Vigilia del escape ciego·Episodio 02

El susurro del coro alto

~9 min · 1721 palabras

Arrastrando la puntera herrada de la bota izquierda contra la contrahuella de caliza —un raspón seco, áspero, que medía el ascenso peldaño a peldaño para compensar la falta de reflejo motor—, Anselm calculó que le quedaban menos de cuatro minutos antes de que el cabildo abriera los purgadores de la nave central. Sesenta y cuatro. Sesenta y cinco. Cada escalón exigía cargar todo el peso sobre la cadera derecha, encajar el fémur en la cavidad dolorida y pivotar el torso antes de tirar de la correa de cuero que unía su muslo muerto a la abrazadera de la rodilla. El metal del refuerzo rechinaba contra la piedra húmeda con la regularidad de un péndulo de plomo. Habría sido más sencillo detenerse en el rellano intermedio, apoyar la frente contra el sillar frío y esperar a que el corazón dejara de golpear contra las clavículas, pero en los tramos ciegos del caracol la ventilación era nula; el aire subía desde las calderas bajas cargado de un vapor espeso y rancio, una emulsión tibia de manteca de cerdo y grasa mineral quemada que se adhería a la mucosa de la garganta como un barniz tibio.

El estribo de peltre remachado a su temporal izquierdo transmitía la marcha del templo directamente a los huesos de la cara: un zumbido agudo, sordo y constante, que no entraba por el canal auditivo sino que hacía temblar la raíz de sus molares superiores con cada vaivén del áncora tres pisos más abajo. Clac-tac. Clac-tac. Era un compás defectuoso, ligeramente cojo, como su propio paso. Al doblar la curva del nonagésimo peldaño, el cambio de temperatura entre el tiro de la escalera y las corrientes de las galerías altas condensó el vapor sobre los cristales redondos de sus gafas de aumento. El mundo se convirtió en una mancha amarillenta y borrosa de cal y sombras de forja.

Se detuvo en seco.

Con la mano enguantada en cuero rancio se bajó las gafas hasta el puente de la nariz. Frotó el cristal izquierdo con la esquina interior de su blusón de terliz —la única parte que no estaba endurecida por el polvo de esmeril o el lubricante— y parpadeó dos veces para despejar la arenilla que le quemaba los lagrimales. Le picaba la piel tirante en torno a los remaches de la prótesis temporal; una costra de linfa seca se había formado alrededor del perno inferior, pero rascarse allí con los dedos sucios habría supuesto arriesgarse a una supuración que la enfermería resolvería con sulfato de cobre y una pinza de fuego. Esperó a que la respiración se aplanara. Contó diez pulsaciones en la arteria del cuello. Solo diez.

En el rellano del segundo triforio, recortado contra el vano abierto que daba al abismo de la nave mayor, fray Bartolomé no estaba rezando ni vigilando las cadenas de los contrapesos; estaba golpeando con la uña limpia del índice el cuadrante de latón de un manómetro de columna.

—Tiene aire el serpentín —dijo el fraile sin volverse, como si la cojera metálica de Anselm hubiera sido catalogada en un libro de registro mucho antes de que doblara la esquina del pilar.

—Es condensación —respondió Anselm, manteniendo el pie izquierdo clavado en la losa para que la articulación ortopédica no chasqueara—. Se purga sola al abrir el paso de la una.

—El aceite de colza nuevo viene con impurezas. Huele a pescado frito en toda la crujía norte. El sacristán menor dice que las velas de cera pura se están doblando por la humedad del tiro.

—El tiro siempre ha sido malo en noviembre.

—En noviembre de hace tres años no teníamos que raspar hollín verde de las celosías de San Juan —replicó Bartolomé, pasando una yema meticulosa por el reborde de bronce del instrumento—. Traes la lima grande en la faltriquera. Se nota por la forma en que te cuelga el faldón.

Anselm no se movió. Si Bartolomé daba dos pasos a la izquierda y bajaba la vista hacia el dobladillo de su pernera, vería el trapo aceitado donde envolvía el punzón de acero templado y las cuñas de ajuste que no figuraban en el inventario del cabildo, y entonces él tendría que responder por qué un simple ayudante portaba herramientas de maestro.

—Tengo que repasar los calces de la biela en el balancín de vísperas —dijo Anselm, con la voz plana, neutra, desprovista de cualquier inflexión que invitara a la réplica.

Bartolomé lo miró de soslayo. Tenía los ojos pequeños, rodeados de una piel amarillenta y cerosa por las vigilias en las galerías intermedias, y el cuello de su hábito estaba tan tieso de almidón barato que le dejaba una marca roja bajo la mandíbula cada vez que ladeaba la cabeza.

—Date prisa. Si la campana de laudes suena desfasada un cuarto de micra, el provincial de la orden va a querer saber si la culpa es de la fundición o de los dedos torpes de los ajustadores de la bresca.

El fraile dio media vuelta, con el rumor seco de la sarga rozando los balaustres de fundición, y se perdió por el pasillo que llevaba a las válvulas secundarias sin volver a mirar atrás.

