Espacio de lechada
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Arana se sentó sobre un cajón de dinamita.
La madera del envase cedía un par de milímetros bajo sus posaderas, empapada por una salmuera tibia que olía a urea y a trapo viejo. Por encima de su cabeza, la junta de mampostería escupía un hilo blancuzco de lechada de cal que caía con ritmo exacto sobre la solapa izquierda de su abrigo de paño negro. La tela ya no empapaba nada; estaba acartonada, tiesa como una teja cocida al sol. Con los pulgares abiertos en grietas rojizas por el polvillo de tiza, Arana forcejeaba con el trinquete de bronce de la cinta métrica. El resorte interno se había trabado con una arenilla de barita que raspaba por dentro. Apretó la uña sucia contra el engranaje hasta que el filo de la lámina le abrió la carne viva del padrastro. No saltó el seguro.
Nada.
Isidro seguía en cuclillas frente al madero maestro de roble, pasando los dedos por los surcos limpios donde antes estuvieron estampados los sellos. Su respiración sonaba ruidosa, un silbido que le bailaba en el pecho desde que bajaron a la cota de tracción por la escala del contrapeso.
—El filo era nuevo —dijo Isidro sin girar la cabeza—. De carnicero, casi seguro. No dejaron ni una viruta con tinta.
Arana no levantó la vista del carrete. Se metió la mano derecha en el bolsillo interior buscando el cortaplumas para apalancar el trinquete, pero solo encontró dos monedas de níquel gastadas y un recibo arrugado de la pensión de doña Tomasa, de hacía tres semanas, pringado de grasa de tocino frío.
—¿Te queda tabaco seco? —preguntó Arana.
—Se me pudrió el paquete en la pechera hace dos horas, don Román.
—Bueno.
El problema era que Isidro tenía veintidós años y todavía creía que las cosas abajo se resolvían protestando en voz alta o buscando culpables con nombre y apellido. Lo que pasa es que en las galerías de arrastre nadie tiene nombre cuando se trata de pelar un puntal; hay una cuadrilla que entra a las tres de la mañana con candiles apagados, un capataz que mira la coronación de la roca y finge un carraspeo de pecho, y un fardo de billetes pequeños que cambia de mano junto al pozo de desagüe. Arana lo sabía porque llevaba dieciséis inviernos con la rodillera de hierro oxidado ajustada a la pierna izquierda con dos correas de cuero agrio. Cada vez que apoyaba la rótula en un travesaño de escala vertical, el remache suelto emitía un chasquido seco, metálico, que le recordaba con exactitud de informe la fractura del 88 en el pozo San Jerónimo. La cojera no se quitaba con cataplasmas ni con rezos de sacristía. Se quedaba ahí, fija, como ese regusto a achicoria quemada de máquina de estación que nadie se termina porque sabe a lata vieja.
Entre las lajas de basalto fracturado, a tres pasos del cajón, salía un siseo bajo y continuo. Parecía el fuelle roto de una fragua de pueblo soltando aire tibio contra el charco de mineral. El vapor arrastraba una peste amarga de cal viva remojada en agua de grieta, revuelta con la orina estancada del pozo ciego y la podredumbre del sebo de oveja descompuesto que Isidro untaba en las pesas de zinc para que la humedad no falseara la plomada. En el suelo, junto a la bota izquierda de Arana, yacían los pedazos de un tintero de baquelita reventado contra el zócalo de roca; el halo violeta amoratado de la tinta copiativa se disolvía lentamente en el barro grisáceo, tiñendo las burbujas alcalinas que reventaban a flor de fango sin hacer ruido.
Sacó el cartapacio de debajo del brazo. Las fojas de papel cebolla estaban hinchadas por la condensación, transparentes y quebradizas, pegadas unas a otras por las esquinas como pellejo mojado. Despegó la última hoja con la uña, cuidando de no rasgar la cuadrícula de deslinde. No hacía falta aparato de prisma ni barómetro para entender lo que estaba cediendo en la labor catorce: bastaba mirar la panza del roble y el lodo cáustico que hervía a tres pulgadas de sus talones, comiéndose el cerco de vaqueta de las botas. Don Evaristo solía repetirlo en el mostrador del archivo general cuando todavía se usaban manguitos de lustrina para no mancharse las muñecas con el carbón de las copias: el derrumbe de una mina no empieza con truenos; comienza con el chasquido casi inaudible de un papel que no debió firmarse. Y ese madero raspado a cuchillo era exactamente eso. Un espacio en blanco forzado a punta de hierro.
