El punto de cizalla
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Balbina no cegó el tiro aquella noche. Sopesó las cuñas, miró la hoja de papel cebolla que se le corría a Arana contra el muslo y dijo que el informe se cerraba en el noveno nivel o no se cerraba. Luego se perdió por el socavón de acarreo, a oscuras, como había venido.
Al día siguiente, pasado el mediodía, Arana y Lafuente volvieron a bajar.
El cable del cabrestante quedó flojo sobre el travesaño.
Arana se detuvo a tres peldaños del suelo. El hierro oxidado de la rodillera golpeó la madera podrida de la escala con un chasquido hueco, seco, que le vibró directo en la rótula. Esperó. Con la mano derecha se palpó la cadera para comprobar que la cartera de cuero seguía allí, trabada bajo el cinturón. La badana estaba viscosa por la condensación que escurría por las paredes del pozo, un agua tibia que olía a cal apagada y a orina vieja. Arriba, a cien metros hacia la boca, no se oía nada. Ningún grito de los peones. Ni el motor de vapor.
—Se ha quedado clavada la jaula arriba —dijo Lafuente desde abajo.
Estaba sentado en un madero de entibación, con los pies metidos en un lodazal grisáceo. Se quitó la boina, le sacudió el polvillo blanco contra el muslo y volvió a ponérsela, encajándola bien sobre las orejas.
—Oye —añadió Lafuente, mirando al techo negro—. ¿Tienes tabaco que no se haya empapado?
—No.
—Llevo tres horas con ganas de quemar algo que no huela a piedra muerta.
—Bueno.
Arana bajó los dos últimos travesaños. La pierna mala le falló medio palmo al pisar el fango de la solera; el gozne de la ortopedia cedió con un chirrido agrio de gozne sin engrasar. Tuvo que apoyar la palma en el hastial para no irse de bruces. La roca viva no existía allí abajo: la superficie del basalto estaba forrada por una costra espesa de lechada blancuzca que se le pegó a los dedos como masa de pan crudo. Se limpió la mano en la solapa de paño negro de la levita, dejando una mancha descolorida, pastosa, que tardaría semanas en secarse.
El problema era que Balbina Cuesta no tenía frío.
Estaba de pie junto al testero del noveno nivel, con los brazos cruzados bajo el mantón de paño fino y una lámpara de carburo colgada de un gancho de hierro a la altura de los ojos. La llama hedía a acetileno y proyectaba una sombra triangular, afilada como una cuña, sobre el frente de la fractura. No se había manchado los botines. Ni un salpicón de lodo. Llevaba el pelo recogido con una peineta de carey que brillaba cada vez que inclinaba la cabeza para mirar el fondo de la galería, como si estuviera esperando un coche de caballos en una esquina limpia de la ciudad.
—Llega con veinte minutos de retraso, actuario —dijo Balbina. Ni siquiera pestañeó—. La mampostería del hastial este lleva cediendo desde las doce. Si la clave se aplasta antes de que corra el lino, usted responde con su fianza.
—La jaula bajaba despacio —dijo Arana. La lengua le sabía a metal frío, a ese óxido que se le metía en las muelas cada vez que pasaba del sexto nivel—. Lafuente, saca la plomada.
—La pesa está llena de roña —rezongó Lafuente, hurgando en el cajón de madera que descansaba sobre los durmientes—. El sebo de oveja se ha puesto verde con la humedad. Apesta a carnero podrido.
—Sácala igual.
Lo que pasa es que a nadie le importaba el hedor del sebo, salvo a Lafuente, que todavía creía que un deslinde subterráneo se hacía con guantes limpios y café caliente esperando en la cantina de la bocamina. Arana abrió la cartera. Los pliegos de papel cebolla crujieron entre sus dedos con esa rigidez falsa del papel que ha absorbido demasiada agua subterránea; estaban hinchados, con los bordes combados como barquillos viejos. El polvillo de cal se le había metido bajo las cutículas de los pulgares, formándole un ribete blanco, duro, que le tiraba de la piel viva cada vez que doblaba una cuartilla. Se rascó el nacimiento de la uña contra la hebilla del chaleco. Dolía un poco, pero al menos no picaba.