◇

Esto es lo que Anselm encontró al franquear la portezuela de chapa remachada que daba al coro alto: una galería angosta, suspendida como una pasarela de minería entre las bóvedas nervadas de piedra y el mecanismo del carillón mayor, donde el aire vibraba con una frecuencia tan densa que el metal parecía a punto de sudar mercurio.

El eje de transmisión horizontal —una barra cilíndrica de hierro dulce de ocho pulgadas de diámetro— giraba a la altura de sus rodillas con un lamento sordo, arrastrando solidariamente las levas que gobernaban los martillos litúrgicos y los contrapesos de las cuchillas terminales situadas doscientos pies más abajo, sobre los cepos de los penitentes del coro. Cada revolución levantaba una bruma finísima de agua oxigenada por el calor, un rocío salobre cargado de esquirlas microscópicas de herrumbre que caía sobre las barandillas y formaba un fango rojizo sobre las planchas estriadas del suelo. Anselm dio tres pasos arrastrando la bota, apoyándose en la baranda de hierro negro, hasta que la puntera de su pie sano tropezó con algo blando y metálico a la vez.

Se agachó. El dolor del costado izquierdo fue una punzada fría, vertical, que le subió desde el glúteo atrofiado hasta la base del cráneo.

Bajo la sombra del sombrerete de una biela de retorno, arrodillada sobre un saco de estopa empapado en grasa oscura, sor Melisenda limpiaba una pletina con una bayeta de cáñamo. No se había recogido las mangas del hábito; las llevaba remangadas hasta los codos y aseguradas con alambre de fardos, dejando al aire unos antebrazos delgados, cubiertos de cicatrices de quemaduras de vapor y salpicaduras de ácido de baterías. Entre sus dedos manchados de grafito sostenía el armazón curvo de una segueta de joyero.

La hoja de la sierra estaba partida en dos.

A sus pies, en el intersticio donde la barra motriz engranaba con el sector dentado del áncora mayor, un lecho de virutas de bronce brillaba con una palidez dorada y aceitosa entre el hollín de los cojinetes. No eran limaduras producidas por el desgaste natural de dos metales en fricción. Eran rizos delgados, espirales perfectas nacidas del avance paciente, clandestino y rítmico de un diente de acero endurecido cortando el lomo del diente maestro.

—Te tiemblan los párpados, Anselm —dijo ella sin levantar la vista del eje, pasando el pulgar por la muesca fresca para comprobar su profundidad con la uña—. Es el implante. Cuando Bartolomé fuerza la caldera de cola para ganar dos libras de tiro, el zumbido te hace bizquear.

—Has serrado tres milímetros de la cara de empuje —dijo él. Su propia voz le sonó extraña, apagada por el bramido de los pistones que latían detrás de los tabiques de ladrillo refractario—. En cuanto la presión suba a cuatro atmósferas para la misa del alba, el diente va a descabezarse. El trinquete no entrará. El carillón va a quedar loco sobre el volante de inercia.

Melisenda no intentó esconder la segueta rota. La dejó sobre la traviesa de fundición con un tintineo seco, un sonido menudo que quedó sepultado al instante por el golpeteo sordo del escape.

—Salvar a un hermano es pecado de soberbia si para hacerlo hay que descarrilar la misa del cabildo —soltó ella con una calma metódica, casi litúrgica, como si estuviera recitando de memoria un pasaje de las ordenanzas de taller mientras se limpiaba el pulgar en el mandil.

La frase quedó flotando entre ellos, pegajosa como la grasa animal que goteaba desde las guías superiores al canal de purga.

Melisenda metió la mano en el bolsillo interior de su hábito y sacó una pieza triangular, tosca, fundida a mano en un molde de arena húmeda. Era una cuña de plomo blando, con los bordes rebabados y el ápice aplastado por un golpe previo de escoplo. Se inclinó hacia él y se la puso en la palma desnuda. El metal estaba frío, pesado, con esa densidad opaca y maleable que no devolvía el calor de la mano.

—Guárdala —le susurró, y por primera vez levantó los ojos; eran grises, turbios por el esfuerzo continuado de mirar piezas diminutas bajo la luz vacilante de las mirillas de combustión—. Si la metes entre el balancín y el tope de seguridad antes de que empiece el carillón, el escape perderá el ciclo y la caldera se purgará por los aliviaderos exteriores sin tocar el foso. Pero si la dejas en tu bolsillo, Anselm... si dejas que el áncora recupere el compás que le marcaste con el nonio al entrar la guardia, la cuchilla del cabildo caerá al sonar la sexta campanada.

Hizo una pausa. Un golpe de vapor escapó por una brida suelta a tres pasos de ellos, siseando como una víbora ciega contra las losas del triforio.

—Y tu propio hermano es el primero en la fila de los cepos del alba.

Silencio.

Anselm cerró los dedos sobre la cuña. El plomo cedió ligeramente bajo la presión desesperada de su pulgar, dejando una marca grisácea y salobre en la yema de su piel cuarteada.

¿Cuántos segundos de retraso hacían falta para que un hombre dejara de pertenecer a la liturgia y empezara a pertenecer a la colada?

Fin del Episodio 2 · de 4

El susurro del coro alto

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