—Don Román —murmuró Isidro, apoyando la nuca en la roca viva mientras estiraba las piernas—. La bota derecha me está haciendo sangre en el talón. Se me ha doblado un clavo de la suela por dentro.
Arana sopló la costra de polvillo blanco incrustada bajo sus cutículas.
—Quítatela y písale la punta con un pedernal.
—Si me la saco aquí, no me entra ni con jabón. Tengo el empeine morado.
—Entonces déjatela puesta y no te muevas tanto.
Isidro soltó un resoplido sucio, se rascó la muñeca con una uña renegrida y miró la llama del candil como si fuera a apagarse de un momento a otro.
El aire del socavón pesaba en los bronquios como trapo empapado en lejía.
El trinquete de bronce cedió de golpe con un golpe seco que no sonó a resorte limpio sino a diente partido. Arana tiró del lino plomado; los primeros cuatro metros salieron viscosos, moteados por el verdín del óxido y la lechada que no paraba de chorrear desde las piedras del techo. Isidro agarró la anilla del extremo con la punta de dos dedos para no tocar el fango del suelo y caminó hacia la entrada de la traviesa. La galería se estrechaba en embudo hacia el socavón de acarreo, un tiro ciego que no constaba en el cuaderno de labores y que chupaba el aire hacia abajo con un zumbido sordo.
Arana clavó la vista en la cinta tensa. La marca de plomo dio catorce varas justas. O sea, digamos que habían metido la barreta tres metros más adentro de lo que constaba en el asiento pericial de septiembre. Una barbaridad para un terreno que se licúa solo en cuanto le entra un hilo de agua de lluvia. Lo que pasa es que la barita limpia se pagaba al contado en el muelle de carga, y en la Chancillería nadie se manchaba las polainas bajando a revisar si un hastial estaba calzado con roble viejo o con costillas de pino verde. Arana sintió el pinchazo habitual en los riñones, ese dolor sordo que le subía por la espina dorsal después de media hora doblado bajo techos de cuatro pies. Cambió el peso del cuerpo a la pierna sana. La rodillera metálica volvió a golpear el travesaño con su chasquido de chatarra vieja.
Silencio.
El ruido no venía del pozo principal por donde bajaba la escala. Venía de la boca baja del socavón de acarreo. Isidro se quedó inmóvil, con la anilla de lino a la altura de la rodilla y el candil colgando de la otra mano, paralizado.
—Hay pasos —dijo el muchacho en un susurro.
—Baja la mecha —ordenó Arana—. Tápala con la falda de la camisa.
—Don Román, que viene alguien por la vía.
—Bájala, te he dicho.
Piedra contra piedra.
Dos golpes secos.
Metal macizo.
En el silencio denso de la galería intermedia, Balbina Cuesta emergió sola desde el socavón de acarreo con dos cuñas de plomo en las manos, dispuesta a cegar el tiro antes de que el informe subiera a la luz. Traía el mandil de cuero agrio atado a la cintura con un alambre de telégrafo y las mangas de la camisa de estameña recogidas sobre los codos, dejando al aire unos brazos delgados, cubiertos de cicatrices viejas de barrena y costras de cal. No llevaba carburo ni linterna; caminaba a oscuras con el paso arrastrado de quien se sabe las piedras de memoria. Se detuvo a tres varas del cajón donde Arana seguía sentado, sopesando los dos bloques de plomo con un movimiento lento y seco de los dedos. No miró a Isidro. No miró la rodillera de hierro ni el barro violeta que manchaba el suelo. Sus ojos se fijaron directamente en la hoja de papel cebolla que Arana sostenía contra el muslo, donde los números anotados a lápiz empezaban a correrse por culpa del goteo de la bóveda.
Arriba, muy lejos en la caña del pozo, una polea de tracción dio tres quejidos cortos y se paró.
Fin del Episodio 3 · de 4
Espacio de lechada
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