Capítulo XXIII
~7 min · 1357 palabras
Oh, más o menos. —Me figuro que mi sonrisa fue pálida—. No absolutamente. ¡Eso no nos gustaría! —proseguí.
—No... supongo que no. Por supuesto tenemos a los demás.
—Tenemos a los demás... ciertamente tenemos a los demás —asentí.
—Sin embargo, aunque los tengamos —replicó, todavía con las manos en los bolsillos y plantado ante mí—, no cuentan gran cosa, ¿verdad?
Puse al mal tiempo buena cara, pero me sentí desfallecer: —¡Depende de lo que llames «gran cosa»!
—Sí —con entera condescendencia—, ¡todo depende! —Dicho esto, no obstante, volvió a encarar la ventana y la alcanzó enseguida con su paso vacilante, inquieto y caviloso. Permaneció allí un rato, con la frente apoyada contra el cristal, en contemplación de los estúpidos matorrales que yo conocía y de las cosas sombrías de noviembre. Yo conservaba siempre la hipocresía de mi «labor de costura», tras la cual alcancé entonces el sofá. Serenándome allí tal como en repetidas ocasiones había hecho en aquellos momentos de tormento que he descrito como los instantes en que sabía que los niños se entregaban a algo de lo que yo estaba excluida, me atuve a mi costumbre de estar preparada para lo peor. Pero una impresión extraordinaria cayó sobre mí al desentrañar el significado de la azorada espalda del muchacho: nada menos que la impresión de que ahora no era yo la excluida. Esta deducción cobró en pocos minutos una viva intensidad y pareció unirse a la percepción directa de que era positivamente él quien lo estaba. Los marcos y cristales del gran ventanal constituían para él una suerte de imagen de un fracaso. Sentí que lo veía, en cualquier caso, encerrado dentro o excluido fuera. Estaba admirable, pero no tranquilo: lo comprendí con una sacudida de esperanza. ¿No buscaba acaso, a través del cristal embrujado, algo que no lograba ver?; ¿y no era la primera vez en toda esta historia que experimentaba semejante eclipse? La primera, la mismísima primera: me pareció un presagio espléndido. Aquello lo inquietaba, por mucho que se contuviera; se había mostrado inquieto todo el día e, incluso mientras con su habitual y dulce porte permanecía sentado a la mesa, había necesitado todo su extraño e infantil talento para disimularlo. Cuando por fin se dio la vuelta para encararme, fue casi como si ese talento hubiera sucumbido: —Bueno, ¡creo que me alegro de que Bly me siente bien a mí!
—Sin duda parece que has visto, en estas últimas veinticuatro horas, mucho más de la finca que en bastante tiempo atrás. Espero —proseguí con entereza— que lo hayas pasado bien.
—¡Oh, sí! He ido lejísimos; por todas partes... a millas y millas de aquí. Jamás he sido tan libre.
Poseía verdaderamente un estilo propio, y yo solo podía intentar seguirle el paso: —Bueno, ¿y te gusta?
Permaneció allí sonriendo; luego puso al fin en dos palabras —«¿A ti?»— más discernimiento del que jamás había oído encerrar en dos vocablos. Antes de que tuviera tiempo de responder, no obstante, continuó como comprendiendo que se trataba de una impertinencia que convenía suavizar: —Nada podría ser más encantador que tu modo de tomarte las cosas; pues por supuesto si estamos solos juntos ahora, eres tú quien está más sola. Pero espero —deslizó— que no te importe demasiado.
—¿Tratar contigo? —pregunté—. Mi querido niño, ¿cómo podría importarme? Aunque haya renunciado a todo derecho sobre tu compañía —estás tan por encima de mí—, al menos la disfruto enormemente. ¿Para qué otra cosa iba a quedarme aquí?
Me miró más directamente, y la expresión de su semblante, más grave ahora, se me antojó la más hermosa que jamás hubiera descubierto en él: —¿Te quedas solo por eso?
—Desde luego. Me quedo como tu amiga y por el tremendo interés que tengo en ti hasta que pueda hacerse por ti algo que merezca más la pena. Eso no tiene por qué sorprenderte. —Mi voz temblaba tanto que me resultó imposible disimular la vibración—: ¿No recuerdas que te dije, cuando fui a sentarme en tu cama la noche de la tormenta, que no había nada en el mundo que no estuviera dispuesta a hacer por ti?
