Una petición
~8 min · 1557 palabras
Entonces hemos de perder a Madame la Comtesse, pero espero que solo por unas horas —dije con una profunda reverencia.
—Puede que solo sea eso, o puede que sean unas semanas. Ha sido muy desafortunado que me hablara justo ahora como lo ha hecho. ¿Me reconoce ahora?
Le aseguré que no.
—Ya me conocerá —dijo ella—, pero no por ahora. Somos más viejos y mejores amigos de lo que tal vez sospecha. Aún no puedo revelarme. Dentro de tres semanas pasaré cerca de su hermoso castillo, sobre el cual he estado haciendo averiguaciones. Entonces entraré a verle durante una hora o dos, y renovaré una amistad en la que nunca pienso sin mil gratos recuerdos. En este mismo instante me ha alcanzado una noticia como un rayo. Debo partir ahora y viajar por una ruta tortuosa, cerca de cien millas, con toda la presteza que me sea posible. Mis perplejidades se multiplican. Solo la obligada reserva que guardo respecto a mi nombre me disuade de hacerle una petición muy singular. Mi pobre hija aún no ha recuperado del todo las fuerzas. Su caballo cayó con ella en una cacería a la que había salido a caballo para presenciarla; sus nervios aún no se han repuesto de la conmoción, y nuestro médico afirma que por ningún motivo debe hacer esfuerzos durante algún tiempo. Llegamos aquí, por consiguiente, en etapas muy suaves, apenas seis leguas al día. Ahora debo viajar día y noche en una misión de vida o muerte; una misión cuya naturaleza crítica y trascendental podré explicarle cuando nos encontremos, como espero que hagamos en unas pocas semanas, sin necesidad de ocultamiento alguno.
Continuó exponiendo su ruego, y lo hizo en el tono de una persona de quien semejante petición equivalía a conceder un favor más que a solicitarlo.
Esto se debía tan solo a sus maneras y, según parecía, de forma del todo inconsciente. En cuanto a los términos en que estaba expresada, nada podía haber más suplicante. Consistía sencillamente en que consintiera en hacerme cargo de su hija durante su ausencia.
Aquella era, bien mirado todo, una petición extraña, por no decir audaz. En cierto modo me desarmó al exponer y admitir cuanto pudiera alegarse en contra, y encomendarse por entero a mi caballerosidad. En ese mismo instante, por una fatalidad que parece haber predeterminado todo cuanto sucedió, mi pobre niña se acercó a mi lado y, en voz baja, me suplicó que invitara a su nueva amiga, Millarca, a hacernos una visita. Acababa de tantearla y pensaba que, si su mamá se lo permitía, a ella le agradaría en extremo.
En otro momento le habría dicho que esperase un poco, al menos hasta que supiéramos quiénes eran. Pero no disponía de un solo instante para reflexionar. Las dos damas me asediaron a la vez, y debo confesar que el rostro refinado y hermoso de la joven, en el que había algo sumamente cautivador, así como la elegancia y el fuego de la alta cuna, me decidieron; y, abrumado por completo, cedí y asumí, con demasiada ligereza, el cuidado de la joven, a quien su madre llamaba Millarca.
La condesa hizo una seña a su hija, quien escuchó con grave atención mientras le explicaba, en términos generales, con cuánta premura y perentoriedad había sido llamada, y también la disposición que había tomado para que quedara bajo mi custodia, añadiendo que yo era uno de sus amigos más antiguos y preciados.
Pronuncié, por supuesto, las palabras que la ocasión parecía requerir, y me encontré, al reflexionar, en una posición que no me gustaba ni a medias.
El caballero de negro regresó y, con gran ceremonia, acompañó a la dama fuera del salón.
El comportamiento de este caballero fue tal que me produjo la convicción de que la condesa era una dama de muchísima más importancia de lo que su modesto título, por sí solo, me habría inducido a suponer.
El último encargo que me hizo fue que no intentara averiguar más sobre ella de lo que ya hubiese conjeturado, hasta su regreso. Nuestro insigne anfitrión, de quien era huésped, conocía sus motivos.
—Pero aquí —dijo—, ni mi hija ni yo podríamos permanecer a salvo más de un día. Me quité la máscara con imprudencia por un momento, hace cerca de una hora, y, demasiado tarde, me pareció que usted me veía. De modo que resolví buscar la oportunidad de hablar un poco con usted. De haber descubierto que me había visto, habría apelado a su elevado sentido del honor para que guardara mi secreto durante unas semanas. Tal como están las cosas, tengo la seguridad de que no me vio; pero si ahora sospecha, o, pensándolo bien, llegara a sospechar quién soy, me encomiendo de igual modo por entero a su honor. Mi hija guardará el mismo secreto, y bien sé que usted se lo recordará de vez en cuando, no sea que lo revele por descuido.
