Leyendas·Episodio 15

La rosa de pasión · II

~8 min · 1669 palabras

Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido á las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño, ó referían al amor de la lumbre consejas parecidas á la del Cristo de la Luz, que robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, ó la historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido á intervalos ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del alcázar, ya por los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres, ó zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado á un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vió aproximarse á la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, á una persona á quien al parecer aguardaba con impaciencia.

—¡Ella es! —murmuró entre dientes el barquero—. ¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden á mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán á nada bueno, cuando así evitan toparse de manos á boca con los hombres de armas de San Servando... pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros á ganar, y á su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.

Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona á quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó á bogar en dirección á la orilla opuesta.

—¿Cuántos han pasado esta noche? —preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose á algo de que ya habían tratado anteriormente.

—Ni los he podido contar —respondió el interpelado—; ¡un enjambre!... Parece que esta noche será la última que se reunen.

—¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad á estas horas?

—Lo ignoro... pero ello es que aguardan á alguien que debe de llegar esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.

Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas.—No hay duda—pensaba entre sí;—mi padre ha sorprendido nuestro amor, y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.

Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba á la orilla opuesta.

—Buen hombre —exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas á su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas—, ¿es ese el camino que siguen?

—Ese es, y cuando llegan á la Cabeza del Moro, desaparecen por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde se dirigen —respondió el barquero.

Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se la vió aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas á pico; después, y cuando hubo llegado á la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.

◇

Siguiendo el camino donde hoy se encuentra la pintoresca ermita de la Virgen del Valle, y como á dos tiros de ballesta del picacho que el vulgo conoce en Toledo por la Cabeza del Moro, existían aún en aquella época los ruinosos restos de una iglesia bizantina, anterior á la conquista de los árabes.

En el atrio que dibujaban algunos pedruscos diseminados por el suelo, crecían zarzales y hierbas parásitas, entre los que yacían medio ocultos, ya el destrozado capitel de una columna, ya un sillar groseramente esculpido con hojas entrelazadas, endriagos horribles ó grotescos, é informes figuras humanas. Del templo sólo quedaban en pie los muros laterales y algunos arcos rotos y cubiertos de hiedra.

Sara, á quien parecía guiar un sobrenatural presentimiento, al llegar al punto que le había señalado su conductor, vaciló algunos instantes, indecisa acerca del camino que debía seguir; pero por último, se dirigió con paso firme y resuelto hacia las abandonadas ruinas de la iglesia.

En efecto, su instinto no la había engañado. Daniel, que ya no sonreía, Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde, sino que antes bien, despidiendo cólera de sus pequeños y redondos ojos parecía animado del espíritu de la venganza, rodeado de una multitud, como él, ávida de saciar su sed de odio en uno de los enemigos de su religión, estaba allí y parecía multiplicarse dando órdenes á los unos, animando en el trabajo á los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud los aprestos necesarios para la consumación de la espantosa obra que había estado meditando días y días mientras golpeaba impasible el yunque en su covacha de Toledo.

Sara, que á favor de la oscuridad había logrado llegar hasta el atrio de la iglesia, tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no arrojar un grito de horror al penetrar en su interior con la mirada. Al rojizo resplandor de una fogata que proyectaba la forma de aquel círculo infernal en los muros del templo, había creído ver que algunos hacían esfuerzos por levantar en alto una pesada cruz, mientras otros tejían una corona con las ramas de los zarzales, ó aplastaban sobre una piedra las puntas de enormes clavos de hierro. Una idea espantosa cruzó por su mente; recordó que á los de su raza los habían acusado más de una vez de misteriosos crímenes; recordó vagamente la aterradora historia del Niño Crucificado, que ella hasta entonces había creído una grosera calumnia, inventada por el vulgo para apostrofar y zaherir á los hebreos.

Pero ya no le cabía duda alguna: allí, delante de sus ojos, estaban aquellos horribles instrumentos de martirio, y los feroces verdugos sólo aguardaban la víctima.

Sara, llena de una santa indignación, rebosando en generosa ira y animada de esa fe inquebrantable en el verdadero Dios que su amante le había revelado, no pudo contenerse á la vista de aquel espectáculo, y rompiendo por entre la maleza que la ocultaba, presentóse de improviso en el dintel del templo.

Al verla aparecer, los judíos arrojaron un grito de sorpresa; y Daniel, dando un paso hacia su hija en ademán amenazante, le preguntó con voz ronca:—¿Qué buscas aquí, desdichada?

—Vengo á arrojar sobre vuestras frentes —dijo Sara con voz firme y resuelta—, todo el baldón de vuestra infame obra, y vengo á deciros que en vano esperáis la víctima para el sacrificio, si ya no es que intentáis cebar en mí vuestra sed de sangre; porque el cristiano á quien aguardáis no vendrá, porque yo le he prevenido de vuestras asechanzas.

—¡Sara! —exclamó el judío rugiendo de cólera—: Sara, eso no es verdad; tú no puedes habernos hecho traición hasta el punto de revelar nuestros misteriosos ritos; y si es verdad que los has revelado, tú no eres mi hija...

—No; ya no lo soy: he encontrado otro padre, un padre todo amor para los suyos, un padre á quien vosotros enclavasteis en una afrentosa cruz, y que murió en ella por redimirnos, abriéndonos para una eternidad las puertas del cielo. No; ya no soy vuestra hija, porque soy cristiana y me avergüenzo de mi origen.

Al oir estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea, y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró como poseído de un espíritu infernal hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse á los que les rodeaban:

—Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y á sus hermanos.

◇

Al día siguiente, cuando las campanas de la catedral atronaban los aires tocando á gloria, y los honrados vecinos de Toledo se entretenían en tirar ballestazos á los judas de paja, ni más ni menos que como todavía lo hacen en algunas de nuestras poblaciones, Daniel abrió la puerta de su tenducho, como tenía de costumbre, y con su eterna sonrisa en los labios comenzó á saludar á los que pasaban, sin dejar por eso de golpear en el yunque con su martillito de hierro; pero las celosías del morisco ajimez de Sara no volvieron á abrirse, ni nadie vió más á la hermosa hebrea recostada en su alféizar de azulejos de colores.

◇

Cuentan que algunos años después un pastor trajo al Arzobispo una flor hasta entonces nunca vista, en la cual se veían figurados todos los atributos del martirio del Salvador; flor extraña y misteriosa que había crecido y enredado sus tallos por entre los ruinosos muros de la derruída iglesia.

Cavando en aquel lugar y tratando de inquirir el origen de aquella maravilla, añaden que se halló el esqueleto de una mujer, y enterrados con ella otros tantos atributos divinos como la flor tenía.

El cadáver, aunque nunca se pudo averiguar de quién era, se conservó por largos años con veneración especial en la ermita de San Pedro el Verde, y la flor, que hoy se ha hecho bastante común, se llama Rosa de Pasión.

Fin del Episodio 15 · de 27

La rosa de pasión · II

Siguiente Episodio 16~10 minLa promesa · I“—Margarita, para ti el amor es todo, y tú no ves nada más allá del amor.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.