Carmilla·Episodio 17

Prueba y ejecución

~6 min · 1214 palabras

Mientras hablaba, uno de los hombres de aspecto más extraño que jamás hubiera contemplado entró en la capilla por la puerta por la que Carmilla había entrado y salido. Era alto, de pecho estrecho, encorvado, de hombros alzados, y vestía de negro. Su rostro era cetrino y marchito, surcado por profundas arrugas; llevaba un sombrero de forma extravagante y ala ancha. Su cabello, largo y entrecano, le caía sobre los hombros. Llevaba gafas con montura de oro y caminaba despacio, con un extraño paso vacilante y torpe; con el rostro ora vuelto hacia el cielo, ora inclinado hacia el suelo, parecía mostrar una sonrisa perpetua; sus brazos, largos y delgados, se balanceaban, y sus manos huesudas, enfundadas en viejos guantes negros que le quedaban enormemente anchos, se agitaban y gesticulaban con absoluta distracción.

—¡El hombre preciso! —exclamó el general, adelantándose con manifiesto regocijo—. Mi querido barón, ¡qué alegría me da verle!, no abrigaba esperanzas de encontrarle tan pronto. Hizo una seña a mi padre, que para entonces ya había regresado, y condujo a su encuentro al estrafalario anciano caballero, a quien llamó barón. Lo presentó formalmente y enseguida entablaron una grave conversación. El forastero sacó un rollo de papel del bolsillo y lo desplegó sobre la superficie desgastada de un sepulcro cercano. Sostenía un portaminas entre los dedos, con el que trazaba líneas imaginarias de un punto a otro sobre el papel, el cual, por las frecuentes miradas que ambos dirigían alternativamente hacia él y hacia ciertos puntos del edificio, deduje que se trataba de un plano de la capilla. Acompañaba lo que podría llamar su disertación con lecturas ocasionales de un librito mugriento, cuyas amarillentas hojas estaban cubiertas de apretada escritura.

Pasearon juntos a lo largo de la nave lateral, frente al lugar donde yo me hallaba, conversando según avanzaban; luego empezaron a medir distancias a pasos y, por último, se detuvieron todos juntos, de cara a un tramo del muro lateral, que se pusieron a examinar con suma minuciosidad; arrancando la hiedra adherida a él y golpeando el yeso con las conteras de sus bastones, raspando aquí y tanteando allá. Al cabo constataron la existencia de una ancha lápida de mármol, con letras grabadas en relieve sobre ella.

Con la ayuda del leñador, que regresó al poco tiempo, quedaron al descubierto una inscripción monumental y un escudo esculpido. Resultaron ser los del monumento, desaparecido largo tiempo atrás, de Mircalla, condesa de Karnstein.

El viejo general, aunque me temo que poco inclinado a las plegarias, alzó las manos y los ojos al cielo, en muda acción de gracias durante unos momentos.

—Mañana —le oí decir—, el comisionado estará aquí y se celebrará la inquisición conforme a la ley.

Luego, volviéndose hacia el anciano de las gafas de oro que he descrito, le estrechó calurosamente ambas manos y dijo:

—Barón, ¿cómo podré agradecérselo? ¿Cómo podremos agradecérselo todos? Habrá librado a esta región de una plaga que ha azotado a sus habitantes durante más de un siglo. Al horrible enemigo, gracias a Dios, por fin se le ha seguido el rastro.

Mi padre se llevó al forastero aparte, y el general los siguió. Sé que los apartó fuera del alcance del oído para poder relatarles mi caso, y vi que a menudo me lanzaban miradas rápidas a medida que avanzaba la conversación.

Mi padre se acercó a mí, me besó una y otra vez y, sacándome de la capilla, dijo:

—Es hora de volver, pero antes de ir a casa debemos sumar a nuestro grupo al buen sacerdote, que vive a muy poca distancia de aquí, y convencerle de que nos acompañe al castillo.

Tuvimos éxito en esta pesquisa; y me alegré, pues me hallaba indeciblemente fatigada cuando llegamos a casa. Pero mi satisfacción se tornó en consternación al descubrir que no había noticias de Carmilla. De la escena ocurrida en la capilla en ruinas no se me ofreció explicación alguna, y resultaba evidente que era un secreto que mi padre, por el momento, estaba resuelto a ocultarme.

La siniestra ausencia de Carmilla me hacía aún más horrible el recuerdo de aquella escena. Las disposiciones para la noche fueron singulares. Dos sirvientas y madame debían velar en mi habitación aquella noche; y el eclesiástico, junto con mi padre, hacía guardia en el vestidor contiguo.

El sacerdote había oficiado ciertos ritos solemnes aquella noche, cuyo propósito no comprendí, como tampoco alcancé a entender el motivo de tan extraordinaria precaución tomada para mi seguridad durante el sueño.

Lo vi todo con claridad pocos días después.

A la desaparición de Carmilla siguió el cese de mis sufrimientos nocturnos.

Habrá oído hablar, sin duda, de la pavorosa superstición que prevalece en la Alta y la Baja Estiria, en Moravia, Silesia, en la Serbia turca, en Polonia e incluso en Rusia; la superstición, pues así debemos llamarla, del Vampiro.

Si el testimonio humano, tomado con todo el rigor y la solemnidad, judicialmente, ante innumerables comisiones compuestas cada una de múltiples miembros, todos ellos elegidos por su probidad e inteligencia, y que constituyen informes quizá más voluminosos que cuantos existen sobre cualquier otra clase de casos, vale de algo, resulta difícil negar, o siquiera dudar, de la existencia de un fenómeno semejante al del Vampiro.

Por mi parte, no he oído teoría alguna con la que explicar lo que yo misma he presenciado y experimentado, fuera de la proporcionada por la antigua y bien atestiguada creencia del país.

Al día siguiente tuvieron lugar las diligencias oficiales en la capilla de Karnstein.

Se abrió la tumba de la condesa Mircalla, y el general y mi padre reconocieron, cada uno por su cuenta, a su pérfida y hermosa huésped en el rostro que ahora quedaba a la vista. Las facciones, a pesar de que habían transcurrido ciento cincuenta años desde sus exequias, estaban teñidas con la calidez de la vida. Tenía los ojos abiertos; ningún hedor cadavérico se exhalaba del ataúd. Los dos facultativos, uno presente a título oficial y el otro por parte del promotor de la pesquisa, dieron fe del portentoso hecho de que existía una respiración débil pero apreciable, y una correspondiente actividad cardíaca. Los miembros eran perfectamente flexibles, la carne elástica; y el ataúd de plomo flotaba en sangre, en la cual, a una profundidad de siete pulgadas, yacía sumergido el cuerpo.

He aquí, pues, todos los signos y pruebas admitidos del vampirismo. En consecuencia, de acuerdo con la antigua usanza, se levantó el cuerpo y se clavó una estaca afilada en el corazón del vampiro, que profirió en aquel instante un alarido desgarrador, semejante en todo al que pudiera escapársele a una persona viva en la última agonía. Acto seguido se le cortó la cabeza, y un torrente de sangre brotó del cuello cercenado. A continuación, el cuerpo y la cabeza se colocaron sobre una pira de leña y se redujeron a cenizas, que fueron arrojadas al río y arrastradas por la corriente; y desde entonces aquel territorio jamás ha vuelto a verse asolado por las visitas de un vampiro.

Mi padre conserva una copia del informe de la Comisión Imperial, con las firmas de todos los que estuvieron presentes en aquellas diligencias, adjuntas para dar fe de la declaración. Es a partir de este documento oficial como he resumido mi relato de esta última y estremecedora escena.

Fin del Episodio 17 · de 18

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