—El tiro de aire se ha invertido —murmuró Lafuente, levantando la plomada de zinc sujeta a la cinta métrica de lino plomado—. El fuelle ya no aspira hacia el pozo tres.
El siseo empezó por debajo de los durmientes.
No era un escape violento. Sonaba continuo, bajo, como el fuelle roto de una fragua de herrador cuando el cuero pierde el aire por las costuras. Un vapor tibio, agrio, cargado de partículas alcalinas que hacían picar los ojos, empezó a filtrarse por las grietas microscópicas del basalto mojado. Arana sintió el escozor inmediato en el fondo de la garganta. Tragó saliva, pero solo consiguió tragar polvo seco.
—Extienda la cinta —ordenó Balbina. Dio un paso adelante; el borde de su falda rozó la masa de fango sin que pareciera importarle—. Desde el paramento maestro hasta la arista viva de la fisura. Treinta varas justas. Si marca veintinueve y media, la contrata de consolidación queda nula por vicio de colapso previo. Usted lo sabe, Arana.
—Lo sé.
—Entonces no se quede ahí mirando la pared como si fuera a responderle.
Arana no le contestó. Sacó el tintero cilíndrico de baquelita negra del bolsillo interior del chaleco. El tapón de rosca estaba atascado por el salitre; tuvo que morder la arista de baquelita para aflojarlo. El plástico amargo le raspó el borde de los incisivos. Dentro, la tinta copiativa violeta temblaba con una vibración microscópica, un latido que no venía del aire sino de la propia masa de piedra sobre la que estaban parados. La falla no estaba asentándose: estaba flotando sobre una balsa de lechada hirviente que buscaba salida.
—Sostén el extremo, Lafuente —dijo Arana, pasando el lino plomado entre los dedos—. En el clavo de referencia. En la piedra, no en el mortero.
—El clavo está suelto —dijo Lafuente. Se había agachado; sus rodillas chapotearon en el fango gris—. La junta de caliza se está haciendo papilla, Arana. La tocas y se deshace como yeso mojado.
—Mete el dedo y aguanta.
—Me va a quemar la piel, coño.
—Aguanta.
Un chasquido sordo recorrió la bóveda. No fue arriba, en los maderos, sino abajo, en el lecho ciego de la galería. La roca viva no estalló; simplemente se abrió un palmo hacia abajo, como si alguien hubiera retirado una cuña invisible desde las profundidades del pozo ciego. El aire caliente sopló contra los pantalones de paño de Arana con una fuerza pestilente, hedor a sumidero y a piedra requemada. El basalto retumbó una sola vez, un golpe seco que le sacudió la pierna ortopédica y le aflojó los tornillos del ajuste.
El noveno nivel se desplomó tres palmos hacia el lecho ciego.
El golpe tiró a Lafuente de espaldas sobre el lodo. El tintero de baquelita resbaló de la mano entumecida de Arana, rebotó en la arista viva de la grieta que acababa de abrirse y se quebró en tres pedazos sobre la roca. La tinta copiativa saltó en un chorro denso, violeta oscuro, casi negro, antes de disolverse en el barro grisáceo en un halo amoratado, espeso, que parecía una mancha de grasa de motor sobre asfalto empapado.
Nada.
Durante tres segundos enteros, el único ruido fue el siseo del gas escapando con más fuerza por la nueva hendidura, hinchando burbujas de lechada que reventaban en silencio.
—Se ha caído el asiento —dijo Lafuente desde el suelo, arrastrándose hacia la escala sin levantarse—. Arana, nos vamos. Se está tragando la zapata. Nos vamos.
—Quédese donde está —la voz de Balbina sonó plana, limpia, sin un solo quiebro de miedo—. La medición no está cerrada. El deslinde no tiene fe pública hasta que el folio esté rubricado en el frente. Si sale por esa escala sin firmar, presento querella por abandono de función ante la Sala de Gobierno antes de que den las seis.
Arana se pasó la manga por la frente. El sudor se le mezclaba con la tiza húmeda, formándole un barrillo gris que le escocía en las cejas. Miró el suelo. El papel cebolla había caído sobre una piedra plana que sobresalía del fango; estaba manchado en los bordes, pero el cuerpo del documento, con los sellos en seco de la Chancillería todavía legibles, seguía intacto.
