El óxido en los peldaños
~8 min · 1613 palabras
Arana bajó el primer peldaño del pozo cuatro.
La rodillera de hierro le mordió la carne viva detrás del peroné. Un pellizco seco, de los que no sangran al momento pero dejan un cerco morado sobre el hueso cuando uno se desata las correas por la noche. Bajaba despacio, tanteando el vacío con la puntera de la bota embadurnada de arcilla pesada. Cada sacudida de la abrazadera oxidada contra los barrotes de la escala vertical despertaba un eco hueco en el tiro del pozo cuatro, donde el aire rancio olía a orina estancada y a ese sebo de oveja descompuesto que untaban sobre las pesas de zinc para que la humedad ácida no las devorara en dos semanas. Hacía meses que nadie limpiaba las cunetas del desagüe general. El agua muerta se pudría en el fondo de la bovedilla, espesa como caldo de tripas, mientras un chorreo viscoso de lechada blancuzca resbalaba desde las juntas de la mampostería y le caía en goterones sobre las solapas del chaquetón de paño negro.
El problema era que la pierna izquierda no doblaba bien. Digamos que el fémur le había soldado torcido después del derrumbe en las galerías bajas del 88, y desde entonces tenía que balancear la cadera hacia afuera a cada paso, buscando el hierro a ciegas como quien tantea el fondo de un baúl con un palo roto. En el bolsillo interior llevaba tres recibos arrugados de la fonda del apeadero, una caja de cerillas de fósforo rojo deshecha por el sudor y cuatro monedas de diez céntimos que sonaban a lata vieja contra la petaca de hojalata. Nada de eso servía a sesenta metros bajo tierra. Pero uno no se vacía los bolsillos antes de bajar a un tiro ciego; uno baja con lo que lleva encima y confía en volver a subir antes de que la cal empiece a quemarle la entrepierna.
Dos metros más arriba, Isidro Lafuente resoplaba con un silbido bronco en la garganta.
—¿Llevas tabaco suelto? —preguntó Isidro. La voz bajó amortiguada por el vaho caliente que le salía de los pulmones.
—En la faltriquera. Está empapado.
—Dámelo igual. Se me seca en el paladar.
—Baja los pies donde piso yo y no hables —dijo Arana—. Si pisas en falso, te vas a comer el fondo del foso y yo voy detrás.
Isidro no contestó.
Lo que pasa es que Isidro siempre necesitaba masticar algo para no pensar en los sesenta metros de basalto que tenía encima de la cabeza. Era un hombre ancho de hombros caídos y nudillos llenos de costras de picar roca viva, de los que huelen a manteca rancia incluso después de meterse al pilón de la plaza los domingos. Arana oyó cómo el muchacho se detenía a mitad de escala para rascarse la nuca con el dorso de la manopla. Un raspón de piel contra lana áspera. Desde alguna grieta oculta en la piedra negra llegaba el siseo sordo y continuo del gas alcalino escapando por fisuras de basalto mojado como el fuelle roto de una fragua, un resoplido ciego que no daba lumbre pero iba dejando la garganta áspera, con un regusto a ceniza amarga.
Arana tanteó el barrote siguiente con el talón. El hierro estaba resbaladizo de grasa. Se detuvo un segundo, respiró hondo y sacó del chaleco una colilla espachurrada; la olió, comprobó que sabía a tabaco podrido por la humedad y la guardó otra vez sin encender.
Afuera, en el patio de maniobras, alguien arrancó el motor de un camión que tosió dos veces antes de calarse.
Al alcanzar el rellano del nivel cuatro, la jaula del mineral estaba trabada contra los topes de pino. Allí los esperaba Balbina Cuesta.
Estaba de pie, apoyada contra una pila de traviesas que supuraban brea recalentada. Llevaba un guardapolvo gris ceniza con las bocamangas manchadas de óxido de hierro y un candil colgado de la faltriquera de cuero crudo. No parecía tener frío ni prisa; o sea, no daba la impresión de ser una mujer que llevara tres cuartos de hora respirando el polvillo cáustico de una galería sin ventilador secundario. Sostenía bajo el brazo un legajo con tapas de hule negro, carcomido en las esquinas por la lechada de cal, y mordisqueaba la punta de un lápiz copiativo con la mirada fija en el pozo.
—Bajan como viejas —dijo Balbina, sacándose el lápiz de entre los dientes con un gesto seco—. La intendencia no va a pasar el visto bueno si la cota seis no tiene el informe firmado antes de las diez.
—La escala tiene cuatro barrotes sueltos entre el dos y el tres —dijo Arana, dejándose caer sobre un banco de madera podrida para aflojar la hebilla de la rodillera—. Si bajo más rápido me descoyunto el lomo, y si me mato aquí abajo, las cotas las va a validar usted con el dedo.
