Alicia en el país de las maravillas·Episodio 08

El campo de croquet de la Reina

~6 min · 1165 palabras

Cerca de la entrada del jardín se alzaba un gran rosal; las rosas que crecían en él eran blancas, pero tres jardineros se afanaban por pintarlas de rojo. De pronto, sus miradas repararon en Alicia, que se había quedado observándolos. —¿Podrían decirme, por favor —preguntó Alicia con cierta timidez—, por qué están pintando esas rosas?

Cinco y Siete no dijeron nada, pero miraron a Dos. Dos empezó, en voz baja: —Pues verá usted, señorita, el caso es que este de aquí tendría que haber sido un rosal rojo, y por error pusimos uno blanco; y si la Reina se enterase, nos cortarían la cabeza a todos, ¿sabe? De modo que, como ve, señorita, estamos haciendo lo posible, antes de que llegue, por...— En este momento, Cinco, que había estado mirando con inquietud al otro lado del jardín, gritó: —¡La Reina! ¡La Reina!—, y al instante los tres jardineros se arrojaron de bruces contra el suelo. Se oyó un rumor de muchos pasos y Alicia miró a su alrededor, impaciente por ver a la Reina.

Primero llegaron diez soldados que portaban bastones, con las manos y los pies en las esquinas; luego los diez cortesanos, vestidos de pies a cabeza con adornos de diamantes. Tras ellos venían los príncipes reales; eran diez en total, todos adornados con corazones. A continuación venían los invitados, en su mayoría reyes y reinas, y entre ellos Alicia reconoció al Conejo Blanco. Seguía después la Sota de Corazones, que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí; y cerrando esta grandiosa procesión venían EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.

Cuando la comitiva llegó frente a Alicia, todos se detuvieron a mirarla, y la Reina preguntó con severidad: —¿Quién es esta?—. Se lo dijo a la Sota de Corazones, quien por toda respuesta se limitó a inclinarse y sonreír.

—Mi nombre es Alicia, para servir a Su Majestad —dijo Alicia con mucha cortesía; pero añadió para sus adentros—: «¡Bah, si después de todo no son más que una baraja de cartas!»

—¿Sabes jugar al cróquet? —gritó la Reina. La pregunta iba evidentemente dirigida a Alicia.

—¡Sí! —dijo Alicia en voz alta.

—¡Ven entonces! —rugió la Reina.

—¡Hace... hace un día muy hermoso! —dijo una voz tímida a Alicia. Iba caminando al lado del Conejo Blanco, que le miraba la cara con inquietud.

—Mucho —dijo Alicia—. ¿Dónde está la Duquesa?

—¡Chist! ¡Chist! —dijo el Conejo—. Está condenada a muerte.

—¿Por qué? —preguntó Alicia.

—Le propinó una bofetada en las orejas a la Reina... —empezó el Conejo.

—¡A sus puestos! —gritó la Reina con voz de trueno, y la gente empezó a correr en todas direcciones, tropezando unos con otros. Sin embargo, en un par de minutos lograron colocarse y el juego comenzó.

Alicia pensó que jamás en su vida había visto un terreno de cróquet tan curioso: todo eran lomas y surcos. Las bolas de cróquet eran erizos vivos, los mazos eran flamencos vivos y los soldados tenían que encorvarse y apoyarse en pies y manos para formar los aros.

Alicia y su flamenco, con un erizo por bola.
Alicia y su flamenco, con un erizo por bola.John Tenniel · 1865

Todos los jugadores jugaban a la vez, sin esperar su turno, disputando todo el tiempo y peleándose por los erizos; y al cabo de muy poco, la Reina cayó en un ataque de furia y andaba dando pisotones de un lado a otro y gritando: —¡Que le corten la cabeza!— o —¡Que le corten la cabeza a ella!— cosa de una vez por minuto.

