiempos fue dueña del no menos desolado castillo que, en la espesura del bosque, se alza dominando las silenciosas ruinas del pueblo.
Respecto a la causa del abandono de este paraje tan llamativo y melancólico, existe una leyenda que os relataré en otra ocasión.
Debo deciros ahora cuán reducido es el grupo que conforma los habitantes de nuestro castillo. No incluyo a los criados ni a aquellos dependientes que ocupan habitaciones en las dependencias anejas al schloss. ¡Escuchad y asombraos! Mi padre, que es el hombre más bondadoso de la tierra, aunque va envejeciendo; y yo, que en la fecha de mi historia no tenía más que diecinueve años. Han pasado ocho años desde entonces.
Mi padre y yo constituíamos toda la familia en el castillo. Mi madre, una dama de Estiria, murió en mi primera infancia, pero tuve una institutriz de buen carácter que me había acompañado, casi me atrevería a decir, desde la cuna. No alcanzaba a recordar una época en que su rostro gordo y bondadoso no fuera una estampa familiar en mi memoria.
Se trataba de madame Perrodon, natural de Berna, cuyos cuidados y bondad suplían ahora en parte para mí la pérdida de mi madre, a quien ni siquiera recuerdo, tan temprano la perdí. Ella era la tercera comensal en nuestras modestas cenas. Había una cuarta persona, mademoiselle De Lafontaine, una dama de las que ustedes llaman, creo, una «institutriz de perfeccionamiento». Esta hablaba francés y alemán; madame Perrodon, francés y un inglés macarrónico, a lo cual mi padre y yo añadíamos el inglés, que hablábamos todos los días en parte para evitar que se convirtiera en una lengua perdida entre nosotros y en parte por motivos patrióticos. El resultado era una babel de la que los forasteros solían reírse, y que no intentaré reproducir en este relato. Además, había dos o tres jóvenes amigas, más o menos de mi misma edad, que nos visitaban de vez en cuando por temporadas más o menos largas, visitas a las que a veces correspondía.
Estos eran nuestros recursos sociales habituales; pero, por descontado, había visitas fortuitas de «vecinos» a tan solo cinco o seis leguas de distancia. Mi vida era, no obstante, más bien solitaria, se lo aseguro.
Mis institutrices tenían sobre mí solo el control que cabría conjeturar que tendrían tan sabias personas en el caso de una muchacha bastante mimada, cuyo único progenitor le permitía hacer su voluntad en casi todo.
El primer suceso de mi existencia que causó una terrible impresión en mi mente, la cual, de hecho, jamás se ha borrado, fue uno de los más tempranos incidentes de mi vida que puedo recordar. Habrá quien lo considere tan baladí que no merezca ser consignado aquí; sin embargo, pronto comprenderán por qué lo menciono. El cuarto de los niños, como lo llamaban, si bien lo tenía enteramente para mí, era una estancia espaciosa situada en el piso superior del castillo, con un empinado techo de roble. No debía de tener más de seis años cuando una noche me desperté y, al mirar alrededor de la habitación desde mi cama, no vi a la doncella. Tampoco estaba allí mi aya, y me creí sola. No me asusté, pues era una de esas niñas afortunadas a quienes se mantiene deliberadamente en la ignorancia de los cuentos de fantasmas, de las historias de hadas y de toda esa tradición que nos hace taparnos la cabeza cuando una puerta cruje de improviso o el parpadeo de una vela agonizante hace bailar en la pared la sombra de un poste de la cama, acercándola a nuestros rostros. Me sentí disgustada y ofendida al verme, según creí, abandonada, y comencé a lloriquear como preludio a un buen ataque de berridos, cuando, para mi sorpresa, vi un rostro solemne, pero muy hermoso, que me miraba desde el borde de la cama. Era el de una joven dama que estaba arrodillada, con las manos bajo el cobertor. La miré con una suerte de grato asombro y cesé en mis sollozos. Me acarició con las manos, se tendió a mi lado en la cama y me atrajo hacia sí, sonriendo; me sentí de inmediato deliciosamente reconfortada y volví a quedarme dormida. Me despertó una sensación como si dos agujas se me clavasen muy hondo en el pecho en el mismo instante, y prorrumpí en un fuerte grito. La dama retrocedió con un sobresalto, con los ojos fijos en mí, y luego se deslizó hacia el suelo y, según creí, se ocultó bajo la cama.