Susurró unas palabras a su hija, la besó con premura dos veces y se marchó, acompañada por el pálido caballero de negro, desapareciendo entre la multitud.
—En la habitación contigua —dijo Millarca— hay una ventana que da a la puerta del vestíbulo. Me gustaría ver a mamá por última vez y enviarle un beso con la mano.
Accedimos, desde luego, y la acompañamos a la ventana. Miramos hacia afuera y vimos un hermoso carruaje a la antigua usanza, con una tropa de correos y lacayos. Vimos la esbelta figura del pálido caballero de negro mientras sostenía una gruesa capa de terciopelo, se la echaba sobre los hombros y le cubría la cabeza con la capucha. Ella asintió hacia él y apenas rozó su mano con la suya. Él se inclinó profundamente en repetidas ocasiones mientras la portezuela se cerraba y el carruaje comenzaba a moverse.
—Se ha ido —dijo Millarca con un suspiro.
—Se ha ido —me repetí para mis adentros, reflexionando por primera vez— en los apresurados momentos transcurridos desde mi consentimiento —sobre la insensatez de mi proceder.
—No ha mirado hacia arriba —dijo la joven con tono lastimero.
—Tal vez la condesa se había quitado la máscara y no deseaba mostrar el rostro —dije—; además, no podía saber que estaba usted a la ventana.
Suspiró y me miró a la cara. Era tan hermosa que me ablandé. Me pesó haberme arrepentido por un momento de mi hospitalidad, y decidí desagraviarla por la inconfesada mezquindad de mi acogida.
La joven, colocándose de nuevo la máscara, se unió a mi pupila para convencerme de que regresáramos a los jardines, donde pronto se reanudaría el concierto. Así lo hicimos, y paseamos arriba y abajo por la terraza que se extiende bajo las ventanas del castillo.
Millarca entabló una gran confianza con nosotros y nos entretuvo con vivas descripciones y anécdotas de la mayoría de los grandes personajes a los que veíamos en la terraza. Me agradaba más y más a cada minuto. Sus cotilleos, sin ser maliciosos, resultaban sumamente entretenidos para mí, que llevaba tanto tiempo apartado del gran mundo. Pensé en la vida que infundiría a nuestras veladas en casa, a veces tan solitarias.
Aquel baile no terminó hasta que el sol de la mañana casi hubo alcanzado el horizonte. Al gran duque le plugo bailar hasta entonces, de modo que la gente leal no podía marcharse ni pensar en acostarse.
Acabábamos de cruzar un abarrotado salón cuando mi pupila me preguntó qué había sido de Millarca. Yo creía que estaba a su lado, y ella pensaba que estaba al mío. El caso fue que la habíamos perdido.
Todos mis esfuerzos por encontrarla fueron en vano. Temí que, en la confusión de una momentánea separación de nosotros, hubiera confundido a otras personas con sus nuevos amigos y, posiblemente, las hubiera seguido y se hubiera extraviado en los extensos jardines que estaban abiertos ante nosotros.
—Ahora reconocí, con toda su fuerza, una nueva insensatez al haberme hecho cargo de una señorita sin saber siquiera su nombre; y atado como estaba por promesas de cuyos motivos para imponérmelas nada sabía, ni siquiera podía orientar mis pesquisas diciendo que la señorita desaparecida era la hija de la condesa que había partido unas horas antes.
—Despuntó la mañana. Ya era de pleno día antes de que desistiera de mi búsqueda. No fue sino hacia las dos de la tarde del día siguiente cuando tuvimos noticias de la joven encomendada a mi cargo.
—Hacia esa hora, un criado llamó a la puerta de mi sobrina para decir que una señorita, que parecía hallarse sumamente angustiada, le había rogado encarecidamente que averiguase dónde podía encontrar al general barón Spielsdorf y a la señorita su hija, a cuyo cargo la había dejado su madre.
—No cabía duda, a pesar de la ligera inexactitud, de que nuestra joven amiga había aparecido; y así era. ¡Quisiera el cielo que la hubiéramos perdido!
—Le contó a mi pobre hija una historia para justificar el no habernos encontrado durante tanto tiempo. Muy tarde, según dijo, había llegado al dormitorio del ama de llaves, desesperando ya de dar con nosotros, y había caído en un profundo sueño que, por prolongado que fuese, apenas había bastado para reponer sus fuerzas tras las fatigas del baile.
—Aquel día Millarca vino a casa con nosotros. Después de todo, yo estaba más que feliz de haber conseguido una compañera tan encantadora para mi querida niña.
Fin del Episodio 14 · de 18
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