Un suceso en el puente de Owl Creek·Episodio 01

Capítulo I

~6 min · 1110 palabras

Un hombre estaba en pie sobre un puente de ferrocarril en el norte de Alabama, con la mirada fija en las rápidas aguas veinte pies más abajo. Tenía las manos a la espalda, con las muñecas atadas con una cuerda. Una soga le ceñía el cuello, sujeta a un robusto madero transversal situado por encima de su cabeza, y el sobrante caía hasta la altura de sus rodillas. Unos tablones sueltos colocados sobre los durmientes que sostenían los rieles del ferrocarril servían de apoyo para él y sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, dirigidos por un sargento que en la vida civil bien pudo haber sido ayudante del sheriff. A corta distancia, sobre la misma plataforma provisional, se hallaba un oficial armado con el uniforme de su rango: era un capitán. Un centinela a cada extremo del puente permanecía con el fusil en la posición conocida como «armas al brazo», es decir, vertical frente al hombro izquierdo, con el percutor apoyado en el antebrazo cruzado en línea recta sobre el pecho; una postura formal y antinatural que obligaba a mantener el cuerpo erguido. No parecía incumbir a estos dos hombres saber lo que ocurría en el centro del puente; se limitaban a bloquear los dos extremos de la pasarela que lo cruzaba.

Más allá de uno de los centinelas no había nadie a la vista; la vía se internaba en línea recta en un bosque a lo largo de cien yardas para luego curvarse y perderse de vista. Sin duda había un puesto de avanzada más adelante. La otra orilla del río era campo abierto: una suave pendiente coronada por una empalizada de troncos verticales, con aspilleras para fusiles y una única tronera por la que asomaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. A media cuesta entre el puente y el fuerte estaban los espectadores: una sola compañía de infantería en línea, en posición de descanso reglamentario, con las culatas de los fusiles en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho y las manos cruzadas sobre la culata. Un teniente se hallaba a la derecha de la fila, con la punta de la espada en tierra y la mano izquierda descansando sobre la derecha. Salvo el grupo de cuatro en el centro del puente, nadie se movía. La compañía miraba hacia el puente, pétrea e inmóvil. Los centinelas, de cara a las orillas del río, bien podrían haber sido estatuas para ornamentar el puente. El capitán permanecía de brazos cruzados, silencioso, observando la labor de sus subordinados, pero sin hacer ademán alguno. La muerte es un dignatario a quien, cuando llega anunciado, se le debe recibir con muestras formales de respeto, incluso por parte de quienes más familiarizados están con él. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia.

El hombre que estaba a punto de ser ahorcado rondaba al parecer los treinta y cinco años de edad. Se trataba de un civil, a juzgar por su atuendo, que era el de un hacendado. Tenía buenas facciones: nariz recta, boca firme y una frente ancha de la que nacía un cabello largo y oscuro, peinado lacio hacia atrás, que le caía por detrás de las orejas hasta el cuello de una levita que le ajustaba a la perfección. Llevaba bigote y perilla puntiaguda, pero nada de patillas; sus ojos eran grandes, de color gris oscuro, y tenían una expresión afable que apenas cabría esperar en alguien que tenía el cuello rodeado por el cáñamo. Es evidente que no se trataba de un asesino vulgar. El generoso código militar prevé la horca para muchas clases de personas, y los caballeros no quedan excluidos.

Completados los preparativos, los dos soldados rasos se apartaron y cada cual retiró el tablón sobre el que había estado apoyado. El sargento se volvió hacia el capitán, le saludó y se colocó justo detrás de dicho oficial, quien a su vez se apartó un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento de pie en los dos extremos del mismo tablón, el cual abarcaba tres de los durmientes del puente. El extremo sobre el que se hallaba el civil casi alcanzaba un cuarto durmiente, aunque no del todo. Este tablón se había mantenido en su sitio gracias al peso del capitán; ahora lo sostenía el del sargento. A una señal del primero, el segundo daría un paso a un lado, el tablón bascularía y el condenado caería entre dos durmientes. El procedimiento le pareció a su propio juicio sencillo y eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Miró un instante su «inestable suelo» y luego dejó vagar la mirada por las turbulentas aguas del río, que corrían con furia bajo sus pies. Un trozo de madera a la deriva captó su atención y sus ojos lo siguieron corriente abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué río tan perezoso!

Cerró los ojos para fijar sus últimos pensamientos en su esposa y sus hijos. El agua, dorada por el sol matinal, las densas brumas bajo las riberas a cierta distancia río abajo, el fuerte, los soldados, el madero a la deriva: todo le había distraído. Y ahora cobraba conciencia de una nueva perturbación. Traspasando el pensamiento de sus seres queridos había un sonido que no podía ignorar ni comprender, una percusión aguda, nítida y metálica como el golpe del martillo de un herrero sobre el yunque; tenía esa misma resonancia argentina. Se preguntó qué sería, y si se hallaba inconmensurablemente lejos o muy cerca: parecía ambas cosas. Se repetía con regularidad, pero tan lento como el tañido de un doblar a muerto. Aguardaba cada nuevo golpe con impaciencia y —no sabía por qué— con aprensión. Los intervalos de silencio se hacían cada vez más largos; las demoras resultaban exasperantes. Con su mayor distanciamiento, los sonidos ganaban en intensidad y agudeza. Le herían el oído como la estocada de un cuchillo; temió ponerse a gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.

—Si pudiera liberarme las manos —pensó—, podría quitarme la soga y arrojarme al río. Buceando eludiría las balas y, nadando con fuerza, alcanzaría la orilla, ganaría el bosque y escaparía a casa. Mi hogar, gracias a Dios, aún está fuera de sus líneas; mi esposa y mis pequeños se encuentran todavía más allá del avance más lejano del invasor.

Al tiempo que estos pensamientos, que aquí es preciso plasmar en palabras, destellaban en el cerebro del condenado en vez de madurar en él, el capitán hizo una señal con la cabeza al sargento. El sargento dio un paso a un lado.

Fin del Episodio 1 · de 3

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