Un caso de identidad · III
~7 min · 1499 palabras
Hacemos toda la correspondencia de la oficina con esa máquina y sin duda estará un poco gastada —respondió nuestro visitante, mirando con fijeza a Holmes con sus vivos ojillos.
—Y ahora voy a mostrarle lo que constituye en verdad un estudio sumamente interesante, señor Windibank —continuó Holmes—. Pienso escribir una pequeña monografía uno de estos días sobre la máquina de escribir y sus relaciones con el delito. Es un tema al que he consagrado cierta atención. Tengo aquí cuatro cartas que presuntamente provienen del desaparecido. Todas están mecanografiadas. En cada una de ellas no solo aparecen emborronadas las «e» y mutiladas las «r», sino que advertirá usted, si tiene la bondad de emplear mi lupa, que las otras catorce peculiaridades a las que he aludido se encuentran igualmente presentes.
El señor Windibank se levantó de su silla de un salto y recogió su sombrero. —No puedo perder el tiempo con esta sarta de desvaríos, señor Holmes —dijo—. Si es capaz de atrapar al hombre, atrápelo y avíseme cuando lo haya conseguido.
—Por supuesto —dijo Holmes, acercándose a la puerta y echando la llave—. ¡Le aviso, pues, de que acabo de atraparlo!
—¡Cómo! ¿Dónde? —gritó el señor Windibank, poniéndose pálido como la cera y mirando en derredor como una rata acorralada en una trampa.
—¡Oh, eso no servirá de nada... la verdad es que no! —dijo Holmes con voz meliflua—. No hay escapatoria posible, señor Windibank. El ardid es demasiado transparente y fue una descortesía por su parte decir que me resultaría imposible desentrañar un enigma tan sencillo. ¡Eso es! Siéntese y hablemos del asunto con calma.
Nuestro visitante se desplomó en el asiento, con el rostro cadavérico y gotas de sudor brillándole en la frente. —Eso... eso no es punible ante la ley —balbuceó.
—Me temo que en efecto no lo sea. Pero entre nosotros, Windibank: ha sido la treta más cruel, egoísta y desalmada que jamás haya llegado a mi conocimiento en un asunto menudo. Y ahora, permítame repasar los hechos y usted me desmentirá si me equivoco en algo.
El hombre permaneció encogido en su asiento, con la cabeza hundida sobre el pecho, como quien está enteramente destrozado. Holmes apoyó los pies en la esquina de la chimenea y, recostándose con las manos en los bolsillos, comenzó a hablar más bien para sí mismo que para nosotros.
—Un individuo se casó con una mujer mucho mayor que él por su dinero —dijo—, y disfrutaba del uso del dinero de la hijastra mientras esta viviera con ellos. Era una suma considerable para personas de su condición y su pérdida habría supuesto una merma gravísima en sus ingresos. Valía la pena esforzarse por conservarla. La hijastra era de natural bondadoso y afable, pero afectuosa y apasionada en sus sentimientos, de modo que resultaba evidente que, con sus atractivos personales y su pequeña renta, no permanecería soltera por mucho tiempo. Ahora bien: su matrimonio implicaba la pérdida de cien libras al año; por tanto, ¿qué hace su padrastro para impedirlo? Adopta el camino obvio de recluirla en casa y prohibirle alternar con personas de su edad. Pronto comprobó, empero, que aquello no daría resultado para siempre. La muchacha se rebeló, exigió sus derechos y por último anunció su firme propósito de asistir a un baile. ¿Qué hace entonces su avispado padrastro? Concibe una idea más digna de elogio por su ingenio que por su nobleza de corazón. Con la complicidad de su esposa se disfraza, cubre sus ojos penetrantes con gafas ahumadas, oculta el rostro tras un poblado bigote y patillas postizas, transforma su voz clara en un susurro insinuante y, doblemente seguro gracias a la miopía de la muchacha, se presenta como el señor Hosmer Angel y aleja a otros pretendientes cortejándola él mismo.
—Al principio no fue más que una broma —gimió nuestro visitante—. Jamás pensamos que se lo tomase tan a pecho.
