El folio veintinueve
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Eran las cuatro de la tarde en la Chancillería.
El papel cebolla del expediente veintinueve estaba combado por la humedad del sótano, correoso al tacto, pegándose a las yemas de los dedos como una piel muerta. Román Arana pasó la hoja despacio para no rasgarla. Tenía una costra blanquecina de polvillo de tiza incrustada bajo las cutículas de la mano izquierda, un cerco seco que no salía ni raspando con la navaja de afeitar. Llevaba dos horas sentado en el taburete de enea sin moverse más que para cambiar el peso de una nalga a la otra, esperando que el dolor sordo del menisco le diera una tregua.
—Isidro —dijo Arana sin levantar los ojos de la minuta.
—¿Qué?
—El sello de la intendencia no tiene fecha.
—Se le olvidó al chico de las pólizas —respondió Isidro Lafuente desde el fondo de la sala, revolviendo entre unos archivadores de chapa oxidada que sonaban a chatarra vieja—. Deja eso ya, Román. No va a venir nadie con esta llovizna. Además, huele a perro muerto desde mediodía.
—Huele a caliche mojado.
—A perro muerto —insistió Isidro. Se oyó el chasquido de una nuez partiéndose entre dos cantos de río. Isidro siempre tenía nueces en los bolsillos del chaleco, secas y vanas, que comía para engañar el hambre antes de la cena—. Mi cuñado dice que en el matadero de abajo tiraron tres pellejos al colector. Con el calor que sube de las galerías, eso fermenta en dos horas. Te lo digo yo.
Arana no contestó. Se frotó la muñeca derecha, donde el puño de la camisa, raído por el roce del pupitre, le picaba sobre la piel sudada. El problema era que Isidro siempre necesitaba llenar el aire con cualquier cosa. No toleraba el silencio de la Chancillería, ese mutismo espeso de archivo judicial donde lo único que trabajaba eran las polillas comiéndose el engrudo de los legajos y la humedad trepando por los sillares de basalto. En la esquina del cuarto, la balanza de contrastar muestras mostraba una película amarillenta sobre los platillos: sebo de carnero rancio, untado a conciencia sobre el zinc para evitar que la salmuera del aire oxidara los contrapesos.
Lo que pasa es que nadie en ese edificio quería admitir lo que estaba pasando tres metros más abajo de las tarimas.
El zumbido empezó como un temblor de muelas. No era un ruido de tráfico ni el paso de un carro de carbón por el empedrado exterior. Era un soplido continuo, sordo, bronco, semejante al aire comprimido que escapa por la válvula rajada de un fuelle de fundición. Subía por el intersticio de la pared medianera, cargado de un vapor tibio que olía a piedra quemada y a pozo negro recién abierto.
Arana levantó la cabeza. La abrazadera de hierro oxidado que le sujetaba la pierna mala crujió, un golpe metálico y seco contra el travesaño del pupitre.
—Isidro.
—Que no voy a barrer más caliza hoy, Román, que se me mete en el pecho.
En la repisa de caoba, justo encima del fichero de concesiones mineras, el frasco de tinta copiativa comenzó a vibrar. Era un tintero grueso, de cristal violeta oscuro con gollete de latón. Osciló primero sobre su base, marcando un repiqueteo minúsculo contra la madera encerada. Luego, el rodapié de castaño emitió un chasquido limpio, como el de una costilla partiéndose bajo una bota. Una grieta de dos dedos de ancho se abrió de golpe a lo largo de la junta de cal, escupiendo un chorro fino de polvo seco sobre los expedientes apilados.
El frasco se ladeó.
Cayó.
Reventó contra el suelo de losas gastadas. Una mancha amoratada, densa y viscosa, se expandió sobre el barro blancuzco que manaba de la juntura rota. La tinta no corrió como agua corriente; se quedó suspendida un instante en la lechada de cal para luego abrirse en venas moradas, como la sangre cuajada de un buey en el degolladero.
Nada.
Silencio otra vez.
—Me cago en mi estampa —susurró Isidro, con media nuez todavía asomando entre los dientes.
Arana se agachó despacio, apoyando la palma en el borde de la mesa para descargar la pierna izquierda. El hierro de la férula le mordía la carne por encima de la espinilla, un pellizco habitual que olía a cuero sudado y a grasa de carruaje. Metió los dedos en la hendidura del rodapié. El aire que salía de allí no estaba frío como el del sótano; soplaba tibio, pegajoso, con esa peste alcalina que le secaba a uno la garganta al tercer respiro.
—¿Ves eso? —preguntó Arana.
—Veo que vas a tener que pagar tú la tinta —dijo Isidro, sin acercarse un solo paso. Seguía arrimado a los archivadores, con las manos metidas en los bolsillos del delantal de lona gris—. Esa tinta venía pedida desde mayo. La intendencia no te va a firmar otro vale de escritorio ni de broma.
—Mira la piedra, Isidro.
—No quiero mirar la piedra. Estoy harto de la piedra. Llevo tres años viendo la misma caliza de mierda salir en los cajones.
Arana sacó un cabo de fósforo del bolsillo de la chaqueta, lo encendió contra la aspereza del sillar y lo arrimó a la fisura. La llama no se apagó, pero la punta azulada se estiró hacia arriba, chupada por una corriente invisible que venía de las tripas de la colina. Era, digamos, una respiración geológica. Una marea que no tenía nada que ver con la luna ni con el río, sino con los pilares de carga que la compañía minera llevaba reventando sin apuntalar desde el invierno pasado.
