Alicia en el país de las maravillas·Episodio 05

Consejos de una oruga

~5 min · 1040 palabras

Al fin la Oruga se sacó la cachimba de la boca y se dirigió a Alicia con voz lánguida y soñolienta.

La Oruga y su cachimba, en lo alto de la seta.
La Oruga y su cachimba, en lo alto de la seta.John Tenniel · 1865

—¿Quién eres tú? —dijo la Oruga.

Alicia respondió, con bastante timidez:—Yo… apenas lo sé, señor, en este momento… Al menos sé quién era cuando me levanté esta mañana, pero creo que debo de haber cambiado varias veces desde entonces.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo la Oruga con severidad—. ¡Explícate!

—Me temo que no puedo explicarme a mí misma, señor —dijo Alicia—, porque yo no soy yo misma, ¿comprende? Tener tantos tamaños distintos en un solo día resulta muy confuso. —Se irguió y dijo muy circunspecta—: Creo que usted debería decirme quién es primero.

—¿Por qué? —dijo la Oruga.

Como a Alicia no se le ocurría ningún buen motivo y la Oruga parecía estar de un humor muy desagradable, dio media vuelta para marcharse.

—¡Vuelve! —la llamó la Oruga—. ¡Tengo algo importante que decirte! —Alicia dio media vuelta y regresó.

—No pierdas la calma —dijo la Oruga.

—¿Eso es todo? —dijo Alicia, tragándose su enojo como pudo.

—No —dijo la Oruga.

Desplegó los brazos, volvió a sacarse la cachimba de la boca y dijo:—Así que crees que has cambiado, ¿no?

—Me temo que sí, señor —dijo Alicia—. No me acuerdo de las cosas como antes… ¡y no conservo el mismo tamaño durante diez minutos seguidos!

—¿Qué tamaño quieres tener? —preguntó la Oruga.

—Oh, el tamaño no me importa especialmente —respondió Alicia apresuradamente—, solo que a una no le gusta cambiar tan a menudo, ¿sabe? Me gustaría ser un poco más grande, señor, si no le molesta —dijo Alicia—. Tres pulgadas es una estatura tan mezquina…

—¡Es una estatura muy buena, a decir verdad! —dijo la Oruga con cólera, irguiéndose cuan larga era mientras hablaba (medía exactamente tres pulgadas de alto).

En uno o dos minutos, la Oruga bajó de la seta y se alejó arrastrándose por la hierba, limitándose a comentar mientras se iba:—Un lado te hará crecer más alta, y el otro lado te hará crecer más baja.

—¿Un lado de qué? ¿El otro lado de qué? —pensó Alicia para sus adentros.

—De la seta —dijo la Oruga, tal como si ella lo hubiera preguntado en voz alta; y al instante siguiente ya se había perdido de vista.

Alicia se quedó mirando pensativa la seta durante un minuto, intentando averiguar cuáles eran sus dos lados. Al fin extendió los brazos alrededor de ella tanto como alcanzaban y arrancó un pedacito del borde con cada mano.

—Y ahora, ¿cuál es cuál? —se dijo a sí misma, y mordisqueó un poco del pedazo de la mano derecha para probar el efecto. Al instante siguiente sintió un violento golpe debajo de la barbilla: ¡se había chocado con el pie!

Aquel cambio tan repentino la asustó bastante, ya que encogía con rapidez; de modo que puso manos a la obra al punto para comer un poco del otro pedazo. Tenía la barbilla tan apretada contra el pie que apenas había sitio para abrir la boca; pero al fin lo logró y se las arregló para tragar un bocado del trozo de la mano izquierda…

—¡Vaya, al fin tengo la cabeza libre! —dijo Alicia; pero todo lo que pudo ver, al mirar hacia abajo, fue una inmensa longitud de cuello, que parecía erigirse como un tallo en medio de un mar de hojas verdes que se extendía muy por debajo de ella.

—¿Adónde se me habrán ido los hombros? Y ¡ay, pobres manos mías!, ¿cómo es que no os veo? —Le encantó comprobar que el cuello se le doblaba con facilidad en cualquier dirección, igual que una serpiente. Acababa de conseguir serpentearlo hacia abajo formando un gracioso zigzag y se disponía a zambullirse entre las hojas, cuando un agudo silbido la hizo retroceder a toda prisa: una paloma enorme se le había abalanzado a la cara y la golpeaba violentamente con las alas.

—¡Serpiente! —gritó la Paloma.

—¡No soy ninguna serpiente! —dijo Alicia indignada—. ¡Déjeme en paz!

—He probado con las raíces de los árboles, he probado con los terraplenes y he probado con los setos —continuó la Paloma—, ¡pero esas serpientes! ¡No hay quien las contente!

Alicia estaba cada vez más desconcertada.

—¡Como si no diera bastante trabajo empollar los huevos —dijo la Paloma—, encima tengo que andar al acecho de las serpientes, día y noche! Y justo cuando había elegido el árbol más alto del bosque —continuó la Paloma, alzando la voz hasta convertirla en un chillido—, y justo cuando creía que al fin me libraría de ellas, ¡les da por venir culebreando desde el cielo! ¡Uf, serpiente!

—¡Pero le digo que no soy una serpiente! —dijo Alicia—. Soy una… soy una… soy una niña pequeña —añadió con cierta vacilación, al recordar la cantidad de cambios por los que había pasado aquel día.

—Buscas huevos, ¡lo sé de sobra! —dijo la Paloma—; y ¿qué me importa a mí que seas una niña pequeña o una serpiente?

—A mí me importa y mucho —dijo Alicia presurosa—; pero da la casualidad de que no ando buscando huevos, y si lo hiciera, no querría los suyos: no me gustan crudos.

—¡Bueno, pues lárgate! —dijo la Paloma con tono huraño, acomodándose de nuevo en su nido. Alicia se agachó entre los árboles lo mejor que pudo, pues el cuello no cesaba de enredársele entre las ramas, y a cada rato tenía que detenerse a desenmarañarlo. Al cabo de un rato recordó que aún conservaba los trozos de seta en las manos, y se puso manos a la obra con mucho cuidado, mordisqueando primero uno y luego el otro, creciendo a veces más alta y a veces más baja, hasta que logró reducirse a su estatura habitual.

Hacía tanto tiempo que no medía nada semejante a su tamaño natural que al principio se sintió muy extraña. «Lo siguiente es entrar en ese hermoso jardín… ¿Cómo se hará, me pregunto?». Mientras decía esto, llegó de pronto a un claro en el que había una casita de unos cuatro pies de altura. «Viva quien viva allí —pensó Alicia—, no convendría en absoluto presentarme con este tamaño; ¡vamos, los mataría del susto!». Y no se aventuró a acercarse a la casa hasta haberse reducido a nueve pulgadas de altura.

Fin del Episodio 5 · de 10

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