—Es muy probable que no. Sea como fuere, la joven se lo tomó muy a pecho; y, plenamente convencida de que su padrastro se hallaba en Francia, jamás asomó a su mente la más remota sospecha de engaño. Se sintió halagada por las atenciones del caballero y el efecto se vio acrecentado por los ruidosos elogios de su madre. Luego el señor Angel comenzó a visitarla, pues resultaba forzoso llevar la farsa tan lejos como fuera preciso para surtir verdadero efecto. Hubo citas y un compromiso formal, que blindaría el corazón de la muchacha contra cualquier otro galán. Pero la patraña no podía prolongarse indefinidamente. Esos fingidos viajes a Francia resultaban demasiado engorrosos. Lo procedente era poner punto final al asunto de un modo tan dramático que dejase una huella imborrable en el espíritu de la muchacha y la apartase de atender a ningún otro pretendiente durante mucho tiempo. De ahí esos juramentos de fidelidad exigidos sobre el Evangelio, y de ahí también las alusiones a la posibilidad de que ocurriese algo la misma mañana de la boda. James Windibank pretendía atar a la señorita Sutherland a Hosmer Angel y dejarla tan sumida en la incertidumbre sobre su suerte que al menos durante diez años no prestase oídos a ningún otro hombre. La condujo hasta las puertas mismas del templo y luego, al no poder dar un paso más, se esfumó oportunamente con el viejo truco de subir por una portezuela del carruaje y apearse por la otra. ¡Creo que esa fue la sucesión exacta de los hechos, señor Windibank!
Nuestro visitante había recobrado parte de su aplomo mientras Holmes hablaba, y se puso en pie ahora con una fría sonrisa de burla en su rostro pálido.
—Puede que haya sido así o puede que no, señor Holmes —dijo—; pero si es usted tan despierto debería serlo bastante para saber que es usted quien infringe la ley en este momento y no yo. No he cometido ningún delito castigado por la ley, mientras que al mantener esa puerta cerrada con llave se expone a una querella por detención ilegal y coacciones.
—La ley no puede alcanzarle, es verdad —dijo Holmes, abriendo la puerta de par en par—; pero jamás existió hombre que mereciera mayor castigo. Si esa joven tuviese un hermano o un amigo, debería cruzarle la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! —continuó, encendiéndose de furia ante la cínica sonrisa del individuo—, no entra dentro de mis deberes hacia mi cliente, pero aquí tengo una fusta a mano y creo que voy a permitirme el capricho de... —Dio dos rápidos pasos hacia el látigo, pero antes de que pudiera empuñarlo resonó un frenético tropel de pisadas por la escalera, sonó el portazo del portal y desde la ventana alcanzamos a ver al señor James Windibank huyendo a toda carrera calle abajo.
—¡Menudo sinvergüenza de sangre fría! —dijo Holmes, riendo, mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón—. Ese individuo ascenderá de delito en delito hasta cometer una atrocidad y acabar en la horca. El caso no ha carecido, en ciertos aspectos, de interés.
—Todavía no alcanzo a ver todos los eslabones de su razonamiento —observé.
—Pues bien: era evidente desde el principio que ese tal señor Hosmer Angel debía tener algún móvil de gran peso para su extraña conducta, y resultaba igualmente claro que el único hombre que se beneficiaba con el asunto, por lo que alcanzábamos a ver, era el padrastro. Además, el hecho de que ambos hombres jamás coincidieran y de que uno se presentase siempre cuando el otro estaba ausente resultaba sumamente elocuente. Lo mismo ocurría con las gafas ahumadas y la voz fingida, que delataban un disfraz, al igual que las pobladas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por su curiosa ocurrencia de mecanografiar su firma, lo que demostraba que su letra le resultaba tan familiar a ella que la habría reconocido en el más mínimo trazo. Como ve, todos estos hechos aislados, unidos a otros muchos pormenores menores, apuntaban en la misma dirección.
—¿Y cómo los comprobó?
—Una vez identificado mi hombre, resultó fácil obtener la confirmación. Sabía para qué empresa trabajaba. Tomé la filiación impresa y eliminé de ella todo cuanto podía ser fruto del disfraz: las patillas, las gafas, la voz; y la envié a la compañía con el ruego de que me informasen de si correspondía a la descripción de alguno de sus viajantes. Ya me había percatado de las singularidades de la máquina de escribir y le escribí al propio individuo a sus señas comerciales invitándole a acudir aquí. Tal como esperaba, su respuesta vino mecanografiada y exhibía los mismos defectos característicos. El mismo correo me trajo una misiva de Westhouse y Marbank, de Fenchurch Street, informándome de que la descripción coincidía en todos los puntos con la de su empleado James Windibank. ¡Y eso es todo!
—¿Y la señorita Sutherland?
—Si se lo cuento no me creerá. Tal vez recuerde el viejo proverbio persa: «Peligro corre quien arrebata el cachorro al tigre, y peligro también quien despoja a una mujer de sus ilusiones». Tanta sabiduría encierra Hafiz como Horacio, y tanto conocimiento del mundo.
Fin del Episodio 12 · de 47
Un caso de identidad · III
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