Balbina chasqueó la lengua sin mirarlo. Ajustó el reflector de su candil con la uña del pulgar.
—El escribano es usted, Arana. Yo solo tomo nota del avance.
—Tengo la pierna como un tronco verde y los folios empapados.
—Pues séquelos con la manga y firme.
Bueno.
Arana sacó de la cartera de baquelita el cuaderno de actas. El papel cebolla estaba hinchado por la condensación, quebradizo en los bordes como una hostia vieja, y en las cutículas se le había formado una costra blanca de polvillo de tiza que picaba como una quemadura de ortiga. Pasó el pulgar por el relieve del sello oficial. El papel apenas ofrecía resistencia; se deshacía en filamentos húmedos bajo la yema del dedo. Veintiocho años rubricando vacíos te enseñan que la mentira no pesa en el papel cebolla, pero tritura los fémures de quien baja a buscarla. Se acordó de un inspector mayor de Linares que usaba botines de charol y presumía de caligrafía impecable en los libros de deslinde; acabó con el esternón aplastado contra una viga de roble porque dio fe de que un frente agrietado era piedra firme solo porque la tinta no chorreaba en el parte de despacho. Si la roca quería venirse abajo, las firmas en el papel—
Isidro se sentó en un fardo de esparto mohoso, sacó una navaja de muelle con la cacha astillada y empezó a raspar el sebo endurecido de la plomada de zinc. Sacaba tiras finas, casi transparentes, que caían al suelo sin hacer ruido.
—¿Falta mucho para el fondo? —preguntó Isidro sin levantar la vista de la navaja.
—Veinte metros de pozo ciego —dijo Balbina—. Si es que no te da por marearte con el gas.
—A mí no me marea nada —masculló el muchacho—. Lo que tengo es el estómago pegado al espinazo.
Arana no dijo nada. Volvió a abrocharse la correa de hierro, apretando la hebilla hasta el último agujero para que la férula no bailara. El metal le mordió la tibia a través del pantalón empapado. Dolía con ganas, pero era un dolor conocido, sordo, como el zumbido de las muelas picadas cuando entra el invierno.
En la traviesa superior, una rata cruzó entre las maderas con un chillido corto y se perdió por el respiradero.
El último tramo hacia el nivel seis era un tubo angosto donde la corriente de aire moría en un pozo ciego.
Descendían a tientas por los peldaños cubiertos de una costra resbaladiza de limo gris. La lechada cáustica chorreaba por los tabiques de sostenimiento, dejando regueros blancos que parecían sebo derretido sobre el basalto. A Arana se le fue el pie derecho en el travesaño catorce. El hierro oxidado de la rodillera pegó un golpe seco contra el barrote, un clac metálico que le subió por la cadera como una descarga eléctrica. Se quedó colgado de los brazos tres segundos, apretando los dientes hasta que la mandíbula le crujió en las sienes. El sudor le bajaba por la frente, espeso y salado, arrastrando el polvo de tiza hasta los ojos.
Paso a paso. El metal helado. Las palmas en carne viva.
Isidro tocó fondo primero. La suela de sus botas chapoteó en un lodo blancuzco que le cubría los tobillos. Encendió el mechero de su lámpara de carburo; la chispa del pedernal soltó un chispazo azulado y la llama iluminó la repisa del nivel seis, una galería estrecha donde las vigas maestras crujían bajo un peso muerto que venía desde arriba.
Arana se descolgó en el barro con un gruñido. Al apoyar la pierna mala en el entablado podrido, el tintero de baquelita que llevaba en el bolsillo exterior del chaleco chocó contra la arista viva de una roca y reventó con un chasquido sordo. La pasta morada le manchó la pernera del pantalón de inmediato; el halo violeta amoratado de la tinta copiativa comenzó a disolverse en el barro grisáceo de la repisa, abriéndose en ramificaciones espesas que parecían venas hinchadas en el fango de caliza.
—Me cago en el tintero —murmuró Arana, frotándose los dedos tiznados contra la pechera.
Nada.
Isidro no le hacía caso a la tinta. Había levantado el candil hacia el frente de avance y la llama temblaba con el aire muerto del fondo. A tres metros de la escala, la entibación de roble estaba combada hacia afuera, vencida por una panza de piedra que amenazaba con partir los maderos por el nudo. Pero lo que Isidro alumbraba con la mano temblorosa no era la roca suelta. Justo en el centro del travesaño maestro, donde debían estar las marcas oficiales que prohibían el paso a las zonas de falla, la madera aparecía pelada a tajos limpios: los sellos de caucho de Arana habían sido raspados a cuchilla para camuflar el avance clandestino de las galerías de barita.
Fin del Episodio 2 · de 4
El óxido en los peldaños
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.