La llamada de Cthulhu·Episodio 01

El horror en arcilla · I

~9 min · 1882 palabras

De semejantes grandes poderes o seres puede concebiblemente haber una supervivencia... una supervivencia de una época inmensamente remota en la que... la conciencia se manifestaba, tal vez, en formas y moldes retirados desde hace mucho ante la marea de la humanidad en avance... formas de las que solo la poesía y la leyenda han atrapado un recuerdo fugaz y las han llamado dioses, monstruos, seres míticos de toda laya y condición...»

—Algernon Blackwood.

◇

Lo más misericordioso del mundo, creo, es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de los negros mares del infinito, y no estaba previsto que viajáramos lejos. Las ciencias, esforzándose cada una en su propia dirección, nos han dañado poco hasta ahora; pero algún día la unión de los conocimientos disociados abrirá unas perspectivas de realidad tan terroríficas, y de nuestra espantosa posición en ella, que o bien enloqueceremos a causa de la revelación o huiremos de la luz mortal hacia la paz y la seguridad de una nueva edad oscura.

Los teósofos han intuido la asombrosa grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana forman incidentes pasajeros. Han insinuado extrañas supervivencias en términos que helarían la sangre de no estar enmascarados por un optimismo benévolo. Pero no procede de ellos el único atisbo de eones prohibidos que me escalofría cuando lo pienso y me enloquece cuando lo sueño. Ese atisbo, como todos los temibles destellos de la verdad, surgió de la unión accidental de cosas separadas: en este caso, un viejo recorte de periódico y las notas de un profesor difunto. Espero que nadie más logre esta unión; por cierto, si sigo vivo, jamás suministraré a sabiendas un eslabón en una cadena tan atroz. Pienso que el profesor también tenía la intención de guardar silencio sobre la parte que conocía, y que habría destruido sus notas de no haberle atrapado una muerte repentina.

Mi conocimiento del asunto comenzó en el invierno de 1926-1927 con la muerte de mi tío abuelo, George Gammell Angell, profesor emérito de lenguas semíticas en la Universidad Brown de Providence, Rhode Island. El profesor Angell era ampliamente conocido como una autoridad en inscripciones antiguas, y los directores de museos prominentes habían recurrido a él con frecuencia; de modo que su fallecimiento a la edad de noventa y dos años quizá sea recordado por muchos. A escala local, el interés se vio intensificado por la oscuridad de la causa de la muerte. El profesor había sufrido un ataque mientras regresaba del barco de Newport; cayendo repentinamente, según dijeron los testigos, tras haber sido empujado por un negro de aspecto marinero que había salido de uno de los extraños y oscuros patios de la abrupta ladera que formaba un atajo desde el muelle hasta la casa del difunto en Williams Street. Los médicos fueron incapaces de hallar ningún trastorno visible, pero concluyeron tras un desconcertado debate que alguna oscura lesión cardíaca, inducida por el rápido ascenso de una colina tan empinada por parte de un hombre tan anciano, era la responsable del final. En aquel momento no vi razón para disentir de este dictamen, pero últimamente me inclino a preguntarme —y más que a preguntarme—.

Como heredero y albacea de mi tío abuelo, pues murió siendo un viudo sin hijos, se esperaba que revisara sus papeles con cierta minuciosidad; y con ese propósito trasladé todo su conjunto de archivos y cajas a mis aposentos en Boston. Gran parte del material que correlacioné será publicado más tarde por la Sociedad Arqueológica Americana, pero hubo una caja que encontré sumamente desconcertante, y que me repugnaba mucho mostrar a otras ojos. Había estado cerrada con llave, y no hallé la llave hasta que se me ocurrió examinar el anillo personal que el profesor llevaba siempre en el bolsillo. Entonces, en efecto, conseguí abrirla, pero al hacerlo pareció que solo me enfrentaba a una barrera mayor y más herméticamente cerrada. Pues ¿qué sentido podían tener el extraño bajorrelieve de arcilla y los apuntes inconexos, devaneos y recortes que encontré? ¿Se había vuelto mi tío, en sus últimos años, crédulo ante las imposturas más superficiales? Resolví buscar al escultor excéntrico responsable de esta aparente alteración de la tranquilidad mental de un anciano.

El bajorrelieve era un rectángulo tosco de menos de una pulgada de grosor y unas cinco por seis pulgadas de superficie; obviamente de origen moderno. Sus diseños, sin embargo, estaban lejos de ser modernos en su atmósfera y sugerencia; pues, aunque los caprichos del cubismo y el futurismo son numerosos y salvajes, no suelen reproducir esa regularidad críptica que acecha en la escritura prehistórica. Y escritura de algún tipo parecía ser con certeza el grueso de estos diseños; aunque mi memoria, a pesar de la gran familiaridad con los papeles y colecciones de mi tío, fracasó por completo en identificar esta especie en particular, o incluso en sugerir sus afiliaciones más remotas.

Por encima de estos aparentes jeroglíficos había una figura de intencionalmente pictórica evidencia, aunque su ejecución impresionista impedía formarse una idea muy clara de su naturaleza. Parecía ser una especie de monstruo, o un símbolo que representaba a un monstruo, de una forma que solo una fantasía enfermiza podía concebir. Si digo que mi imaginación, algo extravagante, produjo imágenes simultáneas de un pulpo, un dragón y una caricatura humana, no seré infiel al espíritu del asunto. Una cabeza pulposa y tentaculada coronaba un cuerpo grotesco y escamoso con alas rudimentarias; pero era el contorno general del conjunto lo que lo hacía más espantosamente pavoroso. Detrás de la figura se adivinaba vagamente un fondo arquitectónico ciclópeo.

