Las aventuras de Sherlock Holmes·Episodio 11

Un caso de identidad · II

~13 min · 2585 palabras

—¿No le llegó a tiempo, entonces?

—No, señor; pues había salido hacia Inglaterra justo antes de que llegase.

—¡Vaya! Fue una lástima. Su boda estaba fijada, por tanto, para el viernes. ¿Iba a celebrarse en una iglesia?

—Sí, señor, pero con la mayor reserva. Iba a ser en St. Saviour, cerca de King’s Cross, y luego íbamos a desayunar en el hotel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche de punto, pero como éramos dos nos acomodó a ambas dentro y él tomó un carruaje de cuatro ruedas, que era el único otro coche que había en la calle. Nosotras llegamos primero al templo, y cuando el carruaje de cuatro ruedas se detuvo esperamos a que él bajase, ¡pero jamás lo hizo! Y cuando el cochero bajó del pescante y miró dentro, ¡allí no había nadie! El cochero decía que no alcanzaba a imaginar qué había sido de él, pues lo había visto entrar con sus propios ojos. Eso sucedió el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje la menor luz sobre su paradero.

—Me parece que la han tratado a usted con una crueldad infame —dijo Holmes.

—¡Oh, no, caballero! Era demasiado bueno y bondadoso para abandonarme así. Durante toda la mañana estuvo repitiéndome que, pasara lo que pasase, le guardara fidelidad; y que aunque ocurriera algo enteramente imprevisto que nos separase, recordara siempre que me había comprometido con él y que antes o después vendría a reclamar mi promesa. Parecían palabras extrañas para la mañana de una boda, pero lo sucedido después les confiere pleno sentido.

—Desde luego que sí. ¿Su opinión personal es, pues, que le sobrevino alguna catástrofe imprevista?

—Sí, señor. Creo que él presentía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado de ese modo. Y creo que sucedió lo que él temía.

—¿Pero no tiene usted la menor idea de lo que pudo ser?

—Ninguna.

—Una pregunta más: ¿cómo se tomó el asunto su madre?

—Se enfadó mucho y me prohibió terminantemente volver a hablar del tema.

—¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?

—Sí; y pareció pensar, igual que yo, que algo grave había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Como él bien decía, ¿qué interés podía tener nadie en llevarme hasta las puertas mismas de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado, o si se hubiera casado conmigo para quedarse con mi renta, se comprendería; pero Hosmer era muy desprendido en cuestiones de dinero y jamás quiso aceptar un solo chelín mío. Y sin embargo, ¿qué pudo haberle sucedido? ¿Y por qué no escribe? ¡Oh, me vuelvo loca de pensarlo y no pego ojo por las noches! —Sacó un pañuelito de su manguito y rompió a sollozar amargamente.

—Examinaré el caso por usted —dijo Holmes, poniéndose en pie—, y no me cabe duda de que llegaremos a un resultado definitivo. Deje que el peso del asunto recaiga sobre mis hombros y no siga dándole vueltas en la cabeza. Ante todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria del mismo modo que se ha esfumado de su vida.

—¿Entonces no cree que vuelva a verle jamás?

—Me temo que no.

—¿Pero qué le ha ocurrido?

—Deje esa cuestión en mis manos. Me gustaría contar con una descripción exacta de su persona y con cuantas cartas suyas pueda facilitarme.

—Publiqué un anuncio buscándole en la edición del sábado pasado de The Chronicle —dijo ella—. Aquí tiene el recorte y aquí cuatro cartas suyas.

—Muchas gracias. ¿Y sus señas?

—Lyon Place, número 31, Camberwell.

—Las señas del señor Angel nunca las tuvo, según entiendo. ¿Dónde trabaja su padre?

—Es viajante para Westhouse y Marbank, los grandes importadores de vino de Burdeos de Fenchurch Street.

