¿Quién robó las tartas?
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El Rey y la Reina de Corazones estaban sentados en su trono cuando llegaron, con una gran multitud congregada a su alrededor: toda clase de pajarillos y alimañas, así como la baraja de naipes al completo. La Sota estaba de pie ante ellos, encadenada, con un soldado a cada lado para custodiarla; y cerca del Rey se hallaba el Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la otra. Justo en el centro del tribunal había una mesa con una gran fuente de tartas encima. «¡Ojalá terminen pronto el juicio —pensó Alicia— y repartan los refrigerios!»
El juez, por cierto, era el Rey, y llevaba la corona sobre su gran peluca. «Ese es el banco del jurado —pensó Alicia—; y esas doce criaturas (algunas eran animales y otras eran aves), supongo que son los miembros del jurado».
En ese preciso instante, el Conejo Blanco gritó: —¡Silencio en el tribunal!
—¡Heraldo, lee la acusación! —dijo el Rey.

Ante esto, el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta, desenrolló el pergamino y leyó lo siguiente:
—La Reina de Corazones unas tartas cocinó en un día de verano; la Sota de Corazones aquellas tartas robó ¡y se las llevó a buen recaudo!
—Llamad al primer testigo —dijo el Rey; y el Conejo Blanco dio tres toques de trompeta y gritó—: ¡Primer testigo!
El primer testigo fue el Sombrerero. Entró con una taza de té en una mano y un pedazo de pan con mantequilla en la otra.
—Deberías haber terminado ya —dijo el Rey—. ¿Cuándo empezaste?
El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que lo había seguido al tribunal cogida del brazo del Lirón. —El catorce de marzo, me parece que fue —dijo.
—Declara —dijo el Rey—, y no te pongas nervioso, o haré que te ejecuten en el acto.
Esto no pareció infundir ningún ánimo al testigo; no dejaba de pasar el peso de un pie a otro, mirando con inquietud a la Reina, y, en su confusión, le dio un gran mordisco a la taza de té en lugar de al pan con mantequilla.
Justo en aquel momento Alicia experimentó una sensación muy curiosa: estaba empezando a crecer de nuevo.
El desdichado Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla y se hincó de rodillas. —Soy un pobre hombre, Majestad... —comenzó a decir.
—Eres un pésimo orador —dijo el Rey.
—Puedes retirarte —dijo el Rey, y el Sombrerero abandonó la sala a toda prisa.
—¡Llamad al siguiente testigo! —dijo el Rey.
El siguiente testigo fue la cocinera de la Duquesa. Llevaba el pimentero en la mano y los que estaban cerca de la puerta empezaron a estornudar todos al unísono.
—Declara —dijo el Rey.
—No me da la gana —dijo la cocinera.
El Rey miró angustiado al Conejo Blanco, que le dijo en voz baja: —Vuestra Majestad debe interrogar a esta testigo.
—Bueno, si no queda más remedio, tendré que hacerlo —dijo el Rey—. ¿De qué se hacen las tartas?
—De pimienta, sobre todo —dijo la cocinera.
Durante unos minutos todo el tribunal fue un caos y, para cuando volvieron a calmarse, la cocinera había desaparecido.
—¡No importa! —dijo el Rey—. Llamad al siguiente testigo.
Alicia observó al Conejo Blanco mientras revolvía la lista. ¡Imaginen su sorpresa cuando oyó que leía con su vocecita chillona el nombre de «¡Alicia!»!
Fin del Episodio 9 · de 10
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