La escritura que acompañaba a esta rareza era, aparte de una pila de recortes de prensa, de la grafía más reciente del profesor Angell; y no fingía ningún estilo literario. Lo que parecía ser el documento principal estaba encabezado como «CULTO DE CTHULHU» en caracteres cuidadosamente impresos para evitar la lectura errónea de una palabra tan insólita. Este manuscrito estaba dividido en dos secciones, la primera de las cuales se titulaba «1925—Sueño y onirismo de H. A. Wilcox, 7 de Thomas St., Providence, R. I.», y la segunda, «Narración del inspector John R. Legrasse, 121 de Bienville St., Nueva Orleans, La., en la asoc. de 1908 de la A. A. S.—Notas sobre la misma y relato del prof. Webb». Los otros manuscritos eran breves notas, algunas de ellas relatos de los extraños sueños de diferentes personas, otras citas de libros y revistas teosóficas (notablemente Atlantis and the Lost Lemuria de W. Scott-Eliott), y el resto comentarios sobre sociedades secretas y cultos ocultos de larga supervivencia, con referencias a pasajes de libros de consulta mitológica y antropológica como La rama dorada de Frazer y Witch-Cult in Western Europe de la señorita Murray. Los recortes aludían en gran medida a enfermedades mentales ultrarraras y a estallidos de locura o manía colectiva en la primavera de 1925.

◇

La primera mitad del manuscrito principal contaba una historia muy peculiar. Al parecer, el 1 de marzo de 1925, un joven delgado y moreno, de aspecto neurótico y excitado, había visitado al profesor Angell portando el singular bajorrelieve de arcilla, que entonces estaba sumamente húmedo y fresco. Su tarjeta llevaba el nombre de Henry Anthony Wilcox, y mi tío lo había reconocido como el hijo menor de una excelente familia que conocía ligeramente, el cual últimamente había estado estudiando escultura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y viviendo solo en el edificio Fleur-de-Lys, cerca de dicha institución. Wilcox era un joven precoz de genio conocido pero de gran excentricidad, y desde la infancia había despertado atención por las extrañas historias y los extraños sueños que solía relatar. Se hacía llamar «psíquicamente hipersensible», pero la gente formal de la antigua ciudad comercial lo despachaba simplemente como «chiflado». Al no mezclarse mucho con los de su especie, se había alejado gradualmente de la visibilidad social, y ahora solo lo conocía un pequeño grupo de estetas de otras ciudades. Incluso el Club de Artes de Providence, ansioso por preservar su conservatismo, lo había encontrado totalmente irremediable.

Con motivo de la visita, rezaba el manuscrito del profesor, el escultor pidió de repente los beneficios de los conocimientos arqueológicos de su anfitrión para identificar los jeroglíficos del bajorrelieve. Habló de un modo soñador y afectado que sugería pose y restaba simpatía; y mi tío se mostró algo áspero en su respuesta, pues la conspicua frescura de la losa implicaba parentesco con cualquier cosa menos con la arqueología. La réplica del joven Wilcox, que impresionó a mi tío lo suficiente como para hacerle recordarla y consignarla palabra por palabra, era de un tinte fantásticamente poético que debió de tipificar toda su conversación, y que desde entonces he hallado muy característico de él. Dijo: «Es nueva, en verdad, pues la hice anoche en un sueño de ciudades extrañas; y los sueños son más antiguos que la meditabunda Tiro, o la contemplativa Esfinge, o Babilonia ceñida de jardines».

Fue entonces cuando comenzó aquel relato divagante que de repente tocó una memoria adormecida y ganó el interés febril de mi tío. La noche anterior se había registrado un ligero temblor de tierra, el más considerable sentido en Nueva Inglaterra desde hacía algunos años; y la imaginación de Wilcox se había visto fuertemente afectada. Al retirarse a descansar, había tenido un sueño sin precedentes de grandes ciudades ciclópeas de bloques titánicos y monolitos lanzados al cielo, todo chorreante de légamo verde y siniestro con un horror latente. Los jeroglíficos habían cubierto los muros y los pilares, y desde algún punto indeterminado de las profundidades había surgido una voz que no era una voz; una sensación caótica que solo la fantasía podía transmutar en sonido, pero que él intentaba reproducir mediante el revoltijo de letras casi inpronunciable: «Cthulhu fhtagn».

Este revoltijo verbal fue la clave del recuerdo que excitó y turbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con minuciosidad científica y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve en el que el joven se había descubierto trabajando, transido de frío y vestido tan solo con la ropa de dormir, cuando el despertar se apoderó de él de manera desconcertante. Mi tío achacó a su vejez, según dijo Wilcox más tarde, su lentitud para reconocer tanto los jeroglíficos como el diseño pictórico. Muchas de sus preguntas parecieron de todo punto inoportunas a su visitante, en especial aquellas que intentaban relacionar a este con extraños cultos o sociedades; y Wilcox no lograba comprender las repetidas promesas de silencio que se le ofrecían a cambio de confesar su pertenencia a algún cuerpo místico o de religión pagana muy extendido. Cuando el profesor Angell se convenció de que el escultor ignoraba en verdad cualquier culto o sistema de sabiduría críptica, acosó a su visitante exigiéndole futuros informes sobre sus sueños. Esto dio frutos regulares, pues tras la primera entrevista el manuscrito registra visitas diarias del joven, durante las cuales relataba fragmentos pasmosos de imaginería nocturna cuyo leitmotiv era siempre alguna terrible perspectiva ciclópea de piedra oscura y rezumante, con una voz o inteligencia subterránea gritando monótonamente en impresiones de sentido enigmáticas imposibles de transcribir si no es como jerigonza. Los dos sonidos que se repetían con más frecuencia son los representados por las letras «Cthulhu» y «R’lyeh».

Fin del Episodio 1 · de 6

El horror en arcilla · I

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