—¡Qué afición tan tremenda tienen aquí a cortar cabezas! —pensó Alicia—. ¡Lo verdaderamente asombroso es que quede alguien vivo!

Buscaba algún modo de escapar cuando advirtió una extraña aparición en el aire. —Es el Gato de Cheshire —se dijo—; ahora tendré a alguien con quien hablar.

—¿Cómo te va? —preguntó el Gato.

—Me parece que no juegan limpio en absoluto —dijo Alicia, en tono bastante quejumbroso—, y todos se pelean tan espantosamente que una no puede ni oírse hablar... y no parecen tener ninguna regla en particular.

—¿Qué te parece la Reina? —dijo el Gato en voz baja.

—No me gusta nada —dijo Alicia.

Alicia pensó que más le valía regresar y ver cómo marchaba el juego. Así pues, se fue en busca de su erizo. El erizo estaba enzarzado en una pelea con otro erizo, lo que a Alicia le pareció una oportunidad excelente para croquetear el uno contra el otro; la única dificultad estribaba en que su flamenco se había marchado al otro lado del jardín, donde Alicia lo vio intentando, de un modo bastante desmañado, volar hasta la rama de un árbol. Atrapó al flamenco y se lo metió bajo el brazo para que no volviera a escaparse.

En ese preciso instante Alicia se topó con la Duquesa (que ya había salido de prisión). Esta le cogió afectuosamente el brazo a Alicia y echaron a andar juntas. Alicia se alegró mucho de encontrarla de tan buen humor. No obstante, se sobresaltó un poco al oír la voz de la Duquesa muy cerca de su oreja: —Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar.

—El juego marcha algo mejor ahora —dijo Alicia, para mantener un poco la conversación.

—Así es —dijo la Duquesa—; y la moraleja de esto es: «¡Ay, el amor, el amor hace girar el mundo!»

—Alguien dijo —susurró Alicia— ¡que eso se consigue si cada cual se ocupa de sus propios asuntos!

—¡Ah, bueno! Viene a significar casi lo mismo —dijo la Duquesa, clavando su afilada barbilla en el hombro de Alicia, al tiempo que añadía—: y la moraleja de esto es: «Cuida del sentido, que los sonidos se cuidarán de sí mismos».

Con gran sorpresa para Alicia, el brazo de la Duquesa, que estaba entrelazado con el suyo, empezó a temblar. Alicia alzó la vista y allí estaba la Reina delante de ellas, de brazos cruzados, ¡con el ceño fruncido como una tormenta!

—¡Pues te lo advierto bien claramente —gritó la Reina, dando una patada en el suelo al hablar—: o te largas tú o se larga tu cabeza, y eso en menos que canta un gallo! ¡Tú eliges!— La Duquesa hizo su elección y se esfumó en un instante.

—Continuemos con el juego —le dijo la Reina a Alicia; y Alicia estaba demasiado asustada para pronunciar una sola palabra, de modo que la siguió despacio de vuelta al campo de cróquet.

Durante todo el tiempo que estuvieron jugando, la Reina no cesó de reñir con los demás jugadores y de gritar: —¡Que le corten la cabeza!— o —¡Que le corten la cabeza a ella!—. Al cabo de una media hora, todos los jugadores, excepto el Rey, la Reina y Alicia, estaban bajo la custodia de los soldados y condenados a muerte.

Entonces la Reina lo dejó, completamente sin aliento, y se alejó con Alicia.

Alicia oyó que el Rey decía en voz baja a todos los presentes en general: —Quedan todos perdonados.

De pronto se oyó a lo lejos el grito: «¡Comienza el juicio!», y Alicia echó a correr junto con los demás.

Fin del Episodio 8 · de 10

El campo de croquet de la Reina

Siguiente Episodio 9~3 min¿Quién robó las tartas?“—Declara —dijo el Rey—, y no te pongas nervioso, o haré que te ejecuten en el acto.”Seguir leyendo
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