Carmilla·Episodio 18

Conclusión

~7 min · 1370 palabras

Supondrá usted que escribo todo esto con serenidad. Pero nada más lejos; no puedo pensar en ello sin agitarme. Solo su vehemente deseo, expresado en tantas ocasiones, podría haberme inducido a acometer una tarea que ha desquiciado mis nervios para los meses venideros y ha hecho renacer una sombra del indecible horror que, años después de mi liberación, continuó haciendo espantosos mis días y mis noches, e insoportablemente terrorífica la soledad.

Permítaseme añadir una o dos palabras acerca de aquel pintoresco barón Vordenburg, a cuyos curiosos conocimientos debimos el descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.

Había fijado su residencia en Gratz, donde, viviendo con una mísera pensión, que era todo cuanto le restaba de las posesiones antaño principescas de su familia en la Alta Estiria, se consagró a la minuciosa y laboriosa investigación de la prodigiosamente acreditada tradición del vampirismo. Se sabía al dedillo todas las obras, grandes y pequeñas, consagradas a la materia.

«Magia Posthuma», «Phlegon de Mirabilibus», «Augustinus de cura pro Mortuis», «Philosophicae et Christianae Cogitationes de Vampiris», de John Christofer Herenberg; y otras mil más, entre las cuales solo recuerdo unas pocas de las que prestó a mi padre. Poseía una voluminosa recopilación de todas las causas judiciales, de la que había extraído un sistema de principios que parecen gobernar —algunos siempre, y otros tan solo en ocasiones— la condición del vampiro. Debo mencionar, de paso, que la palidez mortal atribuida a esa clase de revenants no es más que una ficción melodramática. Presentan, en la tumba y cuando se muestran en la sociedad humana, la apariencia de una vida saludable. Cuando son expuestos a la luz en sus ataúdes, exhiben todos los síntomas enumerados como aquellos que demostraron la condición vampírica de la condesa Karnstein, fallecida tanto tiempo atrás.

Cómo escapan de sus sepulturas y regresan a ellas durante ciertas horas cada día, sin remover la tierra ni dejar la menor huella de alteración en el estado del féretro o de las mortajas, siempre se ha tenido por enteramente inexplicable. La existencia anfibia del vampiro se sustenta en un sueño renovado a diario en la tumba. Su horrible avidez de sangre viva suministra el vigor a su existencia despierta. El vampiro es propenso a sentirse fascinado, con una vehemencia absorbente semejante a la pasión amorosa, por determinadas personas. En pos de ellas desplegará una paciencia e ingenio inagotables, pues el acceso a un blanco concreto puede hallarse obstaculizado de cien maneras. Jamás desistirá hasta haber saciado su pasión y agotado hasta la última gota de vida de su codiciada víctima. Pero en tales casos administrará y prolongará su mortífero disfrute con el refinamiento de un epicúreo, y lo intensificará mediante las graduales aproximaciones de un astuto cortejo. En estas circunstancias parece anhelar algo semejante a la simpatía y el consentimiento. En los casos ordinarios se dirige directo a su objetivo, lo somete con violencia, y a menudo lo estrangula y lo agota en un único festín.

El vampiro se halla sujeto, por lo visto, en ciertas situaciones, a condiciones especiales. En el caso particular del que le he hecho relación, Mircalla parecía limitada a un nombre que, de no ser el verdadero, debía reproducir al menos, sin omitir ni añadir una sola letra, aquellas que, anagramáticamente hablando, lo componen.

Así lo hizo Carmilla; y así también Millarca.

Mi padre refirió al barón Vordenburg, que permaneció con nosotros dos o tres semanas tras la expulsión de Carmilla, la historia acerca del noble moravo y el vampiro en el camposanto de Karnstein, y luego le preguntó al barón cómo había descubierto la posición exacta de la tumba, largo tiempo oculta, de la condesa Mircalla. Las grotescas facciones del barón se fruncieron en una misteriosa sonrisa; bajó la mirada, aún sonriendo hacia su gastada funda de gafas, y jugueteó con ella. Luego, alzando la vista, dijo:

—Poseo numerosos diarios y otros documentos escritos por aquel hombre extraordinario; el más curioso de ellos es uno que trata de la visita a Karnstein de la que habla. La tradición, por supuesto, desvanece y distorsiona un poco las cosas. Bien pudo llamársele noble moravo, pues había trasladado su residencia a aquel territorio y era, además, un noble. Pero era, a decir verdad, oriundo de la Alta Estiria. Baste decir que en su más temprana juventud había sido amante apasionado y correspondido de la hermosa Mircalla, condesa Karnstein. La temprana muerte de ella lo sumió en un desconsuelo inconsolable. Está en la naturaleza de los vampiros crecer y multiplicarse, pero con arreglo a una ley comprobada y fantasmal.

—Supóngase, para empezar, un territorio enteramente libre de esa peste. ¿Cómo se inicia y cómo se multiplica? Se lo diré. Una persona, más o menos perversa, se quita la vida. Un suicida, bajo ciertas circunstancias, se convierte en vampiro. Ese espectro visita a las personas vivas en sus sueños; estas mueren y, casi de manera invariable, se transforman en vampiros en la sepultura. Así ocurrió en el caso de la hermosa Mircalla, a quien atormentó uno de esos demonios. Mi antepasado Vordenburg, cuyo título aún ostento, no tardó en descubrirlo, y en el curso de los estudios a los que se consagró, aprendió muchísimo más.

—Entre otras cosas, concluyó que las sospechas de vampirismo recaerían con probabilidad, tarde o temprano, sobre la difunta condesa, que en vida había sido su ídolo. Le horrorizaba la idea, fuese ella lo que fuese, de que sus restos fueran profanados por la afrenta de una ejecución póstuma. Dejó un curioso escrito para demostrar que el vampiro, al ser expulsado de su existencia anfibia, es proyectado hacia una vida mucho más espantosa; y resolvió librar de ello a quien antaño fuera su amada Mircalla.

—Adoptó la estratagema de viajar hasta aquí, fingió un traslado de sus restos e hizo desaparecer por completo su monumento. Cuando la vejez se le echó encima y, desde el valle de los años, contempló en retrospectiva las escenas que dejaba atrás, juzgó con un ánimo distinto lo que había hecho, y el horror se adueñó de él. Trazó los planos y redactó las notas que me han guiado hasta el mismo sitio, y compuso una confesión del engaño que había perpetrado. Si tuvo la intención de tomar alguna otra medida en este asunto, la muerte se lo impidió; y la mano de un remoto descendiente ha dirigido, demasiado tarde para muchos, la persecución hasta la guarida de la bestia.

Hablamos un poco más, y entre otras cosas dijo esto:

—Un rasgo del vampiro es la fuerza de su mano. La esbelta mano de Mircalla se cerró como una mordaza de acero sobre la muñeca del general cuando este alzó el hacha para asestar el golpe. Pero su fuerza no se limita al agarre; deja un entumecimiento en el miembro que apresa del que cuesta recuperarse, si es que alguna vez se logra.

La primavera siguiente, mi padre me llevó de viaje por Italia. Permanecimos fuera más de un año. Pasó mucho tiempo antes de que se disipara el terror de los sucesos recientes; y todavía hoy la imagen de Carmilla regresa a mi memoria con ambiguas alternancias: a veces la hermosa muchacha, juguetona y lánguida; a veces el demonio retorcido que vi en la iglesia en ruinas; y a menudo me he sobresaltado en mitad de un ensueño, figurándome oír el paso ligero de Carmilla ante la puerta del salón.

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Fin del Episodio 18 · de 18

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