El testimonio de Alicia
~3 min · 557 palabras
—¡Presente! —gritó Alicia. Se levantó de un salto con tanta prisa que volcó el banco del jurado, haciendo caer a todos los jurados sobre las cabezas de la multitud que estaba debajo.
—¡Oh, les ruego me perdonen! —exclamó en un tono de gran consternación.
—El juicio no puede continuar —dijo el Rey— hasta que todos los miembros del jurado hayan regresado a sus debidos puestos... todos —repitió con gran énfasis, mirando con fijeza a Alicia.
—¿Qué sabe usted de este asunto? —le dijo el Rey a Alicia.
—Absolutamente nada —dijo Alicia.
El Rey leyó entonces de su libro: «Regla número cuarenta y dos. Toda persona que mida más de una milla de altura deberá abandonar la sala».
—Yo no mido una milla de altura —dijo Alicia.
—Casi dos millas de altura —dijo la Reina.
—Bueno, de ningún modo me iré —dijo Alicia.
El Rey palideció y cerró su libreta apresuradamente. —Considerad vuestro veredicto —le dijo al jurado, con voz queda y trémula.
—Aún quedan más pruebas, con la venia de Su Majestad —dijo el Conejo Blanco, levantándose con gran prisa—. Se acaba de recoger este papel. Parece ser una carta escrita por el prisionero para... para alguien. —Desdobló el papel mientras hablaba y añadió—: Después de todo no es una carta; son unos versos.
—Por favor, Su Majestad —dijo la Sota—, yo no los escribí y no pueden probar que lo hiciera; no hay ninguna firma al final.
—Alguna maldad debías de tramar, o habrías firmado con tu nombre como un hombre honrado —dijo el Rey. Hubo un aplauso general ante esto.
—Léelos —añadió, volviéndose hacia el Conejo Blanco.
Se hizo un silencio sepulcral en la sala mientras el Conejo Blanco leía los versos en voz alta.
—Esa es la prueba más importante que hemos oído hasta ahora —dijo el Rey.
—No creo que haya en ellos ni un ápice de sentido —se atrevió a decir Alicia.
—Si no tienen sentido —dijo el Rey—, eso nos ahorra un sinfín de molestias, como bien sabéis, pues no tenemos necesidad de buscárselo. Que el jurado considere su veredicto.
—¡No, no! —dijo la Reina—. ¡Primero la sentencia, después el veredicto!
—¡Pamplinas y tonterías! —dijo Alicia en voz alta—. ¡Vaya ocurrencia tener primero la sentencia!
—¡Cierra la boca! —dijo la Reina, poniéndose lívida de cólera.
—¡No me da la gana! —dijo Alicia.
—¡Que le corten la cabeza! —gritó la Reina a voz en cuello. Nadie se movió.
—¿Quién os teme a vosotros? —dijo Alicia (para entonces ya había recobrado su tamaño normal)—. ¡No sois más que una baraja de cartas!

Ante esto, toda la baraja se elevó en el aire y se precipitó volando sobre ella; Alicia dio un leve grito, mitad de miedo y mitad de ira, e intentó apartarlas de un manotazo, para encontrarse tendida en la ribera, con la cabeza en el regazo de su hermana, que le apartaba suavemente unas hojas secas que habían revoloteado desde los árboles hasta su rostro.
—¡Despierta, Alicia querida! —dijo su hermana—. ¡Vaya, pero qué sueño tan largo has tenido!
—¡Oh, he tenido un sueño tan curioso! —dijo Alicia. Y le contó a su hermana, tan bien como pudo recordarlas, todas estas extrañas aventuras suyas que acabáis de leer. Alicia se levantó y se fue corriendo, pensando mientras corría, y bien que podía hacerlo, en lo maravilloso que había sido aquel sueño.
Fin del Episodio 10 · de 10
El testimonio de Alicia
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