Marianela·Episodio 24

-Xxi- · II

~10 min · 1992 palabras

Diciendo esto puso una rodilla en tierra. Alarmada y ruborizada Florentina dejó de prestar atención a la costura.

—Primo... ¡por Dios!... —murmuró.

—Prima... ¡por Dios! —exclamó Pablo con entusiasmo candoroso— ¿por qué eres tú tan bonita?... Mi padre es muy razonable... no se puede oponer nada a su lógica ni a su bondad.... Florentina, yo creí que no podía quererte; yo creí posible querer a otra más que a ti.... ¡Qué necedad! Gracias a Dios que hay lógica en mis afectos.... Mi padre, a quien he confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo.... Ahora puedo decir que idolatro a un ángel. El estúpido ciego ha visto ya y al fin presta homenaje a la verdadera hermosura... pero yo tiemblo... ¿no me ves temblar? Te estoy viendo y no deseo más que poder cogerte y encerrarte dentro de mi corazón, abrazándote y apretándote contra mi pecho... fuerte, muy fuerte.

Pablo, que había puesto las dos rodillas en tierra, se abrazaba a sí mismo.

—Yo no sé lo que siento —añadió con turbación, torpe la lengua, pálido el rostro—. Cada día descubro un nuevo mundo, Florentina. Descubrí el de la luz, descubro hoy otro.... ¿Es posible que tú, tan hermosa, tan divina, seas para mí? ¡Prima, prima mía, esposa de mi alma!

Parecía que iba a caer al suelo desvanecido. Florentina hizo ademán de levantarse. Pablo le tomó una mano; después, retirando él mismo la ancha manga que lo cubría, besole el brazo con vehemente ardor, contando los besos.

—Uno, dos, tres, cuatro.... ¡Yo me muero!

—Quita, quita —dijo Florentina, poniéndose en pie, y haciendo levantar tras ella a su primo—. Señor doctor, ríñale usted.

Teodoro gritó:

—¡Pronto... esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven!

Confuso volvió el joven su rostro hacia aquel lado. Tomando la visual recta vio al doctor junto al sofá de paja cubierto de mantas.

—¿Está usted ahí, Sr. Golfín? —dijo acercándose en línea recta.

—Aquí estoy —repuso Golfín seriamente. Creo que debe usted ponerse la venda y retirarse a su habitación. Yo le acompañaré.

—Me encuentro perfectamente.... Sin embargo, obedeceré... Pero antes déjenme ver esto.

Observaba la manta y entre las mantas una cabeza cadavérica y de aspecto muy desagradable. En efecto, parecía que la nariz de la Nela se había hecho más picuda, sus ojos más chicos, su boca más insignificante, su tez más pecosa, sus cabellos más ralos, su frente más angosta. Con los ojos cerrados, el aliento fatigoso, entreabiertos los cárdenos labios, la infeliz parecía hallarse en la postrera agonía, síntoma inevitable de la muerte.

—¡Ah! —dijo Pablo— mi tío me dijo que Florentina había recogido una pobre.... ¡Qué admirable bondad!... Y tú, infeliz muchacha, alégrate, has caído en manos de un ángel.... ¿Estás enferma? En mi casa no te faltará nada.... Mi prima es la imagen más hermosa de Dios.... Esta pobrecita está muy mala, ¿no es verdad, doctor?

—Sí —dijo Golfín—, le conviene estar sola y no oír hablar.

—Pues me voy.

Pablo alargó una mano hasta tocar aquella cabeza que le parecía la expresión más triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela movió los ojos y los fijó en su amo. Pablo se creyó Pablo mirado desde el fondo de un sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella mirada había. Después la Nela sacó de entre las mantas una mano flaca, tostada y áspera y tomó la mano del señorito de Penáguilas, quien al sentir su contacto se estremeció de pies a cabeza y lanzó un grito en que toda su alma gritaba.

Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las catástrofes del espíritu, como para hacerlas más solemnes.

