Ana de las Tejas Verdes·Episodio 57

La curva del camino · II

~6 min · 1221 palabras

Pero de todos modos voy a estudiar latín y griego, señora Lynde —dijo Ana riendo—. Voy a hacer mi curso de Artes aquí mismo, en Tejas Verdes, y a estudiar todo lo que estudiaría en la universidad».

La señora Lynde se llevó las manos a la cabeza con santo horror.

—Ana Shirley, vas a matarte.

—Ni mucho menos. Me sentará de maravilla. Oh, no pienso excederme. Como dice la «esposa de Josiah Allen», seré «mesurada». Pero tendré mucho tiempo libre en las largas noches de invierno, y no tengo vocación para las manualidades. Ya sabe que voy a dar clase allí en Carmody.

—No lo sé. Me da que vas a dar clase aquí mismo, en Avonlea. Los administradores han decidido darte la escuela.

—¡Señora Lynde! —exclamó Ana, poniéndose en pie de un salto por la sorpresa—. Vaya, ¡si creía que se la habían prometido a Gilbert Blythe!

—Y así fue. Pero tan pronto como Gilbert se enteró de que habías solicitado el puesto, fue a verlos —tuvieron una reunión de negocios en la escuela anoche, ya sabes— y les dijo que retiraba su solicitud y sugirió que aceptaran la tuya. Dijo que iba a dar clase en White Sands. Por supuesto, sabía cuánto querías quedarte con Marilla, y debo decir que me parece un gesto la mar de amable y considerado por su parte, eso es. Y también muy abnegado, pues tendrá que pagarse la pensión en White Sands, y todo el mundo sabe que tiene que ganarse el sustento por sí mismo en la universidad. Así que los administradores decidieron cogerte a ti. Me puse contentísima cuando Tomás llegó a casa y me lo contó.

—No me parece que deba aceptarlo —murmuró Ana—. Quiero decir... no creo que deba permitir que Gilbert haga semejante sacrificio por... por mí.

—Supongo que ya no puedes impedírselo. Ha firmado los papeles con los administradores de White Sands. Así que de nada le serviría ahora que tú te negaras. Por supuesto que aceptarás la escuela. Te irá muy bien, ahora que ya no hay ninguna Pye. Josie era la última de ellas, y menos mal, eso es. Ha habido algún Pye que otro en la escuela de Avonlea durante los últimos veinte años, y supongo que su misión en la vida era recordarles a los maestros que la tierra no es su hogar. ¡Válgame el cielo! ¿Qué significa todo ese parpadeo y guiño en el hastial de los Barry?

—Diana me está haciendo señales para que vaya —rió Ana—. Ya sabe que mantenemos la vieja costumbre. Discúlpeme mientras corro a ver qué quiere.

Ana bajó corriendo por la pendiente de trébol como un ciervo y desapareció entre las umbrías sombras de abetos del Bosque Embrujado. La señora Lynde la miró con indulgencia.

—Todavía hay mucho de niña en ella en ciertos aspectos.

—Hay mucho más de mujer en ella en otros —replicó Marilla, con un destello momentáneo de su antigua acidez.

Pero la acidez ya no era el rasgo distintivo de Marilla. Como la señora Lynde le dijo a su Tomás aquella noche:

—Marilla Cuthbert se ha vuelto mollar. Eso es.

Ana fue al pequeño cementerio de Avonlea la tarde siguiente para poner flores frescas en la tumba de Mateo y regar el rosal silvestre escocés. Se detuvo allí hasta el anochecer, disfrutando de la paz y la calma del pequeño lugar, con sus álamos cuyo susurro parecía una conversación baja y amistosa, y sus hierbas susurrantes que crecían a su antojo entre las tumbas. Cuando por fin se marchó y recorrió la larga cuesta que descendía hacia el Lago de las Aguas Brillantes, ya había pasado el atardecer y todo Avonlea se extendía ante ella en una luz crepuscular de ensueño: «un remanso de paz ancestral». Había en el aire una frescura semejante a la de un viento que hubiera soplado sobre campos de trébol dulces como la miel. Las luces de los hogares titilaban aquí y allá entre los árboles de las granjas. Más allá se extendía el mar, brumoso y purpúreo, con su murmullo constante y embriagador. El oeste era un estallido de gloriosos matices suaves y entrelazados, y el estanque los reflejaba todos con tonalidades aún más suaves. La belleza de todo aquello estremeció el corazón de Ana, que abrió con gratitud las puertas de su alma a la escena.

—Querido viejo mundo —murmuró—, eres muy hermoso, y me alegro de estar viva en ti.

A mitad de la cuesta, un muchacho alto salió silbando de una puerta frente a la granja de los Blythe. Era Gilbert, y el silbido se apagó en sus labios al reconocer a Ana. Se quitó la gorra con cortesía, pero habría pasado de largo en silencio si Ana no se hubiera detenido a tenderle la mano.

—Gilbert —dijo ella, con las mejillas encendidas—, quiero agradecerte que hayas renunciado a la escuela por mí. Fue muy amable por tu parte, y quiero que sepas que te lo agradezco.

Gilbert tomó la mano ofrecida con entusiasmo.

—No fue nada especialmente amable por mi parte, Ana. Me alegró poder hacerte un pequeño favor. ¿Vamos a ser amigos a partir de ahora? ¿De verdad me has perdonado mi vieja ofensa?

Ana rió e intentó en vano retirar su mano.

—Te perdoné aquel día junto al desembarcadero del estanque, aunque no lo sabía. Qué pequeña y tozuda oca fui. He estado... más vale que haga una confesión completa... he estado arrepentida desde entonces.

—Vamos a ser los mejores amigos —dijo Gilbert, jubilosos—. Nacimos para ser buenos amigos, Ana. Ya has desafiado bastante al destino. Sé que podemos ayudarnos de muchas maneras. Vas a seguir con tus estudios, ¿verdad? Yo también. Vamos, voy a acompañarte a casa.

Marilla miró con curiosidad a Ana cuando esta entró en la cocina.

—¿Quién era ese que ha subido por el camino contigo, Ana?

—Gilbert Blythe —respondió Ana, molesta al descubrir que se sonrojaba—. Me lo encontré en la colina de los Barry.

—No creía que tú y Gilbert Blythe fuerais tan buenos amigos como para pasar media hora en la puerta hablando con él —dijo Marilla con una sonrisa seca.

—No lo hemos sido; hemos sido buenos enemigos. Pero hemos decidido que será mucho más sensato ser buenos amigos en el futuro. ¿De verdad hemos estado ahí media hora? Me pareció apenas unos minutos. Pero, ya ve, tenemos cinco años de conversaciones perdidas que recuperar, Marilla.

Ana se sentó largo rato junto a su ventana aquella noche, acompañada por un dichoso contento. El viento roncaba suavemente entre las ramas de los cerezos, y los alientos de menta llegaban hasta ella. Las estrellas titilaban sobre los abetos puntiagudos en la hondonada y la luz de Diana brillaba a través de la vieja brecha.

Los horizontes de Ana se habían estrechado desde la noche en que se había sentado allí tras volver de Queen’s; pero si el sendero que se anteponía a sus pies iba a ser angosto, sabía que las flores de una tranquila felicidad florecerían a lo largo de él. La alegría del trabajo sincero, la aspiración digna y la amistad afín serían suyas; nada podría robarle su derecho de nacimiento a la fantasía o a su mundo ideal de sueños. ¡Y siempre quedaba la curva del camino!

—«Dios está en su cielo, todo va bien en el mundo» —susurró Ana suavemente.

Fin del Episodio 57 · de 57

La curva del camino · II

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