Carmilla·Episodio 15

El leñador

~8 min · 1639 palabras

Pronto surgieron, sin embargo, algunos inconvenientes. En primer lugar, Millarca se quejaba de una languidez extrema —la debilidad que le había quedado tras su reciente enfermedad— y jamás salía de su habitación hasta bien avanzada la tarde. En segundo lugar, se descubrió por casualidad que, aunque siempre cerraba la puerta con llave por dentro y nunca movía la llave de su sitio hasta que permitía entrar a la doncella para asistirla en su tocador, sin duda alguna se ausentaba a veces de su cuarto a horas muy tempranas de la mañana, y en varias ocasiones a lo largo del día, antes de la hora en que daba a entender que ya estaba levantada. En repetidas ocasiones se la vio desde las ventanas del castillo, en las primeras y pálidas luces del alba, caminando entre los árboles en dirección al este, con el aspecto de una persona en trance. Esto me convenció de que era sonámbula. Pero tal hipótesis no resolvía el enigma. ¿Cómo salía de su cuarto, dejando la puerta cerrada con llave por dentro? ¿Cómo escapaba de la casa sin descorrer el cerrojo de una sola puerta o ventana?

—En medio de mis perplejidades, se presentó una inquietud de índole mucho más apremiante.

—Mi querida niña empezó a perder el buen semblante y la salud, y de un modo tan misterioso, e incluso espantoso, que me alarmé sobremanera.

—Al principio la asaltaron sueños aterradores; luego, según se imaginaba, un espectro que a veces se parecía a Millarca y otras tenía la forma de una bestia, apenas visible, que rondaba a los pies de su cama de un lado a otro.

—Por último, llegaron las sensaciones. Una de ellas, nada desagradable, pero muy singular, decía que se parecía al curso de una corriente helada contra el pecho. Más adelante, sintió que algo semejante a dos gruesas agujas le atravesaba un poco más abajo de la garganta, con un dolor intensísimo. Pocas noches después, siguió una gradual y convulsiva sensación de estrangulamiento; luego sobrevenía la inconsciencia.

Podía oír con total claridad cada una de las palabras del bondadoso anciano general, pues a esas alturas íbamos ya sobre la hierba corta que se extiende a ambos lados del camino al aproximarse a la aldea destechada, de cuyas chimeneas no salía humo desde hacía más de medio siglo.

Fácil es imaginar la extrañeza que sentí al oír mis propios síntomas tan exactamente descritos en los que había padecido la pobre muchacha que, de no haber sido por la catástrofe que sobrevino, en aquel instante habría estado alojada en el castillo de mi padre. ¡Pueden figurarse también lo que experimenté al oírle detallar costumbres y misteriosas peculiaridades que eran, en verdad, las de nuestra hermosa huésped, Carmilla!

Se abrió una perspectiva en el bosque; de pronto nos encontramos bajo las chimeneas y los piñones de la aldea en ruinas, y las torres y almenas del desmantelado castillo, en torno al cual se agrupaban árboles gigantescos, se alzaban sobre nosotros desde una ligera eminencia.

Como en un sueño espantoso bajé del carruaje, y en silencio, pues cada uno tenía sobrados motivos para reflexionar; no tardamos en salvar la cuesta y nos encontramos entre las espaciosas estancias, las escaleras de caracol y los oscuros pasadizos del castillo.

—¡Y esta fue en otro tiempo la suntuosa residencia de los Karnstein! —dijo al fin el anciano general, mientras miraba por una gran ventana más allá de la aldea y contemplaba la vasta y ondulante extensión del bosque—. Era una mala familia, y aquí se escribieron sus anales ensangrentados —continuó—. Es muy duro que, aun después de muertos, continúen asolando a la raza humana con sus atroces apetitos. Aquella es la capilla de los Karnstein, allá abajo.

Señaló hacia abajo, a los muros grises del edificio gótico, visibles en parte a través del follaje, un poco más abajo en la pendiente. —Y oigo el hacha de un leñador —añadió—, afanado entre los árboles que la rodean; tal vez él pueda darnos los informes que ando buscando e indicarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karnstein. Estos campesinos conservan las tradiciones locales de las grandes familias, cuyas historias se extinguen entre los ricos y titulados tan pronto como las familias mismas desaparecen.

—En casa tenemos un retrato de Mircalla, la condesa Karnstein; ¿le gustaría verlo? —preguntó mi padre.

—Habrá tiempo, querido amigo —respondió el general—. Creo haber visto el original; y un motivo que me ha traído hasta usted antes de lo que al principio pensaba era el de explorar la capilla a la que ahora nos aproximamos.

—¡Cómo! ¿Ver a la condesa Mircalla? —exclamó mi padre—. ¡Pero si lleva muerta más de un siglo!

—No tan muerta como cree, según me dicen —respondió el general.

—Le confieso, general, que me deja perplejo por completo —respondió mi padre, mirándolo, según me pareció, por un momento con el retorno de la sospecha que antes había advertido. Pero aunque a veces había cólera y aborrecimiento en el comportamiento del anciano general, no había nada de desvarío.