Lo que pasa es que los informes de la Chancillería eran una ficción cómoda para todo el mundo. Ciento cuarenta folios de sellos notariales, decretos de amparo y concesiones reales que pesaban una tonelada sobre el papel, pero que allá abajo no sujetaban ni media carretilla de cascote. La roca no sabe leer latinajos notariales, pero guarda una memoria inflexible para las deudas de caliza. Si le quitas una costilla a la montaña para ahorrarte cuatro cuartos de encachado, tarde o temprano la montaña se tumba a descansar sobre el hueco.
Arana apagó la cerilla pellizcando el fósforo entre el índice y el pulgar. No sintió el calor.
—Pásame la bayeta vieja —pidió.
—Está tiesa —dijo Isidro—. La usaron ayer para recoger el engrudo del registro.
—Da igual. Pásala.
Se quedó de rodillas un minuto entero, respirando el vaho mineral. Sentía la vibración sorda en las rótulas, un latido que no iba al compás del suyo. O sea, el vacío estaba ganando terreno hacia la superficie más rápido de lo que decían los partes de turno. En la galería baja, donde los barrenistas cobraban por metro avanzado y nadie miraba las filtraciones de agua salobre, las presiones debían de estar partiendo los testeros de roble como si fueran ramas secas.
Sacó del bolsillo interior de la pelliza un cigarrillo aplastado, doblado casi por la mitad. Lo enderezó con cuidado, apretando la hebra suelta con la punta de la lengua. Buscó fuego en el chaleco, pero se detuvo con los dedos metidos entre billetes viejos de tranvía y recibos de carbón que no servían para nada. Guardó el pitillo otra vez.
No tenía sentido encenderlo.
La puerta de la calle no sonó porque los goznes estaban podridos de humedad, pero una ráfaga de aire con aguanieve barrió el polvo del zaguán. Los pasos sobre las losas no eran los de un peón. Eran pasos secos, con tacón herrado, de esos que golpean con la seguridad de quien no teme ensuciarse las suelas.
Balbina Cuesta se quitó los guantes de gamuza antes de traspasar el cancel de madera.
Tenía las solapas del capote de paño negro chorreando agua y una costra de lechada blancuzca salpicada en el dobladillo, como si viniera de caminar pegada a los muros de la trinchera norte. No miró a Isidro. Pasó de largo frente a las mesas de registro, soltando a cada zancada un olor espeso a lana mojada y a betún militar que tapó de inmediato la peste del pozo ciego.
—Sigue de rodillas, Arana —dijo ella, con esa voz áspera de quien fuma tabaco negro en ayunas—. Pensé que los peritos de minas ya no rezaban.
—Estaba mirando el suelo —contestó él, apoyándose en la mesa para ponerse en pie con un chasquido ronco de los ligamentos.
—Pues mírelo bien. Porque se va a tragar la calle entera antes de que den las siete.
Isidro dio un paso hacia la puerta trasera, pero Balbina ni siquiera se giró para cortarle el paso; le bastó con dejar caer sobre el pupitre de registro un fajo de papeles con membrete escarlata. Encima del papel arrojó un rollo pesado: la cinta métrica de lino plomado, con las marcas de los decímetros borradas por el barro seco y el lastre de plomo mellado por mil golpes de sondeo.
—El intendente ha firmado el mandamiento —soltó Balbina. Sus ojos, grises y desteñidos como el agua de lavar mineral, se clavaron en la mancha morada que cubría el zócalo—. La falla del pozo tres ha cortado el colector de aguas turbias. Dicen los técnicos de la empresa que es un asiento natural del terreno. Que no hay peligro.
—Es mentira —dijo Arana.
—Por supuesto que es mentira. Pero su firma no está en el folio veintinueve.
Arana miró el fajo sobre la mesa. La tinta del membrete todavía brillaba, fresca.
—No voy a firmar un falso replanteo, Cuesta. Si la caliza cede por el testero norte, el archivo y la mitad de la plaza se van al hoyo.
Balbina dio dos pasos hacia él. Se detuvo a medio palmo, tan cerca que Arana pudo verle el temblor involuntario del párpado izquierdo, un tic viejo que se le acentuaba con la fatiga. Sacó un reloj de bolsillo de níquel, miró la esfera rayada y volvió a guardárselo en el chaleco sin decir la hora.
—Tiene dos opciones, Arana. Y las dos me dan exactamente igual.
La pared medianera gimió otra vez. Un crujido seco. Caliza molida cayendo en la cámara de aire.
—Dígalas.
—O baja usted ahora mismo con la cinta de lino y mide el desplazamiento de la falla con su propio peso en la escala vertical, o la intendencia pasa la tranca, echa el lacre en las puertas de este archivo y lo deja a usted aquí dentro con sus expedientes y su rodillera de hojalata para que termine de redactar el informe.
Arana miró el rollo de lino sobre la mesa. El plomo del extremo estaba frío, sudando goterones de condensación que empapaban el papel del mandamiento.
El suelo crujió. La viga cedió. Nadie se movió.
—Bueno —dijo Arana.
Afuera, alguien arreó una mula con un trallazo seco que retumbó en todo el callejón.
Fin del Episodio 1 · de 4
El folio veintinueve
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