Por primera vez sentí miedo y grité con todas mis fuerzas. La niñera, la doncella de niños y el ama de llaves acudieron corriendo y, al oír mi historia, le restaron importancia, mientras me calmaban cuanto podían. Pero, niña como era, pude percibir que sus rostros estaban pálidos con una inusitada expresión de inquietud, y las vi mirar debajo de la cama y por la habitación, atisbar bajo las mesas y abrir de par en par los armarios; y el ama de llaves le susurró a la niñera: —Posa la mano en ese hueco de la cama; alguien sí que se ha acostado ahí, tan seguro como que no fuiste tú; el sitio aún está tibio.
Recuerdo que la doncella me acariciaba y que las tres me examinaban el pecho, donde les dije que sentía el pinchazo, y declaraban que no había señal visible de que me hubiera ocurrido nada semejante.
El ama de llaves y las otras dos criadas encargadas del cuarto de los niños permanecieron en vela toda la noche; y desde aquel momento una criada veló siempre en el cuarto hasta que cumplí unos catorce años.
Me quedé muy nerviosa durante mucho tiempo después de aquello. Llamaron a un médico, un hombre pálido y de edad avanzada. Qué bien recuerdo su rostro alargado y saturnino, levemente picado de viruela, y su peluca castaña. Durante una buena temporada, cada dos días venía y me daba medicinas que, por supuesto, yo detestaba.
La mañana siguiente a haber visto aquella aparición me hallaba en un estado de terror y no soportaba que me dejaran sola ni un momento, a pesar de ser ya de día.
Recuerdo que mi padre subió y se detuvo junto a la cama, y habló animadamente, e hizo varias preguntas a la niñera, y rio con muchas ganas ante una de las respuestas; y dándome palmaditas en el hombro, me besó y me dijo que no tuviera miedo, que no era más que un sueño y que no podía hacerme daño.
Pero no me consolé, pues sabía que la visita de la extraña mujer no había sido un sueño; y estaba terriblemente asustada.
Me consoló un poco que la doncella me asegurara que había sido ella quien había venido a mirarme y se había acostado a mi lado en la cama, y que yo debía de estar medio soñando para no haber reconocido su rostro. Pero esto, aunque respaldado por la niñera, no me satisfizo del todo.
Recordé, en el transcurso de aquel día, a un anciano venerable, con sotana negra, que entró en la habitación con la niñera y el ama de llaves, y habló un poco con ellas, y muy afectuosamente conmigo; su rostro era muy dulce y bondadoso, y me dijo que íbamos a rezar, y me juntó las manos, y me pidió que dijera, en voz baja, mientras ellos rezaban: —Señor, escucha todas las buenas oraciones por nosotros, por amor a Jesús—. Creo que fueron exactamente esas palabras, pues a menudo me las repetía a mí misma, y durante años mi niñera me hizo decirlas en mis oraciones.
Recordaba tan bien el rostro pensativo y dulce de aquel anciano de cabellos blancos, con su sotana negra, de pie en aquella habitación ruda, alta y parda, rodeado de los toscos muebles al estilo de hacía trescientos años, y la escasa luz que penetraba en su sombría atmósfera a través de la pequeña celosía. Se arrodilló, y las tres mujeres con él, y rezó en voz alta con una voz fervorosa y temblorosa durante lo que a mí me pareció un largo rato. He olvidado toda mi vida anterior a aquel suceso, y durante algún tiempo después todo permanece también oscuro, pero las escenas que acabo de describir destacan tan vívidas como las imágenes aisladas de una fantasmagoría rodeada por la oscuridad.
Fin del Episodio 1 · de 18
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