—¡Sí, sí! —Él, por su parte, cada vez más visiblemente nervioso, tenía que dominar su tono; pero tuvo tanto más éxito que yo que, echándose a reír a través de su gravedad, pudo fingir que bromeábamos agradablemente—: ¡Solo que aquello, creo, era para conseguir que yo hiciera algo por ti!
—En parte era para que hicieras algo —admití—. Pero, ya sabes, no lo hiciste.
—¡Oh, sí! —dijo con la más viva desenvoltura superficial—: querías que te contara algo.
—Eso es. Todo, francamente. Lo que tienes en el pensamiento, ya sabes.
—¡Ah, entonces es por eso por lo que te has quedado?
Hablaba con una alegría a través de la cual aún lograba percibir el más sutil estremecimiento de pasión resentida; pero no puedo empezar a expresar el efecto que me causó una insinuación de rendición aun tan leve. Fue como si lo que tanto había anhelado sobreviniera al fin solo para dejarme atónita: —Pues sí... bien puedo confesarlo con franqueza: fue precisamente por eso.
Aguardó tanto tiempo que supuse que lo hacía para impugnar la premisa sobre la que se fundaba mi proceder; pero lo que finalmente dijo fue: —¿Quieres decir ahora... aquí?
—No podría haber mejor lugar ni mejor momento. —Miró a su alrededor con desasosiego, y experimenté la rara... ¡oh, la extraña impresión del primer síntoma que advertía en él de la proximidad del miedo inmediato! Fue como si de pronto me tuviera miedo a mí... lo cual ciertamente me pareció acaso lo más conveniente que podía infundirle. Sin embargo, en el trance mismo del esfuerzo sentí la vanidad de recurrir a la severidad y me escuché al instante siguiente tan dulce que resultaba casi grotesca—: ¿Tantas ganas tienes de salir fuera otra vez?
—¡Muchísimas! —Me sonrió con heroísmo, y la conmovedora bravura de su ademán quedó realzada por el rubor de dolor que tiñó sus mejillas. Había recogido su sombrero, que había traído consigo, y permanecía allí haciéndolo girar de un modo que me produjo, justo cuando estaba a punto de alcanzar puerto, un perverso horror de lo que estaba haciendo. Llevarlo a cabo de cualquier manera constituía un acto de violencia, pues ¿en qué consistía sino en imponer la idea de vileza y culpa a una pequeña criatura desvalida que había sido para mí una revelación de las posibilidades de un trato hermoso? ¿No resultaba abyecto crear para un ser tan exquisito una incomodidad tan ajena? Supongo que ahora leo en nuestra situación una claridad que no pudo tener en aquel momento, pues me parece distinguir nuestros pobres ojos ya iluminados con el destello de una previsión de la angustia venidera. De suerte que dimos vueltas, entre temores y escrúpulos, como combatientes que no osan trabar pelea. ¡Pero era el uno por el otro por quien temíamos! Aquello nos mantuvo un poco más de tiempo en vilo y sin heridas: —Te lo contaré todo —dijo Miles—; quiero decir que te contaré cuanto quieras. Te quedarás conmigo y los dos estaremos bien, y te lo diré... te lo diré de verdad. Pero no ahora.
—¿Por qué no ahora?
Mi insistencia lo apartó de mí y lo retuvo una vez más junto a la ventana en un silencio durante el cual, entre nosotros, se habría oído caer un alfiler. Luego volvió a plantarse ante mí con el aire de una persona a quien alguien muy importante aguarda fuera: —Tengo que ver a Luke.
Todavía no lo había rebajado a una mentira tan vulgar y me sentí proporcionadamente avergonzada. Pero, por horrible que fuera, sus mentiras conformaban mi verdad. Di pensativamente unas cuantas vueltas a mi labor: —Bueno, entonces ve con Luke y aguardaré a lo que me prometes. Solo que, en recompensa, satisface antes de marcharte una petición muchísimo menor.
Me miró como si considerara que había salido lo bastante airoso para poder regatear todavía un poco: —¿Muchísimo menor...?
—Sí, una mera fracción del conjunto. Dime —¡oh, mi costura me absorbía y hablé con total indiferencia!— si ayer por la tarde, de la mesa del vestíbulo, te llevaste, ya sabes, mi carta.
Fin del Episodio 26 · de 27
Capítulo XXIII
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