Capítulo II · II
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—¡Compañía!… ¡Atención!… ¡Armas al hombro!… ¡Preparen!… ¡Apunten!… ¡Fuego!
Farquhar se zambulló; se zambulló tan hondo como pudo. El agua rugía en sus oídos como la voz del Niágara, pero aun así oyó el sordo estampido de la descarga y, al ascender de nuevo hacia la superficie, se topó con brillantes trozos de metal, singularmente aplanados, que oscilaban lentamente hacia el fondo. Algunos le rozaron la cara y las manos, y luego se desprendieron, prosiguiendo su descenso. Uno se le alojó entre el cuello de la camisa y la garganta; estaba incómodamente caliente y se lo quitó de un tirón.
Al salir a la superficie, jadeando por respirar, vio que había permanecido mucho tiempo bajo el agua; se encontraba perceptiblemente más abajo, corriente abajo, más cerca de la salvación. Los soldados casi habían terminado de recargar; las baquetas metálicas destellaron al unísono bajo el sol cuando las extrajeron de los cañones, las voltearon en el aire y las encajaron en sus alojamientos. Los dos centinelas dispararon de nuevo, de manera independiente e inútil.
El hombre perseguido vio todo esto por encima del hombro; ahora nadaba con vigor a favor de la corriente. Su cerebro estaba tan activo como sus brazos y piernas; pensaba con la rapidez del rayo:
—El oficial —razonó— no volverá a cometer ese error de ordenanza por segunda vez. Es tan fácil esquivar una descarga cerrada como un solo disparo. Probablemente ya habrá dado la orden de fuego a discreción. ¡Dios me ayude, no podré esquivarlos todos!
¡A un espantoso chapoteo a menos de dos metros de él le siguió un sonido fuerte y silbante, en diminuendo, que pareció retroceder por el aire hasta el fuerte y murió en una explosión que conmovió el río hasta sus abismos! ¡Una cortina de agua se elevó curvándose sobre él, cayó sobre su cuerpo, lo cegó, lo ahogó! El cañón había tomado cartas en el asunto. Al sacudir la cabeza para librarse del tumulto del agua azotada, oyó el proyectil desviado zumbando por el aire más adelante, y en un instante ya estaba quebrando y destrozando ramas en el bosque más allá.
—No volverán a hacer eso —pensó—; la próxima vez usarán metralla. Debo vigilar el cañón; el humo me avisará; el estampido llega demasiado tarde, va a la zaga del proyectil. Es un buen cañón.
De pronto se sintió girar y girar, dando vueltas como un trompo. El agua, las orillas, los bosques, el puente ya lejano, el fuerte y los hombres, todo se mezclaba y se volvía borroso. Los objetos sólo se reconocían por sus colores; estelas circulares y horizontales de color: eso era todo cuanto veía. Había quedado atrapado en un remolino y avanzaba girando con una velocidad de desplazamiento y rotación que le provocaba vértigo y náuseas. En pocos momentos fue arrojado sobre la grava, al pie de la margen izquierda del arroyo —la orilla sur— y detrás de una saliente que lo ocultaba de sus enemigos. El brusco cese de su movimiento, la abrasión de una de sus manos en la grava, lo devolvieron en sí, y lloró de alegría. Hundió los dedos en la arena, se la arrojó encima a puñados y la bendijo en voz alta. Parecía diamantes, rubíes, esmeraldas; no se le ocurría nada hermoso a lo que no se asemejara. Los árboles de la orilla eran plantas de jardín gigantescas; advirtió un orden definido en su disposición, inhaló la fragancia de sus flores. Una extraña luz rosada brillaba entre los espacios de los troncos y el viento producía en sus ramas la música de las arpas eólicas. No tenía ningún deseo de consumar la huida: se conformaba con permanecer en aquel lugar encantador hasta que lo capturaran de nuevo.
Un silbido y el traqueteo de la metralla entre las ramas muy por encima de su cabeza lo arrancaron de su sueño. El artillero, frustrado, le había disparado una despedida al azar. Se puso en pie de un salto, trepó por la pendiente de la orilla y se internó en el bosque.
Caminó durante todo aquel día, orientándose por la marcha del sol. El bosque parecía interminable; en ninguna parte descubrió un claro, ni siquiera un camino de leñadores. No sabía que vivía en una región tan salvaje. Había algo inquietante en aquella revelación.
Al caer la noche estaba fatigado, con los pies llagados, hambriento. El recuerdo de su esposa y de sus hijos lo espoleaba a seguir adelante. Por fin encontró un camino que lo conducía en lo que sabía que era la dirección correcta. Era tan ancho y recto como la calle de una ciudad, pero parecía desierto. Ningún campo lo bordeaba, no había vivienda alguna en ninguna parte. Ni siquiera el ladrido de un perro sugería presencia humana. Los troncos oscuros de los árboles formaban una pared recta a ambos lados, que remataba en el horizonte en un punto, como un diagrama en una lección de perspectiva. Arriba, al alzar la vista a través de esa hendidura en el bosque, brillaban grandes estrellas doradas de aspecto insólito y agrupadas en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que estaban dispuestas en un orden dotado de un significado secreto y maligno. El bosque a ambos lados estaba lleno de ruidos singulares, entre los cuales —una, dos y otra vez— oyó con claridad susurros en una lengua desconocida.
Le dolía el cuello y, al llevarse la mano a él, descubrió que estaba horriblemente hinchado. Sabía que tenía un círculo negruzco allí donde la soga lo había magullado. Sentía los ojos congestionados; ya no podía cerrarlos. La lengua se le había inflamado por la sed; mitigaba su ardor asomándola entre los dientes hacia el aire frío. ¡Qué mullido césped alfombraba aquella avenida solitaria!: ¡ya no sentía el camino bajo sus pies!
Sin duda, a pesar de sus sufrimientos, se había quedado dormido al caminar, pues ahora ve otra escena; tal vez simplemente se ha repuesto de un delirio. Se halla ante la verja de su propia casa. Todo está tal como lo dejó, y todo resplandece, hermoso bajo la luz matinal. Debe de haber caminado toda la noche. Al empujar la verja y avanzar por el ancho sendero blanco, ve el revoloteo de unas vestiduras femeninas; su esposa, con aspecto fresco, sereno y dulce, baja del porche a su encuentro. Al pie de los escalones aguarda, con una sonrisa de inefable dicha, en una postura de gracia y dignidad incomparables. ¡Ah, qué hermosa es! Se lanza hacia adelante con los brazos extendidos. Justo cuando está a punto de abrazarla, siente un golpe seco y atroz en la nuca; una luz blanca y cegadora fulgura a su alrededor con un estruendo como el estampido de un cañón; ¡luego, todo es tinieblas y silencio!
Peyton Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello quebrado, oscilaba suavemente de un lado a otro bajo las vigas del puente de Owl Creek.
Fin del Episodio 3 · de 3
Capítulo II · II
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