Carmilla·Episodio 13

La historia

~7 min · 1488 palabras

De todo corazón —dijo el general, con esfuerzo; y tras una breve pausa para ordenar sus ideas, dio comienzo a una de las narraciones más extrañas que jamás he oído.

—Mi querida niña esperaba con vivísima ilusión la visita que usted había tenido la bondad de disponer para ella a su encantadora hija. —Aquí me dedicó una reverencia galante pero melancólica—. Entretanto, teníamos una invitación de mi viejo amigo el conde Carlsfeld, cuyo castillo se halla a unas seis leguas al otro lado de Karnstein. Era para asistir a la serie de fiestas que, como recordará, ofreció en honor de su ilustre visitante, el gran duque Carlos.

—Sí; y según creo, fueron muy espléndidas —dijo mi padre.

—¡Principezcas! Aunque, bien mirado, su hospitalidad es verdaderamente regia. Posee la lámpara de Aladino. La noche de la que data mi desdicha estuvo consagrada a un magnífico baile de máscaras. Los jardines quedaron abiertos de par en par, y de los árboles colgaban farolillos de colores. Hubo tal despliegue de fuegos artificiales como el propio París jamás había presenciado. ¡Y qué música —la música, ya lo sabe, es mi debilidad—, qué música tan arrebatadora! La mejor orquesta instrumental, tal vez, del mundo, y los cantantes más insignes que pudieron reunirse de todas las grandes óperas de Europa. Al pasear por aquellos terrenos iluminados de forma fantástica, mientras el castillo bañado por la luna proyectaba una luz rosada desde sus largas hileras de ventanas, de pronto se oían aquellas voces cautivadoras deslizándose desde el silencio de algún bosquecillo o elevándose desde las barcas en el lago. Al mirar y escuchar, me sentí transportado al romanticismo y la poesía de mi temprana juventud.

Cuando concluyeron los fuegos artificiales y comenzaba el baile, regresamos a la noble serie de salones abiertos para los danzantes. Un baile de máscaras, ya lo sabe usted, es un hermoso espectáculo; pero jamás había presenciado una función de semejante brillantez.

Era una concurrencia sumamente aristocrática. Yo mismo era casi el único «don nadie» presente.

Mi querida niña estaba verdaderamente hermosa. No llevaba máscara. Su entusiasmo y su deleite añadían un encanto indecible a sus facciones, siempre preciosas. Me percaté de una joven, vestida con magnificencia pero que llevaba máscara, que me pareció estar observando a mi pupila con extraordinario interés. La había visto antes, esa misma noche, en el gran vestíbulo, y de nuevo, durante unos minutos, paseando cerca de nosotros por la terraza bajo las ventanas del castillo, entregada a la misma ocupación. Una dama, también enmascarada, vestida con riqueza y gravedad, y con un porte majestuoso, propio de una persona de rango, la acompañaba como carabina.

De no haber llevado máscara la joven, desde luego habría podido tener mucha más certeza acerca de si en verdad estaba observando a mi pobre tesoro.

Ahora tengo la plena certeza de que así era.

Nos encontrábamos entonces en uno de los salones. Mi pobre y querida niña había estado bailando y descansaba un poco en una de las sillas próximas a la puerta; yo permanecía de pie cerca de ella. Las dos damas que he mencionado se habían acercado y la más joven ocupó la silla contigua a la de mi pupila, mientras su acompañante se quedaba a mi lado y, durante un breve momento, se dirigía en voz baja a la muchacha a su cargo.

Valiéndose del privilegio que le otorgaba su máscara, se volvió hacia mí y, en el tono de una vieja amistad y llamándome por mi nombre, entabló una conversación que picó vivamente mi curiosidad. Se refirió a muchas ocasiones en que nos habíamos encontrado: en la corte y en distinguidas casas. Aludió a pequeños incidentes en los que hacía mucho que yo no pensaba, pero que, según descubrí, solo habían permanecido aletargados en mi memoria, pues cobraron vida al instante al evocarlos ella.

A cada instante aumentaba mi curiosidad por averiguar quién era. Ella esquivaba mis tentativas con suma destreza y afabilidad. El conocimiento que mostraba de numerosos pasajes de mi vida me parecía casi inexplicable; y parecía experimentar un deleite no del todo impropio al frustrar mi curiosidad y al verme debatirme, en mi anhelante perplejidad, de una conjetura a otra.

Entre tanto, la joven dama, a quien su madre llamó con el extraño nombre de Millarca cuando se dirigió a ella en un par de ocasiones, había entablado conversación con mi pupila con idéntica desenvoltura y gracia.

