Otra vuelta de tuerca·Episodio 04

Capítulo II

~7 min · 1403 palabras

Esto se me hizo patente cuando, dos días después, salí en coche con Flora para recibir, como decía la señora Grose, al caballerito; y más aún por un incidente que, ocurrido la segunda noche, me había desconcertado hondamente. La primera jornada había resultado, en conjunto, como ya expuse, tranquilizadora; pero me tocó verla culminar en una aguda zozobra. La saca de la correspondencia trajo aquella tarde —llegó tarde— una carta para mí que, escrita por mano de mi patrón, comprobé sin embargo que constaba solo de unas pocas líneas adjuntando otra misiva, dirigida a él mismo, con el sello intacto. «Esto, reconozco, proviene del director, y el director es un pelmazo de cuidado. Léalo usted, por favor; resuélvalo con él; pero tenga cuidado de no darme cuentas. Ni una palabra. ¡Me marcho!». Rompí el sello con un gran esfuerzo... tan grande que tardé largo rato en decidirme; subí al fin la carta cerrada a mi alcoba y no me atreví a abrirla sino antes de acostarme. Más me habría valido aguardar a la mañana, pues me acarreó una segunda noche en vela. Sin nadie a quien pedir consejo, me sentí llena de angustia al día siguiente; y finalmente pudo tanto conmigo que decidí desahogarme cuando menos con la señora Grose.

—¿Qué significa esto? El niño ha sido expulsado del colegio.

Me lanzó una mirada que advertí en el acto; luego, de forma visible, con repentino desconcierto, pareció intentar disimularla. —Pero ¿no los envían a todos a casa...?

—Enviados a casa, sí; pero solo por vacaciones. Puede que Miles no regrese jamás.

Consciente de mi atenta mirada, se puso roja. —¿No quieren admitirlo?

—Se niegan rotundamente.

Ante esto alzó la vista, que había desviado de mí; vi que sus ojos se anegaban de lágrimas sinceras. —¿Qué ha hecho?

Vacilé; luego juzgué más acertado limitarme a alargarle la carta... lo cual, sin embargo, produjo el efecto de que ella, sin tomarla, se pusiera simplemente las manos a la espalda. Sacudió la cabeza con tristeza. —Esas cosas no son para mí, señorita.

¡Mi consejera no sabía leer! Me encogí de dolor ante mi torpeza, que atenué como pude, y abrí de nuevo la carta para leérsela; luego, vacilando en el acto y doblándola una vez más, la devolví a mi bolsillo. —¿Es verdaderamente malo?

Las lágrimas seguían asomando a sus ojos. —¿Lo dicen los señores maestros?

—No entran en detalles. Se limitan a expresar su pesar por resultar imposible mantenerlo allí. Eso solo puede tener un significado. —La señora Grose escuchaba con muda emoción; se abstuvo de preguntarme cuál pudiera ser tal significado; de modo que, a continuación, para ordenar el asunto con cierta coherencia y con el mero auxilio de su presencia para mi propia mente, proseguí—: Que resulta perjudicial para los demás.

Ante esto, con una de esas bruscas reacciones de la gente sencilla, estalló de pronto: —¡El señorito Miles!... ¿Él perjudicial?

Había tal caudal de buena fe en sus palabras que, aun sin haber visto todavía al niño, mis propios temores me hicieron saltar ante lo absurdo de semejante idea. Me descubrí a mí misma, para sintonizar mejor con mi interlocutora, ofreciéndosela en el acto con sarcasmo: —¡Para sus pobres e inocentes compañeritos!

—¡Es demasiado espantoso —exclamó la señora Grose— decir cosas tan crueles! ¡Pero si apenas tiene diez años!

—Sí, sí; resultaría increíble.

Se mostró a las claras agradecida ante semejante admisión. —Véalo usted primero, señorita. ¡Luego créalo! —Sentí de inmediato una renovada impaciencia por verlo; fue el comienzo de una curiosidad que, a lo largo de las horas siguientes, iba a intensificarse casi hasta el dolor. La señora Grose era consciente, según pude juzgar, de lo que había despertado en mí, y remató con aplomo—: Lo mismo podría usted creer de la señorita pequeña. Dios la bendiga —añadió un instante después—: ¡Mírela!

Me volví y vi que Flora, a quien diez minutos antes había instalado en el cuarto de estudio con una cuartilla blanca, un lápiz y una muestra de hermosas letras redondas, se presentaba ahora a la vista en la puerta abierta. Expresaba a su tierna manera un desapego extraordinario hacia los deberes enojosos, mirándome sin embargo con una hermosa claridad infantil que parecía ofrecerlo como mero fruto del cariño que había cobrado a mi persona, el cual había hecho indispensable que viniese en mi pos. No necesité nada más para sentir toda la fuerza de la comparación de la señora Grose y, estrechando a mi alumna entre los brazos, la cubrí de besos en los que latía un sollozo de reparación.

