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La felicidad de mi hermano y la mía dependen de que yo tenga un hijo que ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre de Dios, como la Virgen María Inmaculada según la pintan cuando viene el ángel a decirle: «el Señor es contigo...» Mi ciego no servirá para el caso... pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos mis sueños y la bendición de Dios entrando en mi casa.
Callaron todos, hondamente impresionados por la relación tan patética como sencilla del bondadoso padre. Este llevó a sus ojos la mano basta y ruda, endurecida por el arado, y se limpió una lágrima:
—¿Qué dices tú a eso, Teodoro? —preguntó Carlos a su hermano.
—No digo más sino que he examinado a conciencia este caso, y que no encuentro motivos suficientes para decir: «no tiene cura», como han dicho los médicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo no aseguro la curación; pero no la creo imposible. El examen catóptrico que hice ayer no me indica lesión retiniana ni alteración de los nervios de la visión. Si la retina está bien, todo se reduce a quitar de en medio un tabique importuno.... El cristalino, volviéndose opaco y a veces duro como piedra, es el que nos hace estas picardías. Si todos los órganos desempeñaran su papel como les está mandado.... Pero allí, en esa república del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian....
—De modo que todo queda reducido a una simple catarata congénita —dijo el patriarca con afán.
—¡Oh, no, señor; si fuera eso sólo, seríamos felices! Bastaba decretar la cesantía de ese funcionario que tan mal cumple su obligación.... Le mandan que dé paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, se altera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, Sr. D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos la mano en ella. Pero de todo eso me río yo, si cuando tome posesión de ese ojo por tanto tiempo dormido, entro en él y encuentro la coroides y la retina en buen estado. Si por el contrario después que aparte el cristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado, y me encuentro con una amaurosis total.... Si fuera incompleta, habríamos ganado mucho; pero si es general.... Contra la muerte del aparato nervioso de la visión no podemos nada. Nos está prohibido meternos en las honduras de la vida.... ¿Qué hemos de hacer? Paciencia. El caso presente ha llamado extraordinariamente mi atención: hay síntomas de que los aposentos interiores no están mal. Su Majestad la retina se halla quizás dispuesta a recibir los rayos lumínicos que se le quieran presentar. Su Alteza el humor vítreo probablemente no tendrá novedad. Si la larguísima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algo de glaucoma... una especie de tristeza... ya trataremos de arreglarle. Todo estará muy bien allá en la cámara regia.... Pero pienso otra cosa. La fisura y la catarata permiten comúnmente que entre un poco de claridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hecho cavilar.... Verdad es que las capas corticales están muy opacas... los obstáculos que halla la luz son muy fuertes.... Allá veremos, D. Francisco. ¿Tiene usted valor?
—¿Valor? ¡Que si tengo valor! —exclamó don Francisco con cierto énfasis.
—Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente....
—¿Cuál?
—Que su hijo de usted sufra una operación dolorosa, y después se quede tan ciego como antes.... Yo dije a usted: «La imposibilidad no está demostrada, ¿hago la operación?»
—Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase la voluntad de Dios. Adelante.»
—¡Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.
Levantose D. Francisco y estrechó entre sus dos manos la de Teodoro, tan parecida a la zarpa de un león.
—En este clima la operación puede hacerse en los primeros días de Octubre —dijo Golfín—. Mañana fijaremos el tratamiento a que debe sujetarse el paciente.... Y nos vamos, que se siente fresco en estas alturas.
Penáguilas ofreció a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estos aceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quiso llevar consigo, y también salió D. Francisco para hacerles compañía hasta el establecimiento.
Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobre cosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras a las cosechas del país. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviose a la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vista fija en el suelo. Pensaba en los terribles días de ansiedad y de esperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el camino encontró a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. La luna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca subía delante de él quebrándose en los peldaños y haciendo como unos dobleces que saltaban de escalón en escalón. El perro iba a su lado. No teniendo D. Francisco otro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijo así:
—Choto, ¿qué sucederá?
Fin del Episodio 12 · de 25
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