Se presentó diciendo que su madre era una muy vieja conocida mía. Habló de la agradable audacia que una máscara hacía posible; conversó como una amiga; alabó su vestido e insinuó con primor su admiración por su belleza. La divirtió con burlas risueñas sobre las gentes que abarrotaban el salón de baile, y rio con las ocurrencias de mi pobre niña. Era muy ingeniosa y vivaz cuando se lo proponía, y al cabo de un rato se habían hecho muy buenas amigas; entonces la joven forastera se bajó la máscara, revelando un rostro extraordinariamente hermoso. Jamás lo había visto yo antes, ni tampoco mi querida niña. Mas, aunque nos resultaba nuevo, las facciones eran tan atractivas y hermosas que era imposible no sentir con fuerza su fascinación. Mi pobre muchacha la sintió. Jamás vi a nadie tan prendado de otra persona a primera vista, a menos que fuera, en verdad, la propia forastera, que parecía haberle entregado por entero el corazón.

Entre tanto, aprovechando la licencia de una mascarada, le hice no pocas preguntas a la dama de más edad.

—Me tiene usted enteramente desconcertado —le dije, riendo—. ¿No es suficiente?

¿No consentirá ahora en quedar en igualdad de condiciones y hacerme el favor de quitarse la máscara?

—¿Acaso puede haber petición más irrazonable? —replicó ella—. ¡Pedirle a una dama que ceda una ventaja! Además, ¿cómo sabe si me reconocería? Los años traen cambios.

—Como usted misma ve —dije, con una inclinación y, supongo, una risita algo melancólica.

—Como nos enseñan los filósofos —dijo ella—; ¿y cómo sabe que la vista de mi rostro le serviría de ayuda?

—Me arriesgaría a ello —respondí—. Es inútil que pretenda hacerse pasar por una anciana; su figura la delata.

—Sin embargo, han pasado años desde que la vi... mejor dicho, desde que usted me vio a mí, pues eso es lo que estoy considerando. Millarca, allí presente, es mi hija; no puedo, pues, ser joven, ni siquiera a juicio de aquellos a quienes el tiempo ha enseñado a ser indulgentes, y tal vez no me agrade que me comparen con lo que recuerda de mí.

Usted no tiene ninguna máscara que quitarse. Nada puede ofrecerme a cambio.

—Mi petición apela a su compasión, para que se la quite.

—Y la mía a la suya, para dejarla donde está —replicó ella.

—Bien, entonces al menos me dirá si es francesa o alemana; habla ambas lenguas con tal perfección...

—No creo que vaya a decírselo, general; planea una sorpresa y está sopesando el punto exacto del ataque.

—En cualquier caso, no me negará esto —dije—: que, honrado con su permiso para conversar, debería saber cómo dirigirme a usted. ¿Debo decir Madame la Comtesse?

Ella rio, y sin duda me habría salido con otra evasiva... si es que, en verdad, puedo considerar que cualquier suceso acaecido en un encuentro en el que cada detalle estaba planeado de antemano, como ahora creo, con la más profunda astucia, fuera susceptible de verse alterado por el azar.

—En cuanto a eso... —comenzó; pero fue interrumpida, casi al abrir los labios, por un caballero vestido de negro, de aspecto singularmente elegante y distinguido, con la sola salvedad de que su rostro mostraba la palidez más cadavérica que jamás he visto, salvo en la muerte. No llevaba disfraz alguno, sino el sobrio traje de etiqueta de un caballero; y dijo, sin una sonrisa, pero con una reverencia cortesana e insólitamente profunda:

—¿Permitirá Madame la Comtesse que le diga unas breves palabras que tal vez le interesen?

La dama se volvió con presteza hacia él y se tocó el labio en señal de silencio; luego me dijo a mí: «Guárdeme el sitio, general; regresaré en cuanto haya cruzado unas pocas palabras».

Y con esta indicación, hecha en tono jovial, se apartó un poco con el caballero de negro y hablaron durante algunos minutos, al parecer con suma seriedad. Luego se alejaron lentamente juntos entre la multitud, y los perdí de vista durante unos minutos.

—Pasé aquel intervalo devanándome los sesos en conjeturas sobre la identidad de la dama que parecía recordarme con tanta amabilidad, y pensaba volverme e incorporarme a la conversación entre mi linda pupila y la hija de la condesa, y probar si, para cuando regresara, no podría tenerle reservada una sorpresa al saberme al dedillo su nombre, título, castillo y posesiones. Pero en aquel momento ella regresó, acompañada por el pálido hombre de negro, que dijo:

—«Volveré para informar a Madame la Comtesse cuando su carruaje esté a la puerta».

—Se retiró con una reverencia.

Fin del Episodio 13 · de 18

La historia

Siguiente Episodio 14~8 minUna petición“—Entonces hemos de perder a Madame la Comtesse, pero espero que solo por unas horas —dije con una profunda reverencia.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.