No obstante, durante el resto del día busqué una nueva oportunidad de acercarme a mi compañera, máxime cuando hacia la tarde comencé a sospechar que procuraba evitarme. La alcancé, recuerdo, en la escalera; bajamos juntas y al pie la retuve, asiéndola del brazo. —Tomo lo que me dijo usted al mediodía como una declaración de que usted jamás lo ha considerado malo.

Echó la cabeza hacia atrás; era evidente que a esas alturas, y con gran honradez, había adoptado una postura firme. —¡Oh, jamás haberlo visto malo... no pretendo afirmar eso!

Volví a desconcertarme. —¿Entonces sí lo ha visto...?

—¡Claro que sí, señorita, gracias a Dios!

Tras reflexionar un instante, acepté aquello. —¿Quiere usted decir que un niño que nunca hace travesuras...?

—¡No es ningún niño de verdad para mí!

La así con más fuerza. —¿Le gustan con el brío necesario para ser traviesos? —Luego, poniéndome al compás de su respuesta—: ¡A mí también! —exclamé con ardor—. Pero no hasta el punto de contaminar...

—¿De contaminar? —Mi palabra rimbombante la dejó desorientada. Se la expliqué—: De corromper.

Me miró fijamente, captando mi sentido; pero le arrancó una risa singular. —¿Teme usted que la corrompa a usted? —Planteó la pregunta con tan admirable y franco descaro que, con una risa sin duda algo tonta para hacer juego con la suya, cedí por el momento ante el temor al ridículo.

Pero al día siguiente, al acercarse la hora de mi partida en coche, salí por otro lado: —¿Cómo era la señorita que estuvo aquí antes?

—¿La anterior institutriz? También era joven y hermosa... casi tan joven y casi tan hermosa, señorita, como usted misma.

—¡Ah, entonces espero que su juventud y su hermosura le sirvieran de ayuda! —recuerdo haber soltado—. ¡Parece que le gustamos jóvenes y hermosas!

—¡Oh, le gustaban! —asintió la señora Grose—: ¡era el modo en que le gustaba todo el mundo! —Apenas había pronunciado esto cuando se corrigió a toda prisa—: Quiero decir que ese es su modo de ser... el del señor.

Quedé asombrada. —¿Pero de quién hablaba usted primero?

Puso cara de inocencia, pero se ruborizó. —Pues... de él.

—¿Del señor?

—¿De quién si no?

Resultaba tan evidente que no podía ser ningún otro que al instante siguiente perdí la impresión de que hubiese dicho por descuido más de lo que pretendía; y me limité a inquirir lo que deseaba averiguar. —¿Vio ella algo reprochable en el niño...?

—¿Que no estuviera bien? Jamás me lo dijo.

Tuve un escrúpulo, pero lo vencí. —¿Era cuidadosa... meticulosa?

La señora Grose pareció esforzarse por ser concienzuda. —En algunas cosas... sí.

—¿Pero no en todas?

De nuevo lo pensó. —Bueno, señorita... ya se ha ido. No seré yo quien cuente chismes.

—Comprendo perfectamente sus sentimientos —me apresuré a responder; pero estimé, tras un segundo, que no contradecía esta concesión proseguir—: ¿Murió aquí?

—No... se marchó.

No sé qué había en aquella parquedad de la señora Grose que me pareció equívoco. —¿Se marchó a morir? —La señora Grose miró fijamente por la ventana, pero yo sentí que, en teoría, tenía derecho a saber lo que se esperaba que hicieran las jóvenes contratadas para Bly—. ¿Quiere usted decir que enfermó y volvió a su casa?

—No cayó enferma, que sepamos, en esta casa. Se marchó de aquí al cabo del año para regresar a su hogar, según dijo, para unas cortas vacaciones, a las que ciertamente el tiempo que había servido le daba pleno derecho. Teníamos entonces una muchacha joven... una niñera que se había quedado y que era hacendosa y despierta; y ella se hizo cargo de los niños por entero durante el intervalo. Pero nuestra señorita jamás regresó, y en el momento preciso en que yo la esperaba supe por el señor que había fallecido.

Medité sobre aquello. —¿Pero de qué?

—¡Jamás me lo dijo! Pero por favor, señorita —dijo la señora Grose—, tengo que atender a mis quehaceres.

Fin del Episodio 4 · de 27

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