—El tintero se ha roto —dijo Arana.
—Le queda el muñón de tinta en la baquelita —dijo ella. No se había movido un centímetro; la lámpara de carburo en su mano proyectaba un círculo tembloroso sobre la fractura viva que ahora medía dos palmos más de anchura—. Y tiene la plomada en el aire. Mida.
Arana respiró hondo. El gas le quemó los bronquios, un aire que sabía a azufre y a cal apagándose en un cubo. Pensó, por un segundo ridículo, en la máquina de café de la estación de ferrocarril, en ese zumbido metálico que hacía la caldera antes de soltar un chorro de agua tibia con regusto a cobre quemado. Aquello era lo mismo, digamos. Una caldera que no tenía por dónde ventilar.
Cojeó hasta el borde de la sima. La ortopedia de hierro chocó contra un saliente de basalto, enviando una punzada de dolor sordo desde la espinilla hasta la ingle. Apoyó la rodilla sana en el fango. El sebo de oveja que cubría la plomada de zinc desprendía un hedor rancio, mareante, mientras la suspendía en el eje exacto de la fractura. El hilo de lino no oscilaba: bajaba vertical hacia la nada, hacia una oscuridad lechosa que gorgoteaba cinco metros más abajo.
—La cota ha bajado cuatro varas —dijo Arana. Su propia voz le sonó ajena, como si saliera del fondo de una tinaja—. El hastial no existe. Se lo ha tragado la falla reactiva.
—Haga constar la cota —dijo Balbina. Su mano enguantada en cabritilla negra señaló el legajo enlodado—. La cota original del plano. La que pactó la contrata.
—El plano dice que esto es roca firme.
—El plano dice lo que el actuario convalida con su rúbrica.
Arana levantó la mirada. A la luz verde del carburo, la cara de Balbina Cuesta parecía esculpida en estuco seco. No había malicia en sus ojos; solo esa indiferencia absoluta y administrativa de la gente que cobra por metro cúbico vaciado sin haber bajado jamás a palear escombro.
—Hacer constar la verdad exige a veces que el actuario quede emparedado dentro del mismo folio que cierra el litigio —murmuró Arana.
—No sea melodramático, Arana. Firme y suba.
Arana recogió el pedazo más grande del tintero roto. La baquelita negra conservaba un fondo de tinta viscosa, medio cuajada por el polvo alcalino. Mojó la punta del dedo índice directamente en el violeta espeso. Tenía la yema agrietada por el salitre; la tinta se le metió en los cortes con un ardor punzante, frío al principio y luego ardiente como ácido.
—Lafuente —llamó Arana sin volverse.
No hubo respuesta. Lafuente ya estaba subiendo los peldaños de la escala; el hierro de sus botas repiqueteaba a quince metros de altura, rápido, desesperado, buscando la boca del pozo.
Arana arrastró el folio sobre la piedra resbaladiza. Con la pesa de zinc suspendida en el eje exacto de la fractura viva, marcando el abismo que se ensanchaba a cada latido, apoyó el papel cebolla sobre el muslo de su pierna mala, justo encima del refuerzo de chapa.
Un estruendo sordo, no como un trueno sino como el crujido de una quilla partiéndose contra un banco de arena, reventó la mampostería superior.
Una lluvia de piedras pequeñas y lechada hirviente cayó sobre sus hombros, empapándole la levita de un lodo blanco que quemaba a través del paño. La pared maestra se combó hacia adentro. Balbina dio un paso atrás, la primera vez que retrocedía, y la lámpara de carburo osciló con violencia, llenando la bóveda de sombras desgobernadas.
Arana no miró hacia arriba. Apretó la yema teñida contra la línea de puntos del legajo enlodado, trazando su rúbrica violeta con un trazo torcido, denso, que rasgó el papel húmedo en el instante en que el primer sillar de granito de la clave se desprendió del techo.
Silencio.
Arriba, en la bocamina exterior, un perro ladró dos veces y se calló.
Fin del Episodio 4 · de 4
El punto de cizalla
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