—Muchas gracias. Nos ha expuesto las cosas con toda claridad. Deje aquí esos papeles y recuerde el consejo que le he dado. Eche tierra sobre todo el asunto y no permita que amargue su existencia.

—Es usted muy bondadoso, señor Holmes, pero no puedo hacer eso. Le seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando regrese.

A pesar de su sombrero disparatado y de su rostro inexpresivo, había algo de nobleza en la fe sencilla de nuestra visitante que imponía respeto. Depositó su pequeño fajo de papeles sobre la mesa y se marchó, prometiendo acudir de nuevo cuando la llamásemos.

Sherlock Holmes permaneció en silencio unos minutos con las yemas de los dedos unidas, las piernas extendidas hacia delante y la mirada fija en el techo. Luego descolgó del estante su vieja y aceitosa pipa de arcilla, que le servía de consejera, y tras encenderla se arrellanó en su sillón, mientras espesas espirales de humo azulado se elevaban sobre su cabeza y una expresión de infinita languidez se pintaba en su rostro.

—Un caso de estudio muy interesante, esa muchacha —observó—. La he encontrado más interesante que su modesto enigma, que, dicho sea de paso, resulta bastante trillado. Encontrará casos idénticos, si consulta mi fichero, en Andover en el año setenta y siete, y algo muy parecido ocurrió en La Haya el año pasado. Por vieja que sea la idea, empero, hubo uno o dos pormenores que eran nuevos para mí. Pero la muchacha en sí ha resultado sumamente instructiva.

—Parece haber leído en ella una infinidad de cosas que para mí resultaban del todo invisibles —observé.

—Invisibles no, Watson: inadvertidas. No sabía usted adónde mirar y por eso se le escapó todo lo esencial. Jamás conseguiré hacerle comprender la importancia que encierran las mangas de un vestido, la elocuencia de las uñas del pulgar o las graves consecuencias que pueden pender del cordón de una bota. Ahora bien, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbalo.

—Bueno, llevaba un sombrero de paja color pizarra de ala ancha, con una pluma de un tono rojo ladrillo. Su chaqueta era negra, con abalorios cosidos y una franja de azabache. Su vestido era marrón, más bien tirando a café oscuro, con un poco de felpa morada en el cuello y en las mangas. Sus guantes eran grisáceos y estaban rozados en el dedo índice derecho. Las botas no se las miré. Llevaba unos pequeños pendientes colgantes redondos de oro y un aire general de disfrutar de una holgada posición económica a un estilo vulgar y cómodo.

Sherlock Holmes batió palmas suavemente y soltó una risita.

—¡Palabra, Watson, que progresa usted de maravilla! Realmente lo ha hecho muy bien. Es verdad que ha pasado por alto todo lo verdaderamente importante, pero ha captado el método y tiene buen ojo para el color. Jamás se fíe de las impresiones generales, amigo mío; concéntrese en los detalles menudos. Mi primera mirada recae siempre en la manga de una mujer. En un hombre tal vez sea mejor fijarse primero en la rodilla del pantalón. Como habrá observado, esta mujer lucía felpa en las mangas, que es un tejido sumamente revelador para dejar huellas. La doble marca situada un poco por encima de la muñeca, donde la mecanógrafa se apoya contra la mesa, estaba nítidamente definida. La máquina de coser de manivela deja una señal análoga, pero solo en el brazo izquierdo y en la parte más alejada del pulgar, en vez de cruzar horizontalmente toda la parte ancha de la manga, como ocurría aquí. Luego le miré la cara y, al observar la marca de unos quevedos a ambos lados de la nariz, me aventuré a hacerle una observación sobre la miopía y la máquina de escribir, lo que pareció causarle gran sorpresa.

—A mí también me sorprendió.