—No me queda —dijo, mientras pasábamos bajo el pesado arco de la iglesia gótica, pues sus dimensiones habrían justificado el darle tal nombre— sino un único propósito que pueda interesarme durante los pocos años que me quedan en la tierra, y es descargar sobre ella la venganza que, a Dios gracias, aún puede llevar a cabo un brazo mortal.

—¿A qué venganza puede referirse? —preguntó mi padre, con creciente asombro.

—Me refiero a decapitar al monstruo —respondió con una feroz llamarada en el rostro y un pisotón que resonó lúgubremente por la hueca ruina, mientras al mismo tiempo alzaba el puño cerrado como si empuñara el mango de un hacha, agitándolo con ferocidad en el aire.

—¿Qué? —exclamó mi padre, más desconcertado que nunca.

—A cortarle la cabeza.

—¡Cortarle la cabeza!

—Sí, con un hacha, con una pala o con cualquier cosa que pueda hendir su garganta asesina. Ya lo oirá —respondió, temblando de rabia. Y apresurando el paso, añadió:

—Esa viga servirá de asiento; su querida niña está fatigada; deje que se siente, y yo, en pocas frases, pondré fin a mi espantosa historia.

El madero escuadrado, que yacía sobre el enlosado cubierto de hierba de la capilla, formaba un banco en el que me alegré mucho de sentarme; y entretanto, el general llamó al leñador, que había estado retirando unas ramas que se apoyaban contra los viejos muros; y, con el hacha en la mano, el robusto anciano se presentó ante nosotros.

Nada supo decirnos de aquellos monumentos; pero había un anciano, dijo, un guardabosque de aquel bosque, alojado al presente en casa del cura, a unas dos millas de distancia, que podía indicarnos cada monumento de la antigua familia Karnstein; y, por una menudencia, se comprometió a traerlo consigo en poco más de media hora, si le prestábamos uno de nuestros caballos.

—¿Lleva usted mucho tiempo empleado en este bosque? —preguntó mi padre al anciano.

—He sido leñador aquí —respondió en su dialecto—, a las órdenes del guardabosque, durante toda mi vida; y lo mismo mi padre antes de mí, y así tantas generaciones cuantas puedo contar. Podría mostrarle en la aldea la casa misma en que vivieron mis antepasados.

—¿Cómo fue que la aldea quedó desierta? —preguntó el general.

—Estaba atormentada por retornados, señor; a varios se les siguió la pista hasta sus tumbas, donde fueron descubiertos mediante las pruebas de costumbre y aniquilados del modo habitual: por decapitación, por la estaca y por el fuego; pero no antes de que murieran muchos de los aldeanos.

—Pero tras todos estos procedimientos conforme a la ley —continuó—, tantas tumbas abiertas y tantos vampiros privados de su horrible animación, la aldea no halló alivio. Mas un noble moravo, que por casualidad viajaba por estos rumbos, se enteró de la situación y, siendo experto —como lo son muchos en su país— en tales materias, se ofreció a librar a la aldea de su atormentador. Y lo hizo de este modo: habiendo una luna brillante aquella noche, subió poco después de la puesta del sol a las torres de esta capilla, desde donde podía ver con claridad el camposanto a sus pies; puede verse desde aquella ventana. Desde este punto vigiló hasta que vio al vampiro salir de su tumba, dejar junto a ella las ropas de lino en que había sido envuelto y deslizarse luego hacia la aldea para atormentar a sus habitantes.

—El forastero, habiendo visto todo esto, bajó del campanario, tomó los lienzos del vampiro y los llevó hasta lo alto de la torre, a la que volvió a subir. Cuando el vampiro regresó de sus correrías y no encontró sus ropas, gritó furioso al moravo, a quien vio en la cima de la torre y quien, en respuesta, le hizo señas para que subiera a buscarlas. Ante lo cual el vampiro, aceptando su invitación, empezó a trepar por el campanario, y tan pronto como alcanzó las almenas, el moravo, de un tajo de espada, le partió el cráneo en dos, arrojándolo al camposanto, adonde, bajando por la escalera de caracol, el forastero lo siguió y le cortó la cabeza; y al día siguiente entregó esta y el cuerpo a los aldeanos, quienes debidamente los empalaron y quemaron.

—Este noble moravo contaba con la autorización del por entonces cabeza de familia para trasladar la tumba de Mircalla, condesa Karnstein, cosa que hizo con tanta eficacia que, al poco tiempo, su emplazamiento quedó por completo olvidado.

—¿Puede indicarme dónde se encontraba? —preguntó el general, con avidez.

El guardabosques negó con la cabeza y sonrió.

—Ni un alma viva podría decírselo ahora —dijo—; además, dicen que su cuerpo fue trasladado, pero de eso tampoco está seguro nadie.

Habiendo hablado así, y como el tiempo apremiaba, dejó caer su hacha y se marchó, dejándonos para que escucháramos el resto de la extraña historia del general.

Fin del Episodio 15 · de 18

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