Con voz temblorosa, que en todos produjo trágica emoción, la Nela dijo:

—Sí, señorito mío, yo soy la Nela.

Lentamente y como si moviera un objeto de mucho peso, llevó a sus secos labios la mano del señorito y le dio un beso... después un segundo beso... y al dar el tercero, sus labios resbalaron inertes sobre la piel del mancebo.

Después callaron todos. Callaban mirándola. El primero que rompió la palabra fue Pablo, que dijo:

—Eres tú... ¡Eres tú!...

Después le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, así como había descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la forma. No hacía más que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso mundo en que había vivido, allá donde quedaban perdidos entre la bruma sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego.

Florentina se acercó derramando lágrimas, para examinar el rostro de la Nela, y Golfín que la observaba como hombre y como sabio, pronunció estas lúgubres palabras.

—¡La mató! ¡Maldita vista suya!

Y después mirando a Pablo con severidad le dijo:

—Retírese usted.

—Morir... morirse así sin causa alguna.... Esto no puede ser —exclamó Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela—. ¡María!... ¡Marianela!

La llamó repetidas veces, inclinada sobre ella, mirándola como se mira y como se llama desde los bordes de un pozo a la persona que se ha caído en él y se sumerge en las hondísimas y negras aguas.

—No responde —dijo Pablo con terror.

Golfín tentaba aquella vida próxima a su extinción y observó que bajo su tacto aún latía la sangre.

Pablo se inclinó sobre ella, acercó sus labios al oído de la moribunda y gritó:

—¡Nela, Nela, amiga querida!

Entonces ella se agitó, abrió los ojos, movió las manos. Parecía que había vuelto desde muy lejos. Al ver que las miradas de Pablo se clavaban en ella con observadora curiosidad, hizo un movimiento de vergüenza y terror, y quiso ocultar su pobre rostro como se oculta un crimen.

—¿Qué es lo que tiene? —exclamó Florentina con ardor—. D. Teodoro, no es usted hombre si no la salva.... Si no la salva usted es usted un charlatán.

La insigne joven parecía colérica en fuerza de ser caritativa.

—¡Nela! —repitió Pablo, traspasado de dolor y no repuesto del asombro que le había producido la vista de su lazarillo—. Parece que me tienes miedo. ¿Qué te he hecho yo?

La enferma alargó entonces sus manos, tomó la de Florentina y la puso sobre su pecho; tomó después la de Pablo y la puso también sobre su pecho. Después las apretó allí desarrollando un poco de fuerza. Sus ojos hundidos les miraban; pero su mirada era lejana, venía de allá abajo, de algún hoyo profundo y oscuro. Hay que decir como antes que miraba desde el lóbrego hueco de un pozo que a cada instante era más hondo. Su respiración fue de pronto muy fatigosa. Suspiró varias veces, oprimiendo sobre su pecho con más fuerza las manos de los dos jóvenes.

Teodoro puso en movimiento toda la casa; llamó y gritó; hizo traer medicinas, poderosos revulsivos, y trató de suspender el rápido descenso de aquella vida.

—Difícil es —exclamó— detener una gota de agua que resbala, que resbala ¡ay!, por la pendiente abajo y está ya a dos pulgadas del Océano; pero lo intentaré.

Mandó retirar a todo el mundo. Sólo Florentina quedó en la estancia. ¡Ah!, los revulsivos potentes, los excitantes nerviosos mordiendo el cuerpo desfallecido para irritar la vida, hicieron estremecer los músculos de la infeliz enferma; pero a pesar de esto se hundía más a cada instante.

—Es una crueldad —dijo Teodoro con desesperación, arrojando la mostaza y los excitantes— es una crueldad lo que estamos haciendo. Echamos perros al moribundo para que el dolor de las mordidas le haga vivir un poco más. Afuera todo eso.

—¿No hay remedio?

—El que mande Dios.

—¿Qué mal es este?