—Pero si era de lo más evidente. Luego me sentí sumamente sorprendido e interesado al bajar la vista y advertir que, aunque las botas que calzaba se parecían entre sí, eran en realidad desparejadas: una tenía la puntera ligeramente labrada y la otra completamente lisa. Una estaba abotonada solo en los dos botones inferiores de los cinco que llevaba, y la otra en el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve que una señorita por lo demás bien atildada sale de casa con botas desparejadas y a medio abotonar, no hace falta ser un lince para deducir que salió a escape.

—¿Y qué más? —pregunté, vivamente interesado, como siempre, por las deducciones incisivas de mi amigo.

—Advertí, de pasada, que había escrito una nota antes de abandonar su casa, pero después de estar ya vestida para salir. Observó usted que su guante derecho estaba roto en el índice, pero por lo visto no se percató de que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisa y mojado la pluma demasiado hondo. Tuvo que ser esta misma mañana, pues de lo contrario la mancha no se conservaría tan viva en la piel. Todo esto resulta divertido, aunque ciertamente elemental; pero debo volver a los negocios, Watson. ¿Le importaría leerme la filiación del señor Hosmer Angel que se publicó en el periódico?

Acerqué el recorte a la luz. —«Desaparecido —decía— la mañana del día catorce, un caballero llamado Hosmer Angel. De unos cinco pies y siete pulgadas de estatura; complexión robusta, tez cetrina, pelo negro y algo calvo en la coronilla; patillas y bigote negros y poblados; gafas ahumadas, leve defecto de dicción. Vestía, al ser visto por última vez, levita negra con solapas de seda, chaleco negro, leontina de oro y pantalones de tweed gris de Harris, con polainas marrones sobre botines de elásticos. Se sabe que trabajaba en una oficina de Leadenhall Street. Quien facilite datos...», etcétera, etcétera.

—Eso bastará —dijo Holmes—. En cuanto a las cartas —continuó, recorriéndolas con la mirada—, son de lo más vulgares. No encierran absolutamente ninguna pista sobre el señor Angel, salvo que cita a Balzac en una ocasión. Hay un detalle notable, sin embargo, que sin duda le llamará la atención.

—Están escritas a máquina —observé.

—No solo eso: la firma también está mecanografiada. Fíjese en ese primoroso «Hosmer Angel» al pie. Llevan fecha, como ve, pero ninguna dirección salvo Leadenhall Street, lo cual es sumamente vago. El detalle de la firma resulta muy elocuente; de hecho, podemos considerarlo concluyente.

—¿Concluyente de qué?

—Mi querido amigo, ¿es posible que no vea qué peso tan decisivo tiene sobre el caso?

—No alcanzo a verlo, la verdad, a menos que pretendiera poder negar su firma en caso de que se entablara una demanda por incumplimiento de promesa matrimonial.

—No, no era esa la cuestión. En fin, escribiré dos cartas que zanjarán el asunto. Una va dirigida a una firma de la City y la otra al padrastro de la joven, el señor Windibank, preguntándole si podría reunirse con nosotros aquí mañana por la tarde a las seis. Siempre es conveniente tratar estos asuntos con los parientes varones. Y ahora, doctor, nada más podemos hacer hasta que lleguen las respuestas a esas cartas, de modo que podemos archivar nuestro modesto enigma durante este intervalo.

Había tenido tantas razones para confiar en los sutiles poderes deductivos de mi amigo y en su extraordinaria energía para la acción que sentía que debía contar con fundamentos sólidos para la actitud confiada y desahogada con que encaraba el insólito misterio que le habían llamado a resolver. Una sola vez le había visto fracasar: en el caso del rey de Bohemia y de la fotografía de Irene Adler; pero al recordar el extraño suceso de El signo de los cuatro y las extraordinarias circunstancias que rodearon a Estudio en escarlata, comprendí que tendría que ser un embrollo en verdad endiablado aquel que él no pudiera desenredar.

Le dejé entonces, fumando aún en su pipa de arcilla negra, con la certidumbre de que cuando volviese a la tarde siguiente lo encontraría con todas las pistas en la mano que conducirían a la identidad del novio desaparecido de la señorita Mary Sutherland.