—La muerte —vociferó con cierta inquietud delirante, impropia de un médico.

—¿Pero qué mal le ha traído la muerte?

—La muerte.

—No me explico bien. Quiero decir que de qué...

—¡De muerte! No sé si pensar que ha muerto de vergüenza, de celos, de despecho, de tristeza, de amor contrariado. ¡Singular patología! No, no sabemos nada... sólo sabemos cosas triviales.

—¡Oh!, ¡qué médicos!

—Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.

—¿Esto qué es?

—Parece una meningitis fulminante.

—¿Y qué es eso?

—Cualquier cosa.... ¡La muerte!

—¿Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin enfermedad?... ¿Señor Golfín, qué es esto?

—¿Lo sé yo acaso?

—¿No es usted médico?

—De los ojos, no de las pasiones.

—¡De las pasiones! —exclamó hablando con la moribunda—. Y a ti, pobre criatura, ¿qué pasiones te matan?

—Pregúntelo usted a su futuro esposo.

Florentina se quedó absorta, estupefacta.

—¡Infeliz! —exclamó con ahogado sollozo—. ¿Puede el dolor moral matar de esta manera?

—Cuando yo la recogí en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre espantosa.

—Pero eso no basta ¡ay!, no basta.

—Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que sí.

—Si parece que ha recibido una puñalada.

—Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese ciego ya no lo es, y la ha visto... ¡la ha visto!... ¡la ha visto!, lo cual es como un asesinato.

—¡Oh!, ¡qué horroroso misterio.

—No, misterio no —gritó Teodoro con cierto espanto— es el horrendo desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles seres. ¡Yo he traído esa realidad, yo!

—¡Oh!, ¡qué misterio! —repitió Florentina, que no comprendía bien por el estado de su ánimo.

—Misterio no, no —volvió a decir Teodoro, más agitado a cada instante— es la realidad pura, la desaparición súbita de un mundo de ilusiones. La realidad ha sido para él nueva vida, para ella ha sido dolor y asfixia, ha sido la humillación, la tristeza, el desaire, el dolor, los celos... ¡la muerte!

—Y todo por....

—¡Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en mi cerebro con letras de fuego.

—Todo por unos ojos.... ¿Pero el dolor puede matar tan pronto?... ¡casi sin dar tiempo a ensayar un remedio!

—No sé —replicó Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando aquel libro humano de caracteres oscuros, en los cuales la vista científica no podía descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la vida.

—¡No sabe! —dijo Florentina con desesperación—. Entonces ¿para qué es médico?

—No sé, no sé, no sé —exclamó Teodoro, golpeándose el cráneo melenudo con su zarpa de león—. Sí, una cosa sé, y es que no sabemos más que fenómenos superficiales. Señora, yo soy un carpintero de los ojos nada más.

Después fijó los suyos con atención profunda en aquello que fluctuaba entre persona y cadáver, y con acento de amargura exclamó:

—¡Alma! ¿qué pasa en ti?

Florentina se echó a llorar.

—¡El alma —murmuró, inclinando su cabeza sobre el pecho— ya ha volado!

—No —dijo Teodoro, tocando a la Nela—. Aún hay aquí algo; pero es tan poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.

—¡Dios mío!... —exclamó la de Penáguilas, empezando una oración.

—¡Oh!, ¡desgraciado espíritu! —murmuró Golfín—. Es evidente que estaba muy mal alojado....

Los dos la observaron muy de cerca.

—Sus labios se mueven —gritó Florentina.

—Habla.

Sí, los labios de la Nela se movieron. Había articulado una, dos, tres palabras.

—¿Qué ha dicho?

—¿Qué ha dicho?

Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se entienden los que viven la vida infinita.

Después sus labios no se movieron más. Estaban entreabiertos y se veía la fila de blancos dientecillos. Teodoro se inclinó, y besando la frente de la Nela, dijo así con firme acento:

—Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.

Florentina se echó a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:

—Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.

Fin del Episodio 24 · de 25

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