Un caso clínico de suma gravedad reclamó mi atención profesional en aquellas horas, y durante todo el día siguiente estuve ocupado al pie del lecho del enfermo. No fue sino hasta cerca de las seis de la tarde cuando me vi libre y pude subir a un coche de punto y dirigirme a Baker Street, temiendo a medias llegar demasiado tarde para presenciar el desenlace del pequeño misterio. Encontré a Sherlock Holmes a solas, empero, medio adormilado, con su silueta enjuta arrebujada en el fondo de su sillón. Una formidable batería de botellas y probetas, unida al olor acre y penetrante del ácido clorhídrico, me indicó que había dedicado la jornada a las labores químicas que tanto le apasionaban.

—¿Y bien? ¿Lo ha resuelto? —pregunté al entrar.

—Sí. Se trataba de bisulfato de bario.

—¡No, no! ¡El misterio! —exclamé.

—¡Ah, eso! Pensaba en la sal con la que he estado trabajando. En realidad nunca hubo misterio alguno en el asunto, aunque, como le dije ayer, algunos pormenores encierran cierto interés. El único inconveniente es que me temo que no existe ley alguna capaz de ponerle la mano encima al canalla.

—¿Quién era entonces y qué pretendía al abandonar a la señorita Sutherland?

Apenas había salido la pregunta de mis labios y aún no había abierto Holmes la boca para responder, cuando se oyó un paso pesado en el pasillo y unos golpes en la puerta.

—Este es el padrastro de la muchacha, el señor James Windibank —dijo Holmes—. Me escribió avisando de que estaría aquí a las seis. ¡Adelante!

El hombre que entró era un sujeto fornido, de mediana estatura, de unos treinta años de edad, afeitado y de tez cetrina, de modales zalameros y zalamería insinuante, y con unos ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Lanzó una mirada inquisitiva a cada uno de nosotros, dejó su reluciente chistera sobre el aparador y, con una leve inclinación de cabeza, se deslizó hacia la silla más próxima.

—Buenas tardes, señor James Windibank —dijo Holmes—. Creo que esta carta mecanografiada es suya, en la que concertaba una cita conmigo para las seis en punto.

—Sí, caballero. Me temo que llego con un poco de retraso, pero no soy enteramente dueño de mi tiempo, como comprenderá. Lamento que la señorita Sutherland le haya molestado con este pequeño asunto, pues considero que es mucho mejor no lavar la ropa sucia en público. Acudió a usted en contra de mi voluntad, pero es una muchacha sumamente exaltada e impulsiva, como habrá tenido ocasión de comprobar, y no resulta fácil contenerla cuando se le mete una idea entre ceja y ceja. Por supuesto, no me preocupa tanto tratándose de usted, que no pertenece a la policía oficial; pero no resulta agradable que una desgracia familiar como esta ande de boca en boca. Además, es un gasto inútil, pues ¿cómo diablos iba usted a dar con ese tal Hosmer Angel?

—Al contrario —dijo Holmes con voz sosegada—; tengo sobradas razones para creer que conseguiré descubrir al señor Hosmer Angel.

El señor Windibank dio un violento respingo y dejó caer los guantes. —Me alegro infinito de oírlo —dijo.

—Resulta curioso —observó Holmes— comprobar que una máquina de escribir tiene en realidad tanta personalidad como la letra manuscrita de un hombre. A menos que sean enteramente nuevas, no hay dos que escriban con idéntico trazo. Unas letras se desgastan más que otras y algunas se gastan solo por un costado. Pues bien: advertirá usted en esta nota suya, señor Windibank, que en todos los casos hay un pequeño emborronamiento en la «e» y un leve defecto en la colita de la «r». Existen otras catorce peculiaridades, pero esas son las más evidentes.

Fin